Sunday, October 23, 2011

Aura de Misterio- capitulo 5

Al día siguiente, Leticia se despertó sintiéndose mucho mejor. Se levantó, abrió la puerta y recogió la bandeja con té y pastas que la criada había dejado junto a la puerta al encontrarla cerrada.

En un principio, se había planteado no ir con lord Mendiola a casa de la Condesa. No obstante, su curiosidad acabó pesando más que su justificada indignación. Tenía que conocer a la Condesa y descubrir qué la había impulsado a llamarla por aquel extraño nombre la noche anterior.

Así pues, Leticia se hallaba lista cuando lord Mendiola acudió a recogerla aquella tarde.

La casa de la Condesa era más pequeña que la que había visitado el día anterior, pero mucho más la y acogedora. El mayordomo los acompañó hasta la sala de estar, una elegante habitación decorada en tonos azules, y seguidamente fue a avisar a la señora de su llegada.

Leticia paseó la vista por la sala. Había pensado que estaba vacía, pero, al girarse hacia el sofá, una mujer asomó la cabeza por el respaldo. Tenía el pelo castaño, veteado de gris, y era algo regordeta. Llevaba puesto un sencillo vestido color marrón y sostenía en la mano una madeja de hilo.

—Dispense, solo estaba... —se detuvo en mitad de la frase, mirando a Leticia boquiabierta—. Dios santo —se llevó una mano al pecho—. La Condesa me dijo que era usted clavada, pero jamás imaginé que...

— ¿Disculpe? —dijo Leticia educadamente. ¿Qué le pasaba a todo el mundo? Obviamente, debía de recordarles a alguien, pero ¿por qué se mostraban tan sorprendidos?

—Lo siento. Debe usted disculparme. Soy una tonta... No debería ser la primera en hablar con usted. Esta es la casa de la Condesa, naturalmente. Yo vivo aquí porque ella es una mujer muy caritativa y bondadosa, pero no debería recibirla a usted en su lugar. Es que, verá, recordé que la madeja se me había caído aquí ayer y vine a buscarla. Pero no pensé que fuese a venir nadie. Mejor dicho, sabía que iban a venir ustedes, pero...

—No se preocupe, señorita Everhart —terció Mendiola, interrumpiéndola—. Seguro que a nadie le molestará que haya venido a la sala para recoger la madeja, y menos a la Condesa.

—Oh, desde luego —la mujer sonrió de oreja a oreja—. Es tan buena...

—Señorita Everhart, permítame que le presente a Leticia Ward. Señorita Ward, esta es Carmina Everhart, prima de la Condesa.

—Prima segunda —añadió la señorita Everhart. Por sus palabras y sus modales, Leticia dedujo que debía de ser una pariente pobre que vivía en la casa gracias a la caridad de la Condesa.

Se oyeron pasos en el vestíbulo y la voz de una mujer mayor que decía:

—De verdad, Alicia, no necesito apoyarme en ti. Por amor de Dios, todavía no tengo un pie en la tumba.

—Por supuesto que no, madre. Pero no debes esforzarte tanto. Después de lo de anoche...

La Condesa entró en la sala. Alta y esbelta, tenía el porte regio de una condesa... e incluso de una reina, se dijo Leticia.

—Señorita Ward, ha sido usted muy amable al venir —dijo ofreciéndole la mano. Leticia se la tomó y la Condesa permaneció unos segundos mirándole fijamente la cara, con expresión triste, casi de añoranza. Por fin, esbozó una sonrisa trémula y le soltó la mano

— Soy la Condesa de Villaroel, señorita Ward.

— ¿Villaroel? —repitió Leticia. ¿No se llamaba así el hombre al que conoció en la fiesta y al que Mendiola y Carolina parecían detestar?—• Lo siento, pero esto de los títulos me desconcierta un poco. ¿Está emparentada con el conde de Villaroel?

—Es un primo lejano —respondió la Condesa fríamente—. Heredó el título de mi difunto esposo.

—Entiendo —contestó Leticia, aunque en realidad no entendía nada, salvo que la Condesa parecía antipatizar con el Conde tanto como los demás.

—Veo que ya ha conocido a mi prima, la señorita Everhart — siguió diciendo la Condesa.

La señorita Everhart comenzó a disculparse atropelladamente, pero lady Alicia la interrumpió con brusquedad.

—Oh, por Dios, Carmina, cállate. A nadie le molesta que estés aquí y lo sabes perfectamente. Por supuesto que te interesaba ver a la señorita Ward. Como a todos.

La Condesa miró a su hija enarcando una ceja.

—Mi hija, lady Alicia —le dijo a Leticia.

A continuación, señaló hacia una jovencita de aspecto tímido situada junto a Alicia—. Y su hija, Penélope, mi nieta.

Penélope saludó a Leticia educadamente.

Una vez hechas las presentaciones pertinentes, todos se sentaron a tomar el té. Mientras removía su taza con una cucharilla, la Condesa sonrió a Leticia.

—Me dice Fernando que es americana y que está en Londres de visita, señorita Ward.

— Sí, ya llevamos aquí unas dos semanas.

—Ah, ¿viaja usted en compañía de su familia?

—Sí, con mi madre y mi tía.

— Ojalá hubiesen venido ellas también — dijo la Condesa—. Tendrías que habérmelo dicho, Fernando. Me gustaría conocerlas.

—Mi madre no sale mucho. Inglaterra no parece... sentarle muy bien.

— Será por la humedad, sin duda. Aun así, quisiera conocerla. Quizá cuando se encuentre mejor...

—Cómo no —respondió Leticia educadamente.

La Condesa sonrió.

—Seguramente se preguntará por qué he solicitado su visita. Quería disculparme por mi comportamiento de anoche.

—No tiene por qué disculparse —se apresuró a decir Leticia.

—Debí de parecerle una mujer muy extraña. Por eso deseaba darle una explicación. Y verla otra vez, para asegurarme que mis ojos no me habían engañado.

Madre, no es necesario que entres en deta... Alicia, por favor —la modulada voz de la Condesa se endureció, acallando a su formidable hija

— Deseo explicárselo todo a la señorita Ward —se giró hacia Leticia—. Como habrá supuesto, la tomé por otra persona cuando la vi anoche. A la luz de las velas, parecía idéntica a Ella. Incluso ahora, el parecido es asombroso. Naturalmente, es imposible que sea usted la mujer a la que me refiero, pues ella tendría ahora la edad de Alicia. Pero tenía usted el mismo aspecto que tenía ella la última vez que la vi, hace unos veinte años —la Condesa hizo una pausa antes de proseguir—: Se parece usted a mi nuera, Juliette, la esposa de mi hijo. Murió hace veintidós años. Y mi hijo y mis tres nietos.

— ¡Oh, señora! Lo siento mucho.

—Gracias —la Condesa suspiró—. Fue una época terrible. Erasmo, mi hijo, y su familia habían ido a visitar a los padres de Juliette. Mi esposo enfermó y murió mientras ellos estaban fuera, de modo que les mandamos un aviso, pero entonces estallaron las revueltas. Ignoro si llegaron a recibir el mensaje. El populacho los asesinó. No les importó que Erasmo fuese inglés. Se hospedaban con los padres de Juliette. Aristócratas, evidentemente.

Un escalofrío recorrió a Leticia.

—¿Ha dicho el «populacho», señora? ¿Dónde estaban?

—Se encontraban en París cuando estalló la Revolución. El populacho asaltó su casa y los ejecutaron a todos, incluidos los niños.

— ¿En París? —repitió Leticia con voz ahogada—. Pero ahí fue donde...

—¿Qué, querida?

—Ahí fue donde yo nací. La Condesa se puso rígida, llevándose una mano a la garganta.

—¿Ha... ha vivido usted en París? Leticia asintió.

— Sí. Mi padre era un diplomático americano en la Corte francesa.

—¿Cuándo fue eso? —preguntó la Condesa con ansiedad—. ¿Cuándo estuvieron sus padres en París?

—En la época de la Revolución. Nací un año y medio antes de que estallara. Mis padres se marcharon al iniciarse las revueltas y volvieron a Estados Unidos. O, mejor dicho, mi madre. Mi padre enfermó de fiebre y murió en el viaje.

—Lo lamento —la Condesa hizo una pausa—. ¿Es posible que... estuviera usted emparentada con la familia de Juliette? ¿Los De Vipont?

—No. Tanto mi padre como mi madre eran americanos. Rhea e Hiram Ward.

—Todo esto es muy extraño —murmuró la Condesa, muy pálida.

Mendiola frunció el ceño, preocupado, y se arrodilló a su lado, tomándole la mano.

—Por favor, no se acongoje. Comprendo que el parecido pueda ser asombroso. Pero solo se trata de una extraña coincidencia. Que Leticia naciera en la misma ciudad donde murieron su hijo, lord Chilton, y su familia no significa que...

Lady Alicia exhaló un jadeo ahogado.

— ¡¿Qué?! —la Condesa se puso blanca como el mármol—. ¿Cómo la has llamado? — se giró hacia Leticia—. ¿Cuál es su nombre de pila?

—Leticia, señora —Leticia miró a la anciana con preocupación—. Por favor, no se aflija.

— ¡Pero así se llamaba una de mis nietas! Firan John, Marie Anne y Leticia, la menor.

Hubo un prolongado momento de silencio mientras todos los presentes en la sala miraban a Leticia y a la Condesa.

—Es absurdo, madre —dijo Alicia por fin—. Es prácticamente imposible. Ella no puede ser hija de Chilton.

La Condesa se volvió para mirarla con ferocidad.

—¿Acaso no recuerdas cómo era la pequeña, Lety? ¿Sus mejillas sonrosadas, sus grandes ojos castaños? ¡Su cabello negro y rizado! Era idéntico al de su madre.

— ¡Señora!- exclamó Leticia ¿ Está sugiriendo que yo soy su nieta?

—Tienes la edad correcta. Te pareces a Juliette. Estuviste en París en aquella misma época.

— Es imposible —insistió lady Alicia tajantemente, dirigiendo a Leticia una mirada sombría—. Díselo, Mendiola. Es completamente absurdo.

—Sus nietos fueron asesinados por el populacho, señora —dijo Mendiola mirando preocupado a la Condesa, cuyas mejillas estaban impregnada de color—. Eso es lo que siempre he oído.

—Pero ¿cómo podemos estar seguros? —repuso la Condesa—. ¡Nunca llegamos a recibir los restos de ninguno de ellos!

—Pues claro que no. Quemaron la casa — explicó Alicia con brutal franqueza—. Pero varios testigos vieron cómo los ejecutaban. Bertram Chesterfield lo declaró en el juzgado, ¿no lo recuerdas?

—Desde luego. Aún no estoy senil —replicó su madre—. Pero también sé que Bertram Chesterfield es un estúpido.

—Quizá, pero es un caballero. No mentiría sobre una cosa así.

—Tal vez no, pero sí podría haber exagerado. O haberse equivocado.

—Un momento —terció Leticia—. Yo no puedo ser su nieta, señora. Es imposible. Soy hija de Hiram y Rhea Ward. Hija única.

—Por favor, acompáñeme —pidió la Condesa levantándose —. Y tú también, Fernando, quiero que veáis una cosa. Pese a las protestas de Alicia, su madre salió la sala seguida de Mendiola y Leticia. La Condesa los condujo al piso superior y, a continuación, abrió la puerta de uno de los dormitorios.

Ese es un retrato de Chillón con su esposa, fue hecho poco después de que se casaran. Fíjate bien en ella.

Obedientemente, Mendiola y Leticia se acercaron al retrato. Salvo por el peinado, la mujer lardaba un parecido increíble con Leticia.

— ¡Dios bendito! —exclamó Mendiola.

Ella notó un escalofrío en la espina dorsal. Resultaba enervante contemplar un rostro tan parecido al suyo, como si se estuviera viendo en un espejo. Había diferencias, por supuesto. Aquella mujer era un poco más baja y tenía las mejillas más carnosas. Pese a todo, dichas diferencias eran nimias.

—¿Lo veis? —dijo la Condesa en tono triunfante—. Semejante parecido solo puede darse entre parientes —dicho esto, salió del dormitorio.

Leticia echó un último vistazo al retrato y luego Mendiola y ella siguieron a la Condesa de vuelta a la sala.

—Dile que es ridículo, Mendiola —ordenó Alicia al verlos entrar—. Que es un disparate.

—No es ningún disparate —insistió la Condesa fríamente—. Leticia pudo haber escapado. Apenas era una niñita. Pudo huir sin que nadie se diera cuenta. O quizá alguno de los amotinados se compadeció de ella y la dejó marchar. Bertie Chesterfield nunca dijo haber visto cómo mataban a la niña.

—Supongo que podría ser posible —convino Mendiola—. Pero ¿no cree que, de haber sucedido tal cosa, habría usted tenido noticia de ello mucho antes?

—No, si la niña escapó. ¿Quién la habría reconocido? ¿Quién habría sabido a qué familia pertenecía?

—Pero ¿cómo llegó hasta América? —inquirió Alicia en tono triunfante.

—No lo sé. No tengo todas las respuestas — respondió su madre con cierta hosquedad. A continuación, se giró hacia Leticia ansiosamente—. Quizá su madre lo sepa.

Leticia se removió incómoda. No podía hablarles de las condiciones en las que se hallaba su madre.

—Puedo preguntárselo. Pero, señora, no creo que sea posible lo que usted sugiere. Es decir, sé quiénes son mis padres.

—A veces —empezó a decir la Condesa con mucho tacto—, en las familias se guardan secretos.

—¿En qué fecha naciste, Leticia? —terció Mendiola—. ¿Qué edad tenías cuando estalló la Revolución?

—Nací el 20 de enero de 1787. Así que debía de tener un año y medio en aquel verano.

— ¡Ya está! ¿Lo ves? —exclamó lady Alicia en tono victorioso—. Muy inteligente, Mendiola. La hija de Chilton tenía dos años en aquella época. Nació en el verano del 86.

—El 18 de junio —murmuró la Condesa con un deje de tristeza. Miró a Leticia—. Lo siento. Supongo que es imposible que seas tú, ¿verdad?

Sin embargo, por la expresión de la Condesa, Leticia comprendió que seguía totalmente convencida.

—Me temo que sí —respondió tomando la mano de la anciana—. Lo siento mucho. Espero que, al menos, me permita ser su amiga.

La Condesa sonrió y le dio una palmadita en la mano.

—Ya lo creo que seremos amigas.

—Madre, creo que ya es hora de que descanses — terció Alicia mirando a Leticia con dureza—. Mendiola acompañará a la señorita Ward a su casa.

—Sí, me gustaría echarme un rato —la Condesa, que se había mostrado rebosante de energía minutos antes, parecía cansada. Dirigió una sonrisa a Leticia—. Gracias, querida, por haber venido a verme. Espero que vuelvas a visitarnos pronto.

—Cómo no, señora. Para mí ha sido un placer conocerla.

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