Sunday, October 23, 2011

Aura de Misterio- capitulo 4

Por un instante, el grupo se quedó petrificado de horror al ver cómo la Condesa se caía redonda al suelo. Mendiola fue el primero en reaccionar.

— ¡Condesa! —se arrodilló junto a ella y la incorporó, rodeándola con el brazo.

— ¡Madre! — lady Alicia, hija de la Condesa, gritó sorprendida—. Dios bendito, ¿por qué se habrá...? ¿Se encuentra bien?

Mendiola comprobó el pulso de la anciana.

—Creo que solo ha sido un desmayo. Hay que sacarla de aquí —dijo mientras la tomaba en brazos, alzándola con facilidad.

Alicia miró a su alrededor nerviosamente.

—¿Por qué habrá dicho ese nombre? Es muy extraño... —al ver a Leticia, se detuvo en mitad de la frase—. ¡Dios mío!

Leticia se quedó mirándola, extrañada. Pero Alicia se giró para seguir apresuradamente a Mendiola.

—Espera aquí —pidió Mendiola a Leticia mientras Alicia, su marido y su hija corrían tras él como una bandada de gallinas inquietas.

Leticia miró desconcertada a Carolina, que acababa de unirse al grupo.

—Qué raro —dijo Carolina—. Conozco a la Condesa desde siempre, y jamás la había visto desmayarse. Es una mujer muy fuerte.

—Parece que se... alteró mucho al verme.

—Estoy segura de que no ha sido por eso — la tranquilizó Carolina.

Leticia, sin embargo, no estaba tan segura. Lady Alicia también había reaccionado de forma extraña al verla.

—¿Por qué diría ese nombre? ¿Juliette?

—No lo sé. No conozco a nadie que se llame así. Parece un nombre francés, ¿verdad?

—Sí.

Leticia miró de soslayo y vio que un hombre avanzaba resueltamente hacia ellas. Era el conde de Villaroel, a quien Mendiola le había presentado un rato antes. Carolina emitió entre dientes algo muy parecido a una maldición.

—Espero que lo de la Condesa no sea nada grave —dijo el conde al acercarse.

— Seguro que se pondrá bien —respondió Carolina fríamente—. Sin duda, habrá sido por el calor sofocante de la sala.

— Mmm. Estoy seguro de que tienes razón. ; La Condesa quizá sea ya un poco mayor para concurrir a estas fiestas.

—Lo dices como si estuviera senil, Ariel. Es una mujer robusta y llena de vida.

—Querida hermana, no era mi intención insultar a la señora. Es una mujer extraordinaria y yo la admiro muchísimo.

—Yo no soy tu hermana.

Leticia miró de reojo a Carolina, percibiendo el tono acerado de su voz. Su antipatía hacia el Conde era evidente.

— Vamos, vamos, Carolina, nuestra visitante puede llevarse una impresión errónea.

— Si tiene la impresión de que me caes mal, habrá acertado.

Leticia no salía de su asombro. Carolina parecía frágil como una flor, pero su temperamento era sólido como el acero.

Villaroel puso expresión cínica y miró a Leticia.

—Lo siento, señorita Ward. La señorita Falcourt y yo tenemos el problema de estar, quizá, excesivamente relacionados.

Sus palabras eran deliberadamente sugerentes, y la mirada que lanzó a Carolina estaba cargada de desafío.

Carolina respondió frunciendo los labios con desprecio.

—No te engañes, Villaroel —luego se giró hacia Leticia—. Haga el favor de dispensarme, señorita Ward.

—Faltaría más —Leticia observó cómo la otra mujer se alejaba. Después se volvió hacia el Conde. Desde luego, no parecía una persona muy apreciada.

El se encogió de hombros y sonrió.

—Carolina y yo siempre hemos tenido nuestras diferencias. A pesar de que somos familia.

—¿Ah, sí?

—Sí. Estoy casado con su hermana.

—Oh —Leticia se sorprendió. No parecía haber mucho cariño entre los cuñados.

—Quizá eso explique su antipatía hacia mí. Deborah y ella estaban muy unidas. A menudo, las hermanas pequeñas suelen sentirse celosas cuando las mayores se casan.

—Sí, supongo que puede ocurrir —contestó Leticia.

—¿Qué le ha pasado a la Condesa? —inquirió él cambiando bruscamente de tema—. Parece haberse caído.

—Creo que se desmayó.

—Espero que no esté enferma —el Conde frunció el ceño al tiempo que miraba hacia la puerta—. Quizá debería ir a ver cómo se encuentra.

—Lord Mendiola y su hija están con ella. Seguro que la atenderán debidamente.

—¿Conoce usted a la Condesa? —inquirió él.

—No. Mejor dicho, acabo de conocerla.

—Ya veo. Una mujer extraordinaria. Tengo entendido que fue una belleza en sus tiempos.

— Sí, seguro que lo fue.

Siguieron charlando educadamente unos minutos y, en cuanto tuvo ocasión, Leticia dejó al Conde y fue en busca del grupo, preguntándose cómo estaría la Condesa y cuánto tardarían en regresar. No obstante, uno de los criados le informó que lord Mendiola había salido de la casa con la Condesa y los demás. Al principio, Leticia se sintió dolida, pero luego recordó que Mendiola le había pedido que esperase, de modo que seguramente tenía pensado volver. Suspiró. No tenía ningún interés en quedarse en la fiesta, aburriéndose, hasta que él regresara.

Seguramente, se dijo, podía volver a casa dando un paseo, puesto que no estaba tan lejos. Decidida, pidió a uno de los criados que le devolviera su chal de cachemira y luego salió por la puerta principal, haciendo caso omiso de la expresión horrorizada del criado.

Fue un paseo agradable. La brisa de mayo aún era un poco fría, pero ella apenas lo notó gracias al chal. Cruzó la última calle y se encaminó hacia su casa cuando, repentinamente, oyó pisadas a su espalda. Con cierta inquietud, Leticia apretó el paso. Las pisadas cesaron. Ella miró sorprendida y, de pronto, una figura surgió de la oscuridad y se lanzó sobre ella. Ambos rodaron sobre el pavimento. Leticia emitió un grito antes de que el individuo le tapara la boca con la mano, sujetándola fuertemente con el otro brazo. Luego se levantó, arrastrándola consigo.

-¡Maldita arpía! —susurró él, inmovilizándola por detrás—. Vuélvete a tu país. ¿Lo has comprendido? —añadió zarandeándola.

Leticia pataleó, golpeándole la espinilla con el talón. El individuo emitió un alarido de sorpresa y dolor, soltándola. Ella corrió hacia la casa, gritando, mientras la puerta se abría y dos criados asomaban la cabeza extrañados. Tía Irmita los apartó rápidamente, trasponiendo la puerta.

— ¡Leticia! —corrió hacia su sobrina, alzando el candil para poder verla. Los dos sirvientes también acudieron presurosos.

Leticia oyó cómo, tras ella, su agresor corría en la dirección opuesta. Los criados fueron tras él, pero se rindieron al llegar al extremo de la calle.

— ¡Leticia! ¡Niña! ¿Qué ha pasado? —tía Irmita le echó un brazo por los hombros y la acompañó al interior de la casa—. Tienes un arañazo en la mejilla.

—No me extraña. Alguien me atacó —Leticia se estremeció. Tenía los nervios deshechos y se sentía aturdida.

— ¡Te atacó! ¿Y dónde está ese hombre con el que te marchaste? Tendría que haberte acompañado de vuelta a casa, en lugar de dejarte a merced de los maleantes callejeros —tía Irmita la condujo al sofá de la sala.

—No me abandonó —repuso Leticia irritada—. Tuvo que irse, empecé a aburrirme y decidí volver por mi cuenta.

—¿Qué clase de hombre deja a una muchacha sola en una fiesta? En fin, eso ahora no importa — añadió Irmita al ver que su sobrina hacía ademán de protestar—. Siéntate en el sofá. Lo que necesitas es una copa de coñac — miró a los criados, que las observaban desde la puerta—. ¿Se puede saber qué hacéis ahí embobados? Traedle a la señora una copa de coñac.

Los criados se dispersaron rápidamente. De pronto, se oyó un jadeo ahogado en la puerta de la sala, y ambas se giraron. La madre de Leticia permanecía en la jamba, mirando horrorizada a su hija.

— ¡Mi niña! —gimió — ¿Qué ha pasado? ¿Te han hecho algo? ¿Nos están atacando? — corrió hacia Leticia y se arrodilló frente a ella—. Oh, cielos, oh, cielos —repitió una y otra vez.

—Todo va bien, madre. Nadie nos está atacando —dijo Leticia tratando de sosegarla—, ha sido un accidente. Me caí. No. No. Vienen por nosotras. Lo sé. Tenemos que huir.

Leticia contuvo la respiración. El brillo le iluminaba los ojos de su madre era alarmante. Parecía haber enloquecido.

No ocurre nada, madre. Nadie vendrá por nosotras. Estamos a salvo, rodeadas de sirvientes. ¡Tú no sabes nada! —Rhea alzó la voz, llena de pánico — ¡Los criados se volverán contra nosotras! ¡Estamos indefensas!

— ¡Mamá! —Leticia la agarró fuertemente por los brazos—. ¡Tranquilízate!

Sara, la doncella de Rhea, entró presurosa en la sala, en camisón y con los pies descalzos.

— ¡Señora Rhea! ¡Está usted aquí! —Sara dirigió una mirada de disculpa a Leticia y tía Irmita—. Lo siento. No sabía que se había levantado —se inclinó sobre Rhea Ward y la puso en pie, rodeándola con el brazo para consolarla—. Ya, ya. No va a ocurrimos nada malo a ninguna.

—¿No? —Rhea se giró hacia la doncella, el pánico de su voz desvaneciéndose—. ¿De verdad?

—Se lo prometo. Yo nunca dejaría que nadie le hiciera daño.

—Pero el populacho... —Rhea miró nerviosamente hacia la ventana.

—En la calle no hay ningún populacho, señora. Escuche atentamente. ¿Oye algo? Rhea ladeó la cabeza para escuchar.

—No —una sonrisa trémula se dibujó en su rostro—. Tienes razón.

—Quizá deberías dormir esta noche en la habitación de la señora Ward, Sara —sugirió tía Irmita.

—Eso pensaba hacer, señorita Irmita. Pediré que me preparen una cama.

Leticia observó cómo su madre se alejaba con la doncella, y los ojos se le inundaron de lágrimas.

—Oh, madre —miró a su tía—. ¿Qué es lo que le pasa? ¿Qué deberíamos hacer?

—Estará perfectamente por la mañana, ya lo verás —respondió Irmita—. Se despertó con el ruido y se asustó, eso es todo.

—Pero ¿de qué hablaba? ¿Por qué pensó que había una multitud de gente en la calle?

—Ah, eso. Solía ocurrirle a menudo cuando tú eras pequeña. Se despertaba, en medio de terribles pesadillas, asustada y hablando de una multitud que os perseguía a ella y a ti. Creo que la experiencia que vivió en Francia, durante la Revolución, la traumatizó, aunque Rhea siempre se negó a hablar de ello.

—Pero ¿por qué iba a acordarse de eso ahora?

—Oh, seguramente se sintió desorientada al despertarse y ver a los sirvientes asustados. Probablemente te oyó gritar. Ah, ya llega el coñac.

Irmita se giró mientras el mayordomo entraba en la sala, con una bandeja de plata con una botella de coñac y dos copas.

Leticia tomó una de las copas con ambas manos y tomó un generoso sorbo. El licor le quemó en la garganta e hizo que los ojos le lagrimearan. Tosió e intentó devolverle la copa a su tía, pero esta cruzó los brazos y le ordenó que apurase el resto.

—El coñac es el mejor remedio para aplacar los nervios —aseguró.

—Está bien —Leticia tomó otro trago y se estremeció, notando que el estómago le ardía, aunque por fin empezó a sentirse algo más relajada.

— ¡Por Dios santo, suélteme, estúpido! —rugió una voz masculina en el vestíbulo—. ¿Qué diablos pasa aquí?

— ¡Mendiola! —Leticia se levantó justo en el momento en que lord Mendiola entraba en la sala, zafándose de uno de los criados. El movimiento brusco hizo que se sintiera algo mareada, y se tambaleó.

— ¡Leticia! —exclamó él al tiempo que cruzaba la sala de dos zancadas para sostenerla entre sus brazos—. Dios mío, ¿qué te ha pasado? ¿Por qué está la puerta de la casa abierta? ¿Y qué hacen los criados merodeando en la calle con candiles?

Leticia se apoyó en su pecho.

—Oh, Mendiola. Apareció un hombre y... me atacó...

— ¡¿Qué?! —él pareció atónito, y luego indignado.

— Yo... yo... —de repente, Leticia prorrumpió en llanto.

— ¡Leticia! Querida mía —lord Mendiola la estrechó entre sus brazos, apretándola contra sí, al tiempo que inclinaba la cabeza sobre la de ella. Le acarició el cabello tiernamente, murmurándole palabras suaves.

Tía Irmita, que había reparado en la expresión de dicha de su sobrina al ver a aquel hombre, los observó pensativamente durante unos segundos y luego salió de puntillas de la sala, cerrando la puerta tras de sí.

Leticia alzó el rostro empapado de lágrimas hacia Mendiola.

—Lo siento.

Él sonrió.

—No necesitas disculparte —sacó su pañuelo y procedió a enjugarle las lágrimas. Luego se inclinó para besarla, lenta y profundamente, bebiendo de la dulzura de su boca, preso del mismo deseo arrebatador que había sentido en aquel rincón en sombras. Ella se ciñó a él ansiosamente, rodeándole el cuello con los brazos. Mendiola exhaló un jadeo, notando cómo la pasión palpitaba en su interior. Bajó las manos a los senos de Leticia y palpó la tierna carne. Sintió cómo los pezones se endurecían con sus caricias. Un gemido brotó de los labios de ella. Movió las caderas contra él instintivamente, buscando satisfacción, notando cómo su miembro latía contra su cuerpo, cálido y rígido. Leticia emitió un jadeo ahogado al experimentar aquella sensación nueva, conforme su ansiedad aumentaba.

En el vestíbulo se oyeron pasos y la voz de un hombre que decía:

—Nada, señorita Ward.

—¿No habéis hallado ni rastro de él? —vociferó tía Irmita, irritada.

Leticia se retiró rápidamente de Mendiola, emergiendo de las brumas de la pasión al oír los ruidos. Se llevó una mano a la boca y miró a Mendiola con los ojos muy abiertos.

Él sintió una punzada de furia, y deseó enviar a tía Irmita y los criados al infierno por haberlos interrumpido. Irritado consigo mismo, se giró y dijo con voz áspera:

—Perdóname. No he debido... Leticia se abrazó a sí misma, sintiéndose repentinamente muy sola y vacía.

—No hace falta que te disculpes. No era yo misma. Las circunstancias...

—¿Qué ha pasado? —inquirió él volviéndose.

—No estoy muy segura —Leticia arrugó la frente—. Ese hombre se abalanzó de pronto sobre mí. Creo que me había seguido. Me agarró por detrás y dijo algo que me resultó muy extraño. «¡Vuélvete a tu país!»

—¿Estás segura de que dijo eso? Quizá no lo oíste bien.

—Lo oí perfectamente. Eso fue lo que dijo.

Mendiola se quedó mirándola un momento. Estaba seguro de que aquel individuo no la había agredido simplemente para decirle que se fuera del país. Era absurdo. Sin duda, había tenido la intención de violarla, aunque Leticia era demasiado ingenua como para darse cuenta. Aquel pensamiento hizo que le hirviera la sangre.

—¿Y qué diablos hacías sola en la calle? — espetó furioso—. ¿Es que no tienes sentido común?

—Volvía a casa —repuso Leticia, molesta—. No sé si lo recordarás, pero me dejaste sola en el baile.

—Te dije que esperaras.

—No me apetecía esperar. Estaba cansada y no conocía a nadie. El criado me dijo que te habías ido con la Condesa, y yo no sabía cuando volverías... o si volverías en absoluto.

—¿Crees que habría sido capaz de dejarte allí?

—Eso fue lo que hiciste.

—Pero pensaba volver. Llevé a la Condesa a su casa, porque quería asegurarme que se encontraba bien. Si me hubieras hecho caso, en vez de irte de la fiesta por tu cuenta, nada de esto habría ocurrido.

-¡Oh! —Leticia lo miró con rabia—. ¿ Me estás echando la culpa de que ese individuo me agrediera?

—No. Simplemente digo que fue una imprudencia por tu parte volver a casa sola.

—Te recuerdo que soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma.

— ¿Sí? —Mendiola enarcó una desdeñosa ceja—. Pues no lo parece.

—¿Qué estás insinuando? —Leticia crispó los puños e irguió el mentón—. Lo resolví perfectamente. Le di una patada, escapé y corrí hacia la casa. ¡Nadie tuvo que ayudarme!

—El hecho es que ese hombre jamás te habría agredido si hubieras ido acompañada. Probablemente te consideró...

—¿Me consideró qué? —Leticia puso los brazos en jarras. Sus ojos echaban chispas.

—Una presa fácil —contestó Mendiola—. Y lo eras, maldita sea.

—Creo que debes marcharte ya —dijo ella con frialdad.

— Sí, tienes razón. Debo irme —Mendiola se encaminó hacia la puerta. Pero, antes de salir, se giró y dijo—: Vendré a recogerte mañana por la tarde. Le prometí a la Condesa que te llevaría a su casa. Tiene muchas ganas de conocerte —hizo una cortés reverencia y añadió—: Buen, noches. Asegúrate de que todas las ventanas estén bien cerradas.

Leticia se quedó boquiabierta. ¿Cómo atrevía a hacer planes por ella con semejante ligereza? Se giró y descargó su frustración dando una patada a un taburete, que rodó hasta el otro extremo de la sala.

— ¡Ay! —se lastimó el dedo gordo del pie y tuvo que sentarse en el sofá para darse un masaje—. ¡Maldito sea ese hombre!

Lord Mendiola, decidió, era el hombre más arrogante, fresco y presuntuoso que había conocido nunca. Pero lo peor era que, pese a su descaro y su arrogancia, Leticia seguía estremeciéndose al recordar sus besos.

—¿Se ha ido? —preguntó tía Irmita entrando por la puerta. Observó detenidamente la expresión de Leticia.

—Sí. ¿Por qué me miras de ese modo?

—Es solo que... nunca te había visto mirar a nadie así.

—¿Cómo?

—Del modo en que mirabas al señor Mendiola.

—Lord Mendiola.

— Sí, claro. Lord Mendiola —tía Irmita puso los ojos en blanco—. Esos ingleses y su infernal apego a los títulos —hizo una pausa—. Leticia, ¿sientes... sientes algo por ese hombre?

—¿Si siento algo? —Leticia notó que se inflamaban las mejillas—. No seas ridícula, egoísta, presuntuoso... —chasqueó la lengua con frustración—. Si siento algo por él, es antipatía

—Oh.

—Y deja de mirarme así. Voy a acostarme ya añadió Leticia malhumoradamente.

—Creo será mejor que nos acostemos todos convino su tía.

Ya en la cama, Leticia no consiguió dejar de pensar en Mendiola. No comprendía sus sentimientos hacia él, ni la ansiedad que la embargaba al acordarse de sus besos y sus caricias. Tampoco conseguía desterrar de su mente su encuentro con el desconocido agresor, ni la extraña reacción que tuvo la Condesa, a quien no conocía de nada, al verla en la fiesta. Y, lo que era aún más inquietante, ¿por qué la había llamado «Juliette»?

Un escalofrío recorrió a Leticia. Por primera vez desde que había llegado a Londres, se le levantó de la cama y cerró con llave la puerta de su dormitorio.

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