Sunday, October 23, 2011

Aura de Misterio- capitulo 6

Mientras la Condesa se dirigía hacia la puerta, lady Alicia se giró hacia Leticia.

—Le agradecemos mucho su visita, señoril Ward —dijo con el mismo tono que emplearía con un criado—. A veces, mi madre tiene extrañas ocurrencias. Pero, como ha podido ve es una mujer fácil de engañar. Y tiene familia que vela por que nadie se aproveche de ella

Parecía una amenaza velada, se dijo Leticia, aunque ignoraba qué motivos podía tener aquella mujer para amenazarla. Sin mediar palabras, Alicia salió por la puerta.

—Ah, esta lady Alicia... siempre tan diplomática —comentó Mendiola sarcásticamente.

Acompañados por el mayordomo, salieron de la casa y se subieron en el coche de caballos Espero que no estés disgustada.

—¿Por lo que dijo la Condesa? No... Bueno, debo confesar que sentí un escalofrío al ver a la mujer del retrato. Se parecía mucho a mí, ¿verdad?

— Sí, el parecido es asombroso —admitió Mendiola—. Comprendo que la Condesa se desmayase al verte anoche. Jamás llegó a superar la pérdida de su hijo y de su familia. No suele hablar de ellos, pero siempre hay tristeza en sus ojos.

—Lo siento mucho por ella. Debió de ser horrible. Ojalá pudiese ayudarla de algún modo. ¡Pero no puedo ser su nieta, como ella creía!

Tiene que haber una explicación lógica. Podrías ser una pariente lejana de los De Vipont posible que algún miembro de la familia trasladase a Estados Unidos. «Supongo que sí —convino Leticia con cierta reserva—. Aunque nunca había oído hade ellos. Ni me consta que haya alguien francés en nuestro árbol genealógico.

Mendiola detuvo el carro delante de la casa de Leticia y la ayudó a bajar. Ella se adelantó hacia los escalones de la entrada. Conforme iba, distinguió una forma marrón en el escalón superior. Llena de curiosidad, se acercó más. Entonces lo vio claramente, y emitió un leve grito antes de llevarse una mano enguantada a la boca. ¡ Era una enorme rata muerta!

— ¡Leticia! — Mendiola acudió rápidamente a su lado. Sus ojos se desviaron hacia el animal—. ¡Santo cielo! ¿Qué hace eso ahí?

—No tengo ni idea. Qué asco —exclamó Leticia, estremeciéndose.

—¿Será un regalo de vuestro perro o vuestro gato? —aventuró él.

—No tenemos perro ni gato.

—Puede que el ama de llaves sí. En casi todas las cocinas hay un gato para espantar a los ratones.

—Es posible. No estoy segura. Pero tendría que ser un gato monstruosamente grande para traer una rata como esa.

-Cierto —las esperanzas de Mendiola de calmarla con una mentira agradable se desvanecieron.

-La ha traído una persona.

-Eso parece —asintió Mendiola a desgana. Se acercó a la puerta y llamó con los nudillos. Un criado abrió al instante.

— ¡Demonios! —exclamó al ver el animal muerto—. Oh, discúlpeme, señorita...

—¿Presumo que no lo habías visto antes? — le preguntó Mendiola.

— ¡En absoluto, señor! Les pido disculpas. No puedo imaginar como habrá llegado hasta aquí.

—Avisa al mayordomo. Quiero hacerle unas cuantas preguntas. Y retira el cadáver cuanto antes.

—Entremos por la puerta del servicio —sugirió Leticia—. Así no tendremos que esperar a que lo retiren. No estoy dispuesta a pasar por encima de esa cosa.

Cuando entraron en la cocina, todos los presentes se giraron para mirarlos con asombro.

—Necesito hablar con todos vosotros —empezó a decir Leticia, y los criados se alinearon obedientemente delante de ella—. Hay una rata muerta en los escalones de la entrada — añadió sin más preámbulos.

Todos se quedaron mirándola con estupefacción.

-¿Cómo dice, señorita? —inquirió el ma95yordomo, creyendo no haberla oído bien.

—Lord Mendiola y yo encontramos una rata muerta delante de la puerta de entrada. Y quiero saber si alguno de vosotros la puso ahí.

— ¡Señorita Ward! —el mayordomo pareció verdaderamente horrorizado, como el resto del servicio—. ¡A ninguno de nosotros se le ocurriría hacer algo semejante!

— ¿Habéis visto u oído algo sospechoso? — siguió preguntando Leticia.

Todos los miembros del servicio corearon un enfático «no»

Finalmente, sin sacar nada en claro, Leticia y Mendiola salieron de la cocina. Ella suspiró mientras entraban en la sala de estar.

—Otro motivo para que cuchicheen de lo locos que estamos los americanos —dijo con un suspiro.

Mendiola sonrió.

—Dudo que te tomen por loca.

—Anoche llegué a casa corriendo y gritando, y hoy encuentro una rata muerta en la entrada. Él emitió una risita.

— Debo admitir que uno nunca se aburre contigo.

—Te aseguro que, normalmente, mi vida suele ser menos espectacular —replicó Leticia—. Nunca me habían pasado estas cosas. Solo desde que llegué a Inglaterra. Concretamente, desde que te conocí.

Mendiola arqueó las cejas perezosamente.

—¿Estás sugiriendo que yo tengo la culpa? Leticia se echó a reír.

—No. Solo digo que han empezado a sucederme cosas extrañas desde que me relaciono con la alta sociedad londinense.

Él se quedó mirándola.

—¿Crees que algún asistente a la fiesta de la Duquesa te está haciendo todo esto?

Ella titubeó.

—No sé qué decir. Resulta absurdo, pero... Bueno, alguien parece desear que abandone Inglaterra. No se me ocurre quién puede ser... excepción hecha de lady Alicia, claro está —añadió sarcásticamente.

Mendiola emitió una carcajada.

—No creo que Alicia haya dejado esa rata muerta. Aunque bien pudo espolear al honorable Augusto para que lo hiciera, como lady Macbeth.

Leticia no pudo menos de reírse al imaginar al orondo y pusilánime marido de Alicia cometiendo tamaño crimen.

—No, tienes razón. Supongo que podemos descartarlos a ambos.

—Tampoco sabemos si el incidente de anoche está relacionado con lo que ha ocurrido hoy. Leticia lo miró con incredulidad.

—¿Más coincidencias? No me parece probable. Mi agresor me dijo que me marchara del país, y hoy me ha dejado un recordatorio —irguió el mentón—. Confieso que siento cada vez más curiosidad. Puede que incluso prolongue mi estancia en Londres.

—Ya lo suponía. Leticia enarcó una ceja.

—¿Acaso preferirías que me marchase?

—No — Mendiola sonrió—. En absoluto. Pero sí quiero que tomes precauciones.

—Las tomaré. A partir de hoy, todas las puertas y ventanas se cerrarán por la noche. Y quizá ponga a un sirviente a custodiar la puerta.

—Te enviaré a mi ayuda de cámara.

—¿Para qué? ¿Qué voy a hacer yo con tu ayuda de cámara?

—No es un ayuda de cámara corriente —le aseguró Mendiola—. Fue ordenanza de un oficial del ejército en la India. Es completamente leal y un excelente luchador. Aunque quizá prefieras a Punwati. Es algo más afable que Murdock.

—No necesito a ninguno de los dos —dijo Leticia con firmeza—. Mi tía y yo podremos manejar perfectamente la situación. Además, no quisiera tener a tu ayuda de cámara pegado a mí constantemente y aterrorizando a los criados.

—¿Has oído hablar de Murdock?

—Bueno, el señor Mora me dijo que es un hombre un tanto peculiar.

Mendiola dejó escapar una carcajada.

Se ha visto metido en muchas reyertas. Por eso, precisamente, es la persona ideal para brindarte protección.

—Insisto en que no será necesario. Además, no quiero privarte de tu ayuda de cámara. Mendiola hizo una mueca.

—Eres una mujer exasperante. Supongo que ya te lo habrán dicho.

—Unas cuantas veces —Leticia sonrió.

—¿Por qué eres tan testaruda?

—Yo no soy testaruda. Sencillamente, no necesito ni quiero que tu ayuda de cámara me proteja.

Mendiola la miró con dureza, pero ella le sostuvo la mirada sin arredrarse. Finalmente, él la agarró por los hombros para darle un beso breve e intenso.

— Si se produce algún otro incidente, enviaré a Murdock para que proteja tu casa, aunque tenga que hacerlo apostado en la calle. ¿Está claro?

—Perfectamente —Leticia se pasó la lengua por el labio superior—. ¿Siempre haces valer tus opiniones de esta manera?

Mendiola se fijó en su boca, y una súbita oleada de calor lo recorrió por dentro.

—Solo cuando es necesario. ¿ Se inclinó para besarla de nuevo, esta vez más lentamente.

Los recuerdos de la noche anterior inundaban su mente y hacía que la piel le ardiera. Deseó seguir besándola hasta que ninguno de los dos fuese capaz de parar, pero se retiró de ella a desgana.

— Debo irme ya.

Por mucho que deseara quedarse, tenía cosas que hacer. Murdock, su ayuda de cámara, tenía contactos con ciertos elementos criminales de Londres, aunque Mendiola siempre había creído prudente no abundar demasiado en el cómo y el porqué de dichos contactos. Le pediría que husmeara por ahí, para ver si oía de alguien que hubiese agredido recientemente a una hermosa americana. Leticia quizá se negara a aceptar su protección, pero eso no significaba que él no pensara protegerla de un modo u otro.

Una vez que Mendiola se hubo marchado, Leticia subió al dormitorio de su madre.

—Ah, señorita Leticia — Sara alzó la vista de la costura que tenía en la falda y sonrió—. Me disponía a bajar para prepararle a su madre una taza de chocolate.

Tía Irmita, Leticia y Sara habían acordado tácitamente no dejar sola a Rhea desde el incidente de la tetera. Sara se levantó y, dejando a un lado la costura, salió del cuarto.

Rhea se inclinó hacia su hija y susurró:

—Menos mal que se ha ido. No sé qué mosca le ha picado a Sara. Apenas ha salido de la habitación en todo el día. Creo que tiene miedo de los criados.

—¿En serio?

Rhea hizo un gesto de asentimiento.

— Son... diferentes, ya sabes. A veces, me exasperan. No critico a Sara por antipatizar con ellos.

—Aun así, supongo que este país es más parecido al nuestro que ningún otro. Es decir, hablamos el mismo idioma y procedemos de un tronco común —Leticia hizo una pausa y luego añadió—: No como los franceses, por ejemplo.

Su madre la miró recelosamente.

—¿Los franceses? ¿De qué estás hablando?

—Quería decir que los franceses son más ajenos a nosotros, ¿no te parece? Tienen otro idioma, otras costumbres.

—Sí —asintió Rhea con cierta cautela.

—Nunca has hablado mucho de la época que papá y tú pasasteis en Francia. Cuando él trabajaba con el embajador.

Rhea parpadeó.

—Yo... bueno, tampoco hay mucho que contar.

—¿Cómo era París? Dicen que es una ciudad muy bella.

— Supongo... supongo que sí —Rhea apartó la mirada, frotándose la frente—. No me gusta hablar de eso.

— ¿De que?

—De esa época. De París.

—Pero me interesa mucho. A fin de cuentas, nací allí —ante el silencio de su madre, Leticia agregó—: ¿O no?

—¿Cómo? Sí, por supuesto. ¿Por qué me haces unas preguntas tan tontas? —Rhea introdujo la mano en el espacioso bolsillo de su falda, y Leticia pudo ver a través de la tela que acariciaba algo. Aquella estúpida caja, se dijo irritada. ¿Qué contenía? ¿Por qué su madre le tenía tanto apego?

—Madre... ¿te importaría hablarme del día en que yo nací?

—¿Cómo dices? —la agitación de Rhea pareció aumentar. Paseó la mirada por la habitación, en todas direcciones, evitando los ojos de Leticia—. Qué pregunta más extraña.

—Fue en París, ¿verdad?

—Sí, desde luego.

—¿Dónde?

—¿Dónde? Pues en nuestra casa.

—¿Te asistió una comadrona?

—Sí. Esta conversación me resulta muy extraña.

—No tan extraña. A todo el mundo le gusta saber los detalles de su nacimiento. ¿Cómo se llamaba la comadrona?

—No lo sé. ¿Cómo voy a acordarme de algo que sucedió hace tanto tiempo?

—¿Cómo era?

—¿A qué viene este interrogatorio? —Rhea se levantó y caminó hasta la ventana, alejándose de Leticia. Pese al calor estival, se abrazó a sí misma como si tuviera frío.

—Deseo saberlo, madre. Es importante — Leticia hizo una pausa y seguidamente inquirió con suavidad—: ¿Qué edad tenía yo cuando se iniciaron las revueltas?

Rhea se dio media vuelta y la miró duramente.

—¿Qué edad tenías? ¿Y eso qué importa?

—Importa mucho. Seguramente tú debes saberlo.

—Naturalmente que lo sé. Apenas habías empezado a dar los primeros pasos. Siempre estabas andurreando de un lado para otro. Tenía que estar siempre pendiente de ti. Me asusté muchísimo cuando esa pandilla de gañanes detuvo nuestro carruaje cuando nos dirigíamos a Calais. Temí que escaparas del coche y salieras a explorar, como habías hecho aquella misma mañana en la posada. Aquel hombre tan rudo abrió la portezuela y se asomó dentro... —Rhea tembló, su rostro contrayéndose de miedo con el recuerdo

— Hiram ya estaba enfermo. Y él... —se interrumpió de golpe y miró hacia la ventana.

—¿Qué, madre?

—Nada —respondió Rhea bruscamente—.

Fue horrible. Tu pobre padre estaba muy enfermo, y yo temía que te contagiara la enfermedad... Pero te portaste muy bien en la posada de

Southhampton, mientras yo estaba muerta de preocupación por Hiram. Estuviste sentada a mi lado en todo momento, sin moverte, e incluso me diste palmaditas en la mano... como si supieras lo triste y asustada que me sentía en aquellos momentos —los ojos se le llenaron de lágrimas y se llevó una trémula mano a la cara—. Por favor, Leticia, no me preguntes más. No quiero hablar de ello.

—Lo siento, madre —Leticia se acercó a ella para abrazarla, sintiéndose como un monstruo por haberla alterado tanto—. No he debido preguntarte. No quería ponerte triste.

Rhea se apoyó en ella durante unos instantes, murmurando:

—Mi pequeña. Todo va a ir bien.

—Claro que sí. Todo va a ir bien.

Rhea se retiró de su hija y regresó a la cama.

—Creo que me echaré un rato. Dile a Sara que no quiero el chocolate. Estaré acostada hasta la hora de la cena.

—Está bien. Lo siento, madre...

Rhea asintió mientras se tumbaba en la cama y se envolvía en su chal. Luego cerró los ojos. Con un suspiro, Leticia se sentó y aguardó a que Sara volviera. Las respuestas de su madre, lejos de disipar su inquietud, solo habían contribuido a aumentarla. ¿Por qué se negaba a hablar del día de su nacimiento? Un día feliz, sin duda, que su madre tendría que haber atesorado en el recuerdo. ¿Y cómo era posible que no se acordase del nombre o del aspecto de la comadrona? ¿Por qué obviaba el detalle, como si careciese de importancia?

Leticia salió presurosa del dormitorio y bajó a la sala, donde halló a tía Irmita enfrascada en su costura. Irmita alzó la vista y sonrió.

—Hola, querida, ¿cómo te ha ido la tarde?

— He conocido a una mujer encantadora, pero algo trastornada.

—Vaya, es una lástima. ¿Qué le...?

—Tía Irmita —la interrumpió Leticia, sin ser consciente de su rudeza al hallarse tan preocupada—. ¿De qué color tenía mi madre el pelo cuando era joven?

Tía Irmita se quedó mirándola.

—¿De qué color tenía el pelo? Me extraña la pregunta. Pues moreno, desde luego.

—¿Moreno oscuro? ¿Cómo el mío?

—Oh, no, querida. Bastante más claro. Castaño.

—Igual que mi padre, ¿verdad?

— Sí —tía Irmita clavó la aguja en el fragmento de tela del bordador y lo dejó a un lado—. Algo te preocupa. ¿De qué se trata?

—¿Ha habido alguien en la familia que se pareciera a mí? —inquirió Leticia casi desesperadamente.

Su tía enarcó la ceja, sopesando la pregunta cuidadosamente.

—Mi tía Rosemary fue una mujer muy atractiva, también —dijo al fin—. Aunque era rubia y tenía los ojos azules. ¿Por qué lo preguntas, niña? ¿Qué sucede?

—Porque me extraña que no haya nadie en la familia que se parezca a mí. ¡Y hoy he visto el retrato de una mujer que podría ser mi hermana gemela!

Tía Irmita la miró detenidamente.

—¿De qué estás hablando? Leticia le explicó lo sucedido con la Condesa, cómo esta se había desmayado al verla.

—Me mostró un retrato de su nuera, pintado hace muchos años, y era idéntica a mí.

Tía Irmita abrió los ojos como platos.

—Pero ¿quién...? ¿Cómo...?

—Es una simple coincidencia. Al menos, eso dijimos Mendiola, la hija de la Condesa y yo. Solo la Condesa se aferró tercamente a la esperanza de que yo fuese...

—¿De que fueses qué?

No entiendo nada.

—Pensaba que yo podía ser su nieta, a la que creía muerta desde hacía veintidós años.

Irmita parpadeó.

— ¡Pero eso es absurdo! ¿Cómo ibas a estar emparentada con una Condesa de Inglaterra?

— ¡No lo sé! La Condesa sugirió que su nieta pudo haber escapado del populacho, al ser tan pequeña en aquella época, o que quizá algún alma piadosa se compadeció de ella y la salvó.

—¿Escapado de qué populacho?

—Del mismo populacho que tanto aterrorizaba a mi madre. Sucedió en París, durante la Revolución.

— ¡En París! —tía Irmita pareció atónita.

—Sí. El hijo de la Condesa y su familia fueron asesinados por los revolucionarios en París. Su hija pequeña se llamaba Leticia.

— ¡Leticia! ¿Qué estás sugiriendo? —las palabras de Irmita eran de indignación, pero su voz tenía un deje extraño.

—No estoy segura. Lo único que sé es que soy idéntica a una francesa que murió hace veintidós años —Leticia se paseó por la sala, demasiado agitada para sentarse—. ¿Alguna vez te ha contado mi madre los detalles de mi nacimiento? ¿Cuánto pesé al nacer o cómo se llamaba la comadrona que asistió el parto? Le he preguntado, pero dice que no se acuerda.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Pero no había pasado tanto tiempo cuando regresó a casa desde París. ¿Te contó algo en aquel entonces?

—Bueno, sí. Me habló del miedo que había pasado, de cómo la habías ayudado a superar la odisea. También habló de la muerte de Hiram, / de lo triste y sola que se había sentido.

—Pero no te dijo nada del parto.

—Debes tener presente que yo no llegué a casarme nunca, Leticia —Irmita se ruborizó, sorprendiendo a su sobrina—. Probablemente, tu madre no quiso herir mi sensibilidad. Hay cosas de las que las mujeres casadas no hablan con las solteras. Aunque hay un detalle que... —titubeó.

Leticia se giró hacia ella con ansiedad.

—¿Qué detalle?

Tía Irmita suspiró antes de proseguir.

—Bueno, siempre me pareció extraño que Rhea no nos escribiera para darnos noticia de tu nacimiento. Un día recibimos una carta suya, de Inglaterra, comunicándonos que se había embarcado hacia América, que Hiram había muerto y que ella regresaba a casa con su hija. Fue la primera noticia que tuvimos de ti.

Leticia la miró estupefacta. Finalmente, recuperó la voz lo suficiente como para preguntar:

—¿No os escribió para daros noticia de mi nacimiento?

Tía Irmita se encogió de hombros.

—Rhea afirmó haber enviado una carta, pero yo nunca la recibí. Dijo que debía de haberse perdido en el camino. Pero ¿por qué no te mencionó en ninguna de sus otras cartas? Me pareció decididamente extraño, sobre todo porque Hiram y ella llevaban muchos años deseando tener hijos, sin conseguirlo —se mordió el labio y añadió—: Siempre tuve la sensación de que... había algo raro en todo aquello.

—¿Algo raro? ¿A qué te refieres?

Tía Irmita la miró de soslayo, azorada.

—A veces me pregunté si... serías hija de otro hombre, y no de Hiram. Rhea amaba a su esposo. Pero deseaba tanto tener hijos que... Bueno, se me pasó por la cabeza la posibilidad de que lo hubiera intentado con otro hombre, quizá creyendo que Hiram era estéril. Pero enseguida descarté la idea —Irmita alargó la mano para tomar la de su sobrina—.

¿Te encuentras bien, querida? No quisiera entristecerte. Como digo, todo eso no son más que conjeturas. Sea cual sea la verdad, sigues siendo mi sobrina y te quiero muchísimo.

—Eres muy buena. Yo también te quiero. No, no estoy triste. Pero ha sido un día tan extraño que... no sé lo que pensar.

—Quizá deberías echarte un rato antes de la cena —sugirió tía Irmita—. Ponte lavanda en las sienes y descansa. Luego te sentirás mejor, estoy segura de ello.

—Quizá tengas razón —Leticia tuvo que reconocer que se encontraba algo cansada.

Dejó que su tía la acompañara hasta su cuarto y la acostara.

A continuación, Irmita corrió todas las cortinas para dejar la habitación en penumbra. Leticia se quedó dormida en cuanto hubo cerrado los ojos. No se despertó hasta una hora más tarde. Abrió los ojos y se incorporó dando un respingo, con el presentimiento de que algo le había sucedido a su madre.

Mientras corría hacia el dormitorio de Rhea, el grito frenético de una doncella confirmó sus temores.

Al entrar, vio a una de las criadas arrodillada en el suelo junto a un cuerpo inmóvil. Una gélida sensación de miedo acometió a Leticia, pero enseguida comprobó que aquella mujer no era su madre, sino Sara.

—¿Qué ha pasado? —preguntó arrodillándose rápidamente junto a ella. Tenía sangre en el pelo.

Leticia respiró hondo y se acercó para examinarla mejor. Bien. Al menos, respiraba. Se giró hacia la criada y volvió a preguntar—: ¿Qué ha pasado aquí?

— ¡No lo sé, señorita! —la chica parecía aterrada—. Entré para limpiar el polvo y la encontré así. Me asusté mucho, por eso grité.

—Lo imagino. Bueno, es obvio que se ha golpeado la cabeza con algo —Leticia oyó pasos en el pasillo. Sin duda, tía Irmita y los demás criados habían oído también el grito. Paseó la mirada por el dormitorio—. ¿Dónde está mi madre?

—No lo sé, señorita. Se ha ido.

—No puede haberse ido —replicó Leticia.

—Quizá se escapó, y... —la criada miró la figura inmóvil de la doncella de Rhea—. Creo que fue la señora Ward quien le golpeó. Y después se escapó...

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