Londres, 1811
Leticia Ward miró de soslayo al hombre que iba con ella en el coche de caballos. Parecía a punto de sufrir un desmayo. Tenía la cara blanca como la cera y el labio superior perlado de sudor.
—No se preocupe, señor Mora —dijo en tono agradable, intentando aplacar sus temores—. Estoy segura de que su patrón nos recibirá de buen grado.
Lyman Mora cerró los ojos y emitió un leve gemido.
— Usted no conoce a lord Mendiola. Es un hombre muy... muy reservado. —Como la gran mayoría. Pero no por eso han de ser malos empresarios. No veo por qué no ha de estar interesado en reunirse con alguien que acaba de firmar un excelente contrato para enviar el té de su compañía a América.
En realidad, a Leticia le sorprendía que Mendiola no hubiese acudido a su oficina para conocerla y firmar el contrato personalmente aquella misma mañana. Mendiola no había asistido a ninguna de las reuniones de Leticia con Lyman Mora, su agente.
—No... no sé cómo hacen ustedes las cosas en América, señorita Ward —dijo Mora cuidadosamente—. Pero aquí, los caballeros no suelen participar activamente en asuntos de negocios.
—¿Se refiere a los miembros de la nobleza?
— Sí —a Lyman Mora le había resultado muy difícil tratar con la señorita Ward mientras duraron las negociaciones. Le parecía extraño hablar siquiera de negocios con una mujer... Sobre todo, con una mujer como Leticia Ward. Talle escultural, lustrosa melena negra, expresivos ojos castaños y tez suave como el terciopelo.
—Me temo que no estoy acostumbrada a tales distinciones —admitió Leticia—. En Estados Unidos, un caballero se mide más por sus actos que por su origen —tras una pausa, añadió con curiosidad—: Ese Mendiola, ¿es un individuo casquivano? Supongo que su fortuna será heredada. Aun así, me pregunto cómo se las habrá arreglado para conservarla.
— Oh, no, señorita —protestó Mora — Yo no he dicho que el señor no se preocupe por sus negocios. Sencillamente, no está bien visto que un caballero se ocupe del... bueno, del día a día de sus asuntos financieros.
—Entiendo. Se trata de una cuestión de apariencia, entonces.
— Supongo que sí. Pero lord Mendiola es un empresario excelente. De hecho, ganó gran parte de su fortuna él mismo, en la India.
— Ah —los ojos de Leticia brillaron con interés—. Por eso tengo tanto afán por conocerlo personalmente. Su colección de tesoros hindúes es célebre y yo soy muy aficionada a la materia. Incluso me he carteado con el señor Mendiola... es decir, con lord Mendiola, sobre ese particular.
Leticia creyó prudente no mencionar que había solicitado a lord Mendiola permiso para ver su colección cuando estuvo en Inglaterra, aquel mismo año, y él se había negado de plano. En realidad, ese era uno de los motivos que la habían impulsado a decantarse por la Compañía de Té Burchings para negociar el contrato. La compañía tenía una reputación excelente, por supuesto; Leticia jamás habría tomado una mala decisión financiera simplemente por satisfacer un capricho personal. Sin embargo, descubrir que el propietario de Burchings era el mismo Mendiola cuya colección tanto deseaba ver había constituido un agradable suplemento.
—Tengo entendido que esa colección es impresionante —repuso Mora—. Aunque yo nunca la he visto, desde luego.
—¿Nunca? — Leticia lo miró sorprendida.
— No. A veces, he llevado documentos a casa del señor y he visto algunos objetos en el vestíbulo. Pero, normalmente, lord Mendiola prefiere ir a la oficina para hablar de sus negocios.
El coche se detuvo delante de un impresionante edificio de piedra blanca. Lyman Mora se asomó por la ventanilla.
—Ya hemos llegado —dijo con voz ahogada. Luego se volvió hacia Leticia, dirigiéndole una mirada casi suplicante—. ¿Seguro que quiere seguir adelante con esto, señorita Ward? Lord Mendiola no aprecia las visitas. Es probable que incluso se niegue a recibirnos. O que nos reprenda por la impertinencia.
—Tranquilícese, señor Mora —dijo Leticia, tratando de infundirle algo de valor—. Le garantizo que he tratado con más de un viejo gruñón. Y, por lo general, suelo manejarlos bastante bien.
—Pero él no es ningún...
—Sea lo que sea, estoy segura de que podré arreglármelas. Si se enfada, le diré que todo ha sido culpa mía.
Con resignación, Mora abrió la puerta y se bajó del coche. Después se giró para ayudar a Leticia. Respirando hondo, llamó dos veces a la puerta de la casa utilizando el picaporte.
Al cabo de un momento, un criado acudió a abrir. Miró a Mora y luego a Leticia, antes de apartarse con desgana para dejarlos pasar.
— Vengo a ver a lord Mendiola —anunció Lyman.
—Aguarden aquí —repuso lacónicamente el criado antes de retirarse, dejándolos en el vestíbulo.
Leticia miró en torno. Bajo sus pies, el suelo de madera estaba cubierto de una gruesa alfombra color vino en la que aparecía representada una escena de caza, donde un hombre con turbante arrojaba una lanza a un tigre. En la pared había colgada una máscara de elefante de plata batida y, debajo, un cofre de madera en cuya tapa aparecía tallada una escena de jardín, con dos doncellas hindúes de pie entre los lánguidos árboles.
Leticia se agachó para contemplar el cofre de cerca, cuando se oyó un suave sonido de pisadas aproximándose. Alzó la cabeza y apenas pudo reprimir un grito de placer. El hombre que acompañaba al criado tenía la tez cobriza y enormes ojos negros, y estaba vestido de blanco desde el turbante hasta los zapatos de suela blanda que llevaba puestos. Mientras Leticia lo observaba fascinada, él juntó las manos a la altura del pecho e hizo una educada reverencia.
—¿Señor Mora? —dijo con un suave acento—. ¿Lord Mendiola le esperaba hoy? Lo lamento mucho. No tenía conocimiento de su visita.
—No, yo... — Lyman Mora había hablado muchas veces con el mayordomo de lord Mendiola, pero la experiencia siempre le resultaba enervante—. Se trata de una visita inesperada. Esperaba presentarle al señor a la señorita Ward. Naturalmente, si venimos en un momento poco propicio, podemos...
Los ojos del mayordomo se desviaron hacia Leticia. Esta, al ver que Mora lo estropearía todo, tomó las riendas de la situación, como solía hacer siempre.
—Soy Leticia Ward, señor...
—Me llamo Punwati, señorita.
—Señor Punwati. He hecho ciertos negocios con la Compañía de Té Burchings, y esperaba conocer a lord Mendiola aprovechando mi estancia en Londres. Espero que no sea excesiva molestia.
—Seguro que lord Mendiola estará muy interesado, señorita Ward —respondió el mayordomo, inclinándose levemente—. Le diré que está usted aquí y veré si piensa recibir visitas esta tarde.
—Gracias —Leticia lo recompensó con una sonrisa que había deslumbrado a más de un hombre.
Cuando Punwati se hubo retirado, tan silenciosamente como había llegado, Mora sonrió un tanto incómodo.
— Ya le dije que lord Mendiola es... diferente. Sus criados son un poco raros. El mayordomo, como ha podido ver, es extranjero. Le pido disculpas si la ha... eh, sorprendido.
Leticia se quedó mirándolo con desconcierto.
— ¿Pero de qué habla? No necesita disculparse. ¡Esto es maravilloso! Nunca había conocido a nadie de la India. Quisiera preguntarle miles de cosas, aunque seguramente sería una descortesía. ¿Y se ha fijado en esa máscara tan magnífica? Y mire la alfombra. ¡Y el cofre!
Los ojos de Leticia brillaban de entusiasmo. Contemplándola, Mora se dijo que era aún más atractiva de lo que había pensado. Se preguntó si su belleza ablandaría a lord Mendiola, uno de los solteros más codiciados de Londres.
—Ah. Señor Mora. Me dice Punwati que ha traído una visita con usted. Mora dio un salto.
— ¡Lord Mendiola!
Leticia, que estaba agachada junto al cofre, se incorporó y se giró hacia la voz. La mandíbula estuvo a punto de desencajársele. Había imaginado a lord Mendiola como un viejo cascarrabias, solitario y probablemente excéntrico. Pero el hombre que se hallaba en el extremo opuesto del vestíbulo debía de tener unos treinta y tantos años. Era alto, ancho de hombros, con piernas largas y musculosas. Llevaba una indumentaria elegante, pero sobria. Avanzó hacia ellos, y Leticia reparó en que lord Mendiola no solo era joven, sino también guapo. Tenía el pelo castaño oscuro, pómulos altos, nariz aquilina y mandíbula cuadrada. La aparente dureza de sus rasgos quedaba mitigada por la sensualidad de sus carnosos labios. Sus ojos eran grandes e inteligentes, rodeados de largas y oscuras pestañas.
—Lo siento, señor —empezó a decir Mora, azorado—. Sé que no deberíamos haber venido sin avisar, pero... pensé que querría conocer a la señorita Ward.
—No imagino por qué —repuso lord Mendiola arrastrando la voz, con tono repleto de sarcasmo.
—Por favor, lord Mendiola, no ha sido culpa del señor Mora, sino mía —terció rápidamente Leticia—. Él no deseaba traerme a su casa. Pero yo insistí.
—¿En serio? —Mendiola enarcó una ceja, en un gesto de educado desdén que había intimidado a más de una persona.
Leticia apenas reparó en ello. Estaba más concentrada en el color de sus ojos, de un gris tan suave que casi parecían plateados, y en el temblor que de pronto empezó a notar en las rodillas.
— Sí. Verá, me gusta conocer a las personas con las que hago negocios.
—¿Negocios? —Mendiola se mostró sinceramente perplejo, y se giró hacia su empleado—. No comprendo.
—Esta semana he negociado un contrato con la señorita Ward —explicó Mora—. Creo que se lo mencioné. Con Transportes Marítimos Ward, para llevar el té de Burchings a los Estados Unidos.
Mendiola miró a Leticia con expresión neutra.
—¿Trabaja usted en Transportes Marítimos Ward?
—Mmm. La compañía pertenece a mi familia. Y, a diferencia de usted, yo prefiero participar activamente en mis negocios.
—De modo que no aprueba mi forma de llevar los míos.
—Bueno, es su negocio, y puede hacer usted lo que le plazca.
—Muy amable por su parte —Mendiola hizo una leve reverencia satírica.
Leticia le digirió una mirada llena de frialdad y prosiguió.
—Sin embargo, siempre he opinado que los negocios van mejor si sus dueños toman parte activa en ellos. A menos, por supuesto, que el propietario no esté capacitado para ello —añadió al tiempo que miraba a Mendiola con gesto de desafío.
Para su sorpresa, lord Mendiola prorrumpió en carcajadas.
—¿Está sugiriendo que yo no estoy capacitado para llevar mis negocios?
Lyman Mora dejó escapar un gemido y cerró los ojos.
—El señor Mora sabe que valoro en extremo mi intimidad —prosiguió Mendiola—. No estoy acostumbrado a que todo aquel que haga negocios con mi compañía se presente en mi casa.
—Mmm. Sí, ya veo que se cree usted superior al resto de los humanos.
— Le pido perdón —replicó Mendiola, mirándola fijamente. Cada comentario de aquella mujer era más indignante que el anterior.
— Por lo general, dicha cualidad no hace agradable a la persona —dijo Leticia sin tapujos—. Pero eso no es de mi incumbencia, desde luego. Lo que me incumbe es saber cómo su actitud influye en su compañía.
—Ah, sí, Burchings. Por un momento, pensé que empezábamos a apartarnos de lo principal. Desde luego, será para mí un honor conocer su opinión sobre mi compañía
- Veo que está siendo sarcástico —replicó Leticia—. Pero debo decirle que hay quienes valoran mi opinión en cuestiones de negocios.
—Estados Unidos debe de ser un país muy diferente.
—Sí, lo es. Creo que allí valoramos más la honestidad.
—El descaro, diría yo. O la falta de tacto.
—En mi opinión, el «tacto» no es un elemento valioso a la hora de hacer negocios. Pretiero saber dónde piso. ¿Usted, por el contrario, prefiere permanecer a oscuras?
Por un momento, lord Mendiola se limitó simplemente a mirarla. Luego meneó la cabeza y emitió una risita.
— Me deja usted sin habla, mi querida señorita Ward. ¿Siempre hace negocios así? Me sorprende que tenga clientes.
Leticia le devolvió la sonrisa.
—No —contestó con sinceridad—. Usted me ha sacado de quicio especialmente. Como mujer dedicada a los negocios, a veces tengo que dedicar mucho tiempo a discutir con los hombres para que me acepten en igualdad de condiciones.
—¿En igualdad de condiciones? —los labios de Mendiola se curvaron—. Creo que eso sería poco para usted. Intuyo que prefiere un sometimiento total a su persona.
—Oh, no —se apresuró a responder Leticia—. Verá, a diferencia de otras personas, no tengo inclinación alguna a la arrogancia.
— Capto la indirecta —murmuró Mendiola. Pensó que el propósito de la visita de aquella extraña americana ya estaba cumplido, y que la entrevista debía terminar. Pero, extrañamente, se resistía a despedirse de ella. No sabía si la señorita Ward lo irritaba más que lo excitaba, pero deseaba seguir disfrutando de su compañía.
—Ahora que nos hemos conocido, señorita Ward, ¿acepta tomar una taza de té conmigo? —luego, girándose hacia el atónito Mora, añadió—: Usted también está invitado, Mora... a no ser, claro, que tenga asuntos más apremiantes en la oficina.
—Oh, no, señor —contestó Mora, ruborizándose de placer ante la invitación de su jefe—. Quiero decir que tengo mucho que hacer. En la oficina siempre hay trabajo. Pero creo que podrán arreglárselas sin mí durante una hora o dos. Le agradezco mucho este honor. Si está seguro, claro...
—Naturalmente que está seguro —dijo Leticia firmemente—. Apuesto a que lord Mendiola siempre está seguro de lo que hace —se volvió hacia Mendiola—. Gracias, señor. Me encantará tomar ese té.
Mendiola tocó la campanilla para avisar al mayordomo y pidió que se sirviera el té en la sala azul. A continuación, acompañó a sus huéspedes por un largo pasillo hasta una espaciosa habitación, cuyas paredes estaban decoradas con papel azul y blanco. Leticia se fue derecha hacia una serie de pequeños y coloridos cuadros colgados en la pared.
—¿Son Rajput? —inquirió, refiriéndose a las ilustraciones manuscritas de epopeyas hindúes que habían florecido en la India en tiempos remotos.
Mora pareció perplejo, y Mendiola enarcó las cejas sorprendido.
—Pues sí, empecé a coleccionarlos mientras vivía en la India. ¿Conoce usted el arte hindú?
— He visto muy poco —confesó Leticia—, pero me interesa muchísimo —mientras observaba detenidamente las pinturas, no advirtió la mirada de Mendiola sobre ella. Luego, al girarse y sorprenderlo mirándola, se ruborizó. Había algo en sus ojos que, repentinamente, la llenó de calor por dentro. Leticia miró hacia otro lado, buscando algo que decir para disimular su reacción.
—He... he comprado algunos objetos. Un pequeño Buda de jade, unas cuantas tallas de marfil y un chal de cachemira, por supuesto. Pero en Estados Unidos no abundan los productos hindúes.
—¿Le apetecería ver mi colección, después del té?
El rostro de Leticia se iluminó, haciendo que Mendiola contuviera el aliento.
—Oh, sí, me gustaría más que nada en el mundo — Leticia se sentó mientras el mayordomo entraba con el té y depositaba la bandeja en la mesa, pero siguió hablando con entusiasmo—. Debo confesarle algo. Esa fue una de las razones por las que convencí al señor Mora para que me trajera aquí hoy. Esperaba poder echarle una ojeada a alguno de sus tesoros hindúes. He oído hablar tanto de su colección...
—¿De veras? —Mendiola estudió a Leticia. Nunca había conocido a ninguna mujer que se mostrara tan entusiasmada con sus objetos hindúes.
— Oh, sí. De hecho, le escribí hace unos cuantos meses, cuando me enteré de que vendría a Londres. Le pedí que me dejara ver su colección, pero usted se negó en redondo.
—¿Sí? Qué desconsiderado por mi parte — Mendiola frunció el ceño—. Pero no recuerdo haber... Un momento, sí, recibí una carta de un tipo de Estados Unidos. Pero, ¿no se llamaba Alexander Ward?
— Leticia. La gente suele cometer ese error. Les extraña que una mujer se interese por los objetos artísticos.
— Y más que escriba cartas a desconocidos con la intención de concertar una cita.
—¿Y qué quería que hiciera? —inquirió Leticia, sus ojos castaños desprendiendo chispas—. ¿Que le pidiera a mi tío o a mi primo que escribieran por mí, como si yo fuese incapaz de redactar una carta con un mínimo de coherencia
No se trata de su capacidad, señorita Ward. Una mujer tiene que ir con cuidado. Protegerse.
¿Protegerse de qué? ¿De la rudeza de una tía como la que me envió, negándose a recibirme? —Leticia emitió una risita—. Me llevé una decepción, desde luego, pero no corrí al lecho llena de pena y desesperación. Ya me han dado negativas antes, se lo aseguro. -Eso me resulta difícil de creer —repuso Mendiola, sonriendo — Por favor, permítame compensar mi rudeza mostrándole todo aquello que desee ver.
Siguieron charlando un rato, mientras tomaban el té acompañado de pastas. Finalmente, Mora regresó a su oficina, tras haberle asegurado a Mendiola que él mismo se encargaría de llevar a la señorita Ward a casa en su propio coche.
—¿Sabe? —dijo Mendiola mientras le ofrecía el brazo a Leticia para mostrarle la colección—. Que se quede y recorra estas habitaciones a solas conmigo no es un comportamiento recomendable para una joven dama.
—¿No? —Leticia abrió mucho los ojos, en un gesto de fingida inocencia—. ¿Acaso tiene la costumbre de atacar a las jovencitas indefensas que visitan su casa?
—Por supuesto que no. Aunque yo no diría que está usted indefensa.
—Entonces, no tengo nada que temer, ¿verdad? Usted, que es un caballero preocupado por el bienestar de las mujeres, procurará sin duda que no me pase nada malo.
—Tiene usted una lengua de víbora, mi querida señorita Ward.
—Oh, ¿qué es lo que he dicho, señor?
Él le dirigió una mirada cargada de ironía y, a continuación, se giró hacia una de las habitaciones, arrastrándola consigo. Luego, sujetándola por los antebrazos, la miró directamente a los ojos, tan de cerca que su rostro llenó todo el campo de visión de Leticia. Ella sintió que los brillantes ojos plateados de él perforaban los suyos, notó el calor de su cuerpo, la fuerza de sus manos.
—¿Sabes? —dijo Mendiola tuteándola—. A veces, incluso un caballero puede perder el control delante de una joven hermosa.
Leticia tuvo el disparatado presentimiento de que iba a besarla allí mismo y comprendió, sobresaltada, que tal idea le producía más excitación que miedo.
—Pero estoy segura de que usted nunca pierde el control —replicó, molesta por el temblor que percibió en su propia voz.
—No cometas la necedad de creer tal cosa. Si hablaras con las buenas damas de Londres, sabrías que se me considera capaz de hacer cualquier cosa. Yo, mi ingenua señorita Ward, soy la oveja negra de la familia. No se me puede dejar a solas con las damiselas.
—Pues es una suerte que yo no sea una damisela inglesa, sino una mujer americana que aprendió hace mucho a rechazar las atenciones no deseadas, ¿no le parece?
— Desde luego —Mendiola se acercó más— Y dígame, ¿serían no deseadas mis atenciones? Leticia respiró hondo, notando que el corazón le martilleaba el pecho. Le resultaba difícil pensar con los ojos de Mendiola fijos en los suyos.
—No —dijo entrecortadamente mientras se apretaba contra él.
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