Tuesday, July 5, 2011

Aura de Misterio- capitulo 3

Leticia se miró por última vez en el enorme espejo del vestíbulo. Satisfecha con su aspecto, se giró hacia la escalera. Su vestido rosa de satén sería superado, sin duda, por los de muchas de las damas presentes en el baile. Sin embargo, Leticia sabía que era lo bastante apropiado como para no suscitar comentarios. Además, el color rosa le sentaba de maravilla, pues acentuaba el rosado natural de sus mejillas y contrastaba con el negro de su cabello. Se había dejado el pelo suelto y se había puesto una rosa como único adorno. En la mano llevaba, aparte del abanico, un pequeño ramo de rosas enviado una hora antes por lord Mendiola.

Leticia estaba segura de que lo había mandado él, aunque la tarjeta no contenía ningún mensaje.

Los ojos le brillaron de entusiasmo conforme entraba en el salón. Con disgusto, vio que Mendiola ya estaba allí sentado junto a su tía. Leticia había bajado en cuanto la criada le avisó de la llegada de lord Mendiola, precisamente porque no había deseado hacerlo esperar. Por la seriedad de su expresión, no obstante, era obvio que llevaba varios minutos en la casa. Leticia tuvo la sospecha de que su tía había ordenado deliberadamente a los sirvientes que demoraran el aviso.

—Le aseguro, señora, que es una fiesta respetable —estaba diciendo lord Mendiola mientras ella entraba—, regentada por uno de los principales pares del reino.

—Sea como sea, lord Mendiola, no conozco a ninguno de esos «pares del reino», de modo que ignoro su grado de respetabilidad. He oído hablar de las fechorías de los llamados «nobles», y no son algo que en América consideremos decoroso. Me refiero a cosas como el Club Hellfire, antros de juego, casas de...

— ¡Señora Ward! —lord Mendiola parecía escandalizado—. ¿No creerá que voy a llevar a su sobrina a alguno de esos sitios?

—Pues qué lástima —terció Leticia alegremente—. Debo decir que a mí me parecen fascinantes.

— Señorita Ward — Mendiola se levantó de un salto, con una expresión de visible alivio.

— Buenas noches.

—Está usted... increíblemente hermosa —los ojos grises de Mendiola brillaron a la luz de las velas mientras recorrían el cuerpo de Leticia

—. Me temo que todas las bellezas de Londres— van a palidecer a su lado. Ella dejó escapar una risita.

—Un cumplido precioso, señor mío, aunque no soy tan ingenua como para creérmelo —Se giró hacia Irmita—. Buenas noches, tía. Voy a arrebatarte a tu víctima.

— ¡Víctima! —tía Irmita puso expresión ofendida—. Simplemente estaba velando por los intereses de mi sobrina.

— Su tía es una mujer muy cuidadosa —comentó Mendiola educadamente—. Solo hace lo adecuado.

Leticia esbozó una sonrisa burlona.

—Ya ves, tía Irmita, lo cortés que es el caballero.

Una criada le llevó su chal de cachemira, que Mendiola le echó por los hombros con absoluta corrección. El tacto de sus dedos en los brazos desnudos le produjo a Leticia un súbito hormigueo, que se acentuó cuando él se inclinó para murmurarle en el oído:

—Me parece una lástima tapar tanta belleza.

— Sí, es un vestido bonito.

— No me refería al vestido —los ojos de Mendiola descendieron hasta la generosa curva de sus senos.

Leticia se tapó ciñéndose aún más el chal.

—Creo que ya es hora de irnos —dijo forzadamente

— Buenas noches, tía.

Lord Mendiola se inclinó para saludar a Irmita, y ambos salieron de la sala.

Una vez en la calle, Mendiola ayudó a Leticia a subir en el mismo coche que la había llevado a casa aquella tarde.

—Empezaba a temer que su tía me interrogase sobre mis intenciones con respecto a usted.

—Y lo habría hecho de tener el tiempo necesario. Aunque lo que más le preocupaba era la malignidad del lugar al que piensa llevarme. Tía Irmita conoce muchas historias sobre chicas inocentes perdidas en la Babilonia de Londres.

—No lo dudo. Lo que me extrañó fue que estuviera tan dispuesta a creerme capaz de llevarla a semejantes sitios.

—Eso tiene fácil explicación —repuso Leticia con un rictus travieso—. Para ella, los ingleses tienen inclinación a la perversidad. Sobre todo, los nobles ingleses, quienes, por lo visto, dedican gran parte de su tiempo a secuestrar o seducir a doncellas inocentes.

—¿De veras? Sospecho que secuestrarla a usted sería una experiencia agotadora, de modo que me conformaré con seducirla —la sensual boca de Mendiola se arqueó en una sonrisa que hizo que a Leticia se le acelerase el pulso. -¿Ah, sí? Me temo que esa experiencia podría resultarle igual de agotadora.

Oh, no —los ojos de él brillaron en la penumbra del coche—. Costosa, quizá, pero nunca agotadora, se lo garantizo. Leticia se notó la boca seca y tuvo que apartar la mirada. Miró por la ventanilla mientras trataba de organizar sus pensamientos. ¿Por qué aquel hombre ejercía un efecto tan extraño sobre ella?

El coche se detuvo por fin delante de una casa resplandecientemente iluminada. Mendiola y Leticia se apearon del coche y recorrieron la alfombra roja de los escalones de la entrada, hasta las enormes puertas dobles custodiadas por dos criados. A continuación, entraron en un vestíbulo que era, en todos los aspectos, grandioso. El suelo era de losas de mármol negras y blancas. En el fondo, se alzaba una escalera doble con balaustradas de caoba decoradas con ramos de flores blancas. En el techo relucían dos enormes lámparas de araña.

— ¿Dónde estamos? —inquirió Leticia mientras contemplaba la habitación con una desacostumbrada sensación de asombro.

—La casa pertenece al duque de Moncourt —Mendiola señaló un enorme cuadro que ocupaba un lugar preferente en una de las paredes—.

Ese es el caballo favorito del Duque. Por lo visto, ordenó al artista que el retrato del caballo fuese dos veces mayor que el de su esposa.

—Qué hombre tan extraño — Leticia se fijó en los invitados que subían por la lujosa escalera, para ser recibidos por una elegante pareja situada en la parte superior. La mujer iba vestida de negro, con diamantes alrededor del cuello y en las muñecas.

Leticia comprendió que había tenido razón al suponer que las demás damas irían vestidas con más elegancia que ella. Abundaban los vestidos de satén, encaje y terciopelo, confeccionados por los modistos más renombrados de Londres.

Por esa misma razón se sorprendió al comprobar, mientras entraban en la inmensa sala de baile, que casi todas las miradas se centraban en ella. Al principio, estaba demasiado distraída, observando las paredes llenas de espejos y dorados, como para reparar en los cuchicheos y las miradas sesgadas. Pero, finalmente, se dio cuenta.

—Lord Mendiola —susurró—. ¿Qué sucede?

—¿A qué se refiere? —él la miró con educada curiosidad.

— No me diga que no se ha dado cuenta. Todo el mundo nos mira. Y están cuchicheando.

—Me extraña que no esté acostumbrada a eso. Suele ser el sino de las jóvenes hermosas.

No sea obtuso. Tengo el mismo aspecto de siempre y, normalmente, no suelo llamar tanto la atención.

Él sonrió.

Aunque no lo crea, señorita Ward, es usted extraordinariamente atractiva —miró su suave tez, sus brillantes ojos castaños, la lustrosa mata cabello negro que caía en forma de rizos sobre el esbelto cuello.

— Pero aquí hay muchas mujeres más guapas yo.

— Sí, pero ninguna tan... llamativa.

Bobadas —replicó Leticia con brusquedad

—. En realidad, creo que lo miran a usted.

—No suelo asistir a este tipo de fiestas — admitió Mendiola—. La sociedad londinense es una charca tan estancada, que hasta un hecho tan insignificante como es mi aparición en público agita sus aguas. Y más si aparezco en compañía de una atractiva desconocida.

— Ah. Ya entiendo.

¡Fernando! —llamó una profunda voz masculina. Se giraron para ver a un corpulento caballero que se dirigía hacia ellos, con una frágil belleza del brazo—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? Oh, les ruego me perdonen, señorita, Carolina —saludó a Leticia inclinando la cabeza y luego miró a su acompañante, quien sonrió con gracilidad, obviamente acostumbrada al desenfreno verbal del caballero.

—Hola, Omar —contestó Mendiola—. Recibí una invitación, así que se me ocurrió venir.

— No es muy propio de ti, viejo amigo respondió Omar animadamente — Todo el mundo se está preguntando qué te ha impulsado a salir esta noche. Y quién es tu hermosa acompañante.

—Nunca deja de sorprenderme lo mucho que interesan a los demás mis idas y venidas, sobre todo teniendo en cuenta que no conozco a la mitad de los presentes.

— Suele ocurrir cuando se es un soltero codiciado —Omar se encogió de hombros—. A mí llevan años intentando echarme el lazo, y eso que solo soy barón.

—Ah —la rubia que lo acompañaba sonrió, dirigiendo a Mendiola una mirada cargada de intención—. Pero eres un hombre encantador, Carvajal, y eso te da ventaja sobre los demás.

—Me hieres en el corazón, Carolina —dijo Mendiola con expresión dolida—. Lo siento. Me gustaría presentaros a la señorita Leticia Ward. Es de Estados Unidos y está de visita en Londres. Señorita Ward, le presento a lord Carvajal y a su prima, la señorita Carolina Falcourt.

—¿Qué tal está? —saludó Carolina a Leticia, sonriendo.

—Así que americana, ¿eh? —dijo lord Carvajal con afable asombro—. Encantado de conocerla. ¿Cómo es que conoce a Mendiola?

Es una amiga de la familia —respondió tranquilamente antes de que Leticia pudiera explicar la relación existente entre ambos. Lo miró con extrañeza, pero no dijo nada. Al cabo de unos minutos, cuando la pareja se hubo alejado, Leticia se giró hacia él con las cejas enarcadas.

¿Una amiga de la familia? ¿Teme que lo rechacen por relacionarse con una mujer de negocios?

-Dado que rara vez busco la compañía de nadie, la idea de que me rechacen apenas me preocupa —repuso Mendiola—. Solo trataba de protegerla de posibles habladurías.

-Oh. Lo siento mucho.

-¿Una disculpa? Me asombra usted — Mendiola le ofreció el brazo—. ¿Damos una vuelta para que todos tengan la oportunidad de vernos bien?

Leticia sonrió.

- De acuerdo.

Apenas habían avanzado unos cuantos pasos cuando un hombre se separó de un grupo y se dirigió hacia ellos, casi a la carrera. Se detuvo bruscamente y se quedó mirando a Leticia. Por un instante, pareció ponerse pálido. Siguió mirándola unos segundos, luego respiró hondo y recuperó el color.

— Lord Mendiola —dijo con voz tensa—. Lo siento. Me ha... sorprendido verlo.

—Lord Villaroel —Mendiola inclinó levemente la cabeza, su rostro vacío de expresión. Leticia, al notar la tensión de su brazo, lo miró de soslayo. A Mendiola no le caía bien aquel hombre, intuyó.

Extrañada ante su repentino cambio de actitud, se fijó con interés en el desconocido. Era alto y esbelto, con los ojos color avellana y el pelo castaño claro, con las sienes plateadas. Sus facciones eran largas y angulosas.

— Señorita Ward, permítame presentarle al conde de Villaroel —siguió diciendo Mendiola con resignación—. Lord Villaroel, Leticia Ward.

—¿Cómo está? —Leticia asintió educadamente.

—¿Es usted americana? —inquirió Villaroel.

—Sí.

—Qué interesante. Me ha parecido notarlo en su acento. ¿Ha venido a visitar a algún pariente?

—No. No tengo familia en Inglaterra —contestó Leticia, descubriendo que no tenía ningún deseo de hablarle de sí misma—. Viajo con mi madre y con mi tía.

—Ah, comprendo. Espero que esté disfrutando de su estancia aquí.

—Sí, mucho. Gracias.

—No sabía que conociera usted a nadie de Estados Unidos, Mendiola —prosiguió Villaroel.

—Tengo muchos conocidos de los que usted no tiene constancia, lord Villaroel.

—Sí, sin duda —Villaroel se inclinó para saludarlos—. Buenas noches. Ha sido un placer conocerla, señorita Ward. Espero que volvamos a coincidir —dicho esto, se dio media vuelta y se alejó.

Leticia se giró hacia su acompañante.

—¿Por qué no le cae bien ese hombre? Mendiola la miró fríamente.

—¿Villaroel? ¿Por qué lo dice?

—Soy una ignorante con respecto a la conducta de la nobleza inglesa, pero he advertido la frialdad con que lo ha tratado.

Mendiola se encogió de hombros.

—No somos amigos —dijo cuidadosamente—. Ni tampoco enemigos. Simplemente, no nos interesa fomentar nuestra relación. Bueno, ¿le apetece bailar?

Leticia sabía que debía de haber algo más, pero se dejó llevar hasta la pista de baile sin protestar. El vals dio comienzo y empezaron a bailar. A Leticia le resultó muy excitante estar tan cerca de él, contemplando fijamente sus ojos, a pocos centímetros de los suyos, sentir el calor de su mano en la cintura, como si en cualquier momento Mendiola fuese a apretarla fuertemente contra sí.

Se preguntó qué sentiría con respecto a ella.

No era un detalle que le preocupase normalmente. Era consciente de su propia valía y, aunque los hombres solían sentirse atraídos por su belleza física, a Leticia no le preocupaba que se sintieran igualmente disgustados con su inteligencia y su desparpajo.

Después del vals, Mendiola la llevó al piso de abajo, donde se servía una cena informal. Leticia se sentó en una silla, junto a la pared, mientras él iba en busca de los platos de comida, como era costumbre en la etiqueta inglesa, por mucho que a ella le pareciera una estupidez.

Mientras permanecía sentada, contemplando distraídamente a la gente de la enorme sala, reparó en una mujer que la observaba desde lejos. Era menuda, casi delicada, y tal imagen resultaba acentuada por el vaporoso vestido de gasa que llevaba. También era muy hermosa, de tez clara y cabello rubio dorado. Leticia se preguntó quién sería y por qué estaría tan interesada en ella.

La mujer dirigió una rápida mirada hacia las mesas del bufé, donde permanecía Mendiola, y después se acercó a Leticia. Esta vio, mientras se aproximaba, que era mayor de lo que había supuesto.

—Veo que Mendiola la ha engatusado —dijo la mujer sin preámbulos.

—Perdón, ¿cómo dice? —Leticia la miró sorprendida.

—Dicen que es usted americana —prosiguió la mujer, sin prestarle atención.

— Sí, lo soy. ¿Por qué lo...?

—Entonces, obviamente, no conoce usted su reputación.

—¿Se refiere a lord Mendiola?

— Naturalmente —respondió la mujer con impaciencia—. Las madres siempre vigilan a sus hijas cuando Fernando anda cerca.

Debía de conocerlo bien si lo llamaba por su nombre de pila, dedujo Leticia. Los británicos eran asombrosamente estrictos con tales detalles.

—Y sus motivos tienen —prosiguió la mujer, sus ojos azules fríos como la nieve.

—¿Y qué motivos son esos? —inquirió Leticia, igualando el tono gélido de su interlocutora.

—Ah, ya veo que la hechizado con sus encantos —respondió la mujer con una sonrisa sesgada—. Créame, es célebre por sus conquistas.

—En ese caso, me sorprende que sea tan bien recibido en sociedad.

—El dinero y un título suelen bastar para compensar todos los pecados.

—Lady Pencross.

Ambas se giraron hacia la voz masculina que sé oyó a pocos pasos de ellas. Era lord Mendiola, y tenía los ojos fijos en la interlocutora de Leticia. Su semblante no dejaba translucir emoción alguna, pero su tono era inflexible como el acero. Leticia notó un escalofrío en la espina dorsal.

— Fernando— lady Pencross abrió los ojos afectadamente y su boca se arqueó hacia abajo—. No pareces muy contento de verme.

— Dudo que eso te sorprenda —replicó Mendiola con sarcasmo—. Estoy seguro de que tienes asuntos en otra parte, ¿me equivoco?

Leticia contuvo la respiración ante aquella abierta muestra de descortesía. Los ojos de la rubia centellearon con rabia y, por un instante, Leticia temió que replicase con algún comentario viperino, pero simplemente sonrió y se marchó.

—¿Otra persona cuya amistad no le interesa cultivar? —inquirió Leticia con desenfado.

Mendiola, que se había girado para ver cómo la rubia se marchaba, miró de nuevo a Leticia. Sus ojos parecían sombríos, su semblante surcado de amargas líneas. Finalmente, se relajó y emitió una breve risita.

—Sí. Lady Pencross y yo ya hemos «cultivado» demasiado nuestra amistad.

Leticia sintió curiosidad por saber a qué se debía aquella enemistad entre Mendiola y la mujer, pero él no abundó en el asunto. Simplemente, se sentó junto a Leticia y le pasó su plato.

—Espero no haberle hecho esperar mucho.

— No, me han amenizado bien la espera. Mendiola la miró con seriedad.

—¿Le ha molestado lady Pencross?

—No. Solo parecía preocupada por el peligro que corre mi honra en tu compañía.

Él emitió una risotada carente de humor.

— Créeme, a esa mujer no le preocupa la honra de nadie, y menos la suya propia. Yo no le daría demasiada importancia a lo que diga lady Pencross.

— No se la daré. Pero soy capaz de decidir ese tipo de cosas por mí misma. Mendiola la miró con ojos risueños.

—Por supuesto. ¿Cómo he podido olvidarlo?

Mientras comían, se entretuvieron hablando de la diversa gente que los rodeaba. Mendiola conocía a la mayoría, y los describió con un ácido sarcasmo que arrancó más de una risa a Leticia.

—Qué duro es con sus semejantes. Él se encogió de hombros.

— Soy un simple novato comparado con muchos de ellos. La perversidad y la ironía son la sal de la vida —dejó a un lado los platos — ¿Preparada para seguir bailando?

— Desde luego. Será mucho más divertido observar a la gente ahora que conozco todos sus secretos.

— Apenas hemos arañado la superficie, mi querida muchachita.

Cuando hubieron subido las escaleras, lord Mendiola la condujo súbitamente hacia un rincón envuelto en sombras. Leticia lo miró, buscando sus ojos, y se quedó sin respiración. ¿Acaso pretendía besarla?

Él sonrió levemente mientras le acariciaba la mejilla con los nudillos.

—Me intriga usted, señorita Ward.

—¿De veras? —Leticia luchó para mantener un tono desenfadado, a pesar de que su caricia había hecho que se le acelerara el pulso—. ¿Y siempre hace esto con las mujeres que le intrigan, lord Mendiola? ¿Las lleva a rincones oscuros situados en pasillos desiertos?

—Es usted libre de irse cuando le plazca. Yo no la estoy reteniendo aquí.

Ella notó que las mejillas le ardían. Pero no se movió de donde estaba.

Una sonrisa asomó a los labios de Mendiola. Le deslizó una mano hasta la nuca. Leticia observó, con el corazón desbocado, cómo se inclinaba hacia ella. Sus labios eran cálidos y suaves, y ella tembló un poco al experimentar aquella sensación nueva, hasta entonces desconocida. Las rodillas se le aflojaron, de modo que tuvo que agarrarse a las solapas de Mendiola para tenerse en pie. Él le exploró la boca con la lengua, arrancándole un jadeo, y bajó las manos hasta la carne redonda de sus nalgas, alzándola para apretarla contra sí. Leticia notó el contacto de su deseo, duro e insistente, y se sintió aún más excitada.

Finalmente, Mendiola alzó la cabeza para mirarla, sus ojos resplandeciendo en la penumbra.

— ¡Dios santo! No fue mi intención...

Leticia se quedó mirándolo, momentáneamente sin habla. Sus pensamientos giraban en un torbellino de sensaciones.

—Aquí no tenemos intimidad —prosiguió él mirando por encima del hombro — No quiero que seamos pasto de murmuraciones.

—¿Y qué es lo que quieres? —inquirió Leticia tuteándolo.

La sensual sonrisa de Mendiola fue una respuesta más que elocuente.

—Tú ya debes de saber lo que quiero.

—Tengo cierta idea —Leticia pugnó por recobrar el dominio de sí misma. Sí, sabía lo que él deseaba. Ese mismo deseo latía en sus propias venas. Conservar la virginidad nunca le había planteado dificultades anteriormente. De hecho, jamás se había sentido tentada de entregarla. Pero ahora, por primera vez, tuvo que esforzarse para hacer lo correcto—. E intuyo que tus intenciones no son honorables.

Mendiola sonrió sardónicamente.

—Mis intenciones, querida, pocas veces suelen ser honorables.

—He oído que tienes... mala reputación.

—Dicho de forma suave —Mendiola cruzó los brazos—. En realidad, se me tiene por un sin vergüenza mujeriego.

—¿Tienes por costumbre seducir a las jovencitas? —inquirió Leticia, poniéndose rígida ¿Era posible que hiciese vilmente presa en doncellas inocentes? ¿Que sedujera a muchachas vulnerables, encandilándolas con su apostura y su fortuna?

—No, en absoluto. Por lo general, las primerizas me aburren. A muchas madres les en canta creer que codicio la virginidad de sus hijas, pero dicha virginidad no suele interesarme Tampoco me interesa valerme de engaños para meter a una mujer en mi lecho.

—Entonces, ¿qué es lo que buscas, si puedo preguntarlo?

—Una noche de placer con una mujer que sabe lo que quiere.

—Ya veo. Y supongo que el amor no entra en tus planes.

Los labios de él se arquearon levemente.

—Solo los jóvenes y los necios creen en el amor, y yo ya he dejado de ser ambas cosas.

—Comprendo —dijo Leticia. Sus palabras reflejaban amargura, no indiferencia. Eran las palabras de un hombre que había sufrido un desengaño en el terreno amoroso—. ¿De modo que me ofreces una breve aventura sin amor? Debo decir que la oferta parece difícil de rechazar.

—Tienes facilidad de palabra. Pero yo no lo definiría así — Mendiola le tomó la mano—. Llamémosle, mejor, un momento de pasión. Un intercambio de placeres entre personas adultas, que con suerte, no tiene por qué ser breve. Leticia agachó la mirada y se alisó la falda del vestido.

—Me temo que te has equivocado conmigo.

—¿Vas a decirme que eres una tímida doncella al uso? —preguntó él con cierto deje de humor— Querida, acabo de besarte. Me temo que debo discrepar.

Ella alzó la vista para mirarlo con su habitual franqueza.

— Sería una tonta si negara lo que he sentido. Y me doy cuenta de que soy una mujer atípica en muchos aspectos. Tampoco soy ninguna cría. Tengo veinticuatro años y estoy acostumbrada a tomar decisiones.

—Eso me consta.

—Sin embargo, creo que lo que tú buscas es una mujer con experiencia.

Los ojos de él parecieron inflamarse de pronto.

—¿Y tú no la tienes?

—No la clase de experiencia que tú necesitas.

—Perdóname. Había pensado que... cuando te besé...

Leticia se ruborizó.

—Lamento haberte decepcionado.

Él esbozó una sonrisa lenta.

— Oh, no, no me has decepcionado. Pero ahora comprendo que me precipité —le tomó la mano y se la acercó formalmente a los labios—. Querida señorita Ward, perdone mis impertinencias. Veo que tendremos que tomarnos nuestro tiempo.

—¿De modo que te has propuesto seducirme? —inquirió Leticia con curiosidad.

—Si te refieres a valerme de engaños para llevarte a mi lecho, no — Mendiola le besó la yema de cada dedo mientras seguía hablando—. Pero sí estoy dispuesto a proporcionarte la información que necesitas para tomar una decisión. Estoy seguro de que, como mujer de negocios, apreciarás la diferencia.

Leticia emitió una carcajada.

—Es usted astuto, señor mío. Pero me temo que vivimos en mundos diferentes. Verás, yo creo en el amor. Sin él, la pasión es un placer vacío.

—Creo que tendremos tiempo de sobra para discutir sobre eso —dijo Mendiola con una sensual sonrisa—. Entretanto, quizá sea mejor que regresemos a la fiesta —le ofreció el brazo y ambos recorrieron el pasillo hasta la sala de baile. Nada más entrar, los ojos de Mendiola se iluminaron al ver a un grupo de gente—. Ah, ahí está —dijo sonriendo con satisfacción.

—¿Quién? —Leticia siguió con curiosidad la dirección de su mirada.

— Ven, quiero que conozcas a la Condesa. Es una buena amiga mía. Su nieto y yo fuimos compañeros en el colegio. Solía ir a su casa con asiduidad. La Condesa siempre fue para mí como... una madre. O como una abuela.

—¡Mendiola! —dijo la Condesa, vestida con un elegante vestido gris y plata, al verlo acercarse—. Cuánto me alegro de verte —extendió las manos hacia él—. No esperaba verte aquí. Mendiola se aproximó a ella, tomando sus manos para besarlas.

—Señora. Yo, en cambio, sí había esperado encontrarla en la fiesta. Hay alguien a quien me gustaría presentarle —se apartó y alargó una mano hacia Leticia. Esta dio un paso adelante

-. Condesa, permítame que le presente a...

La Condesa miró a Leticia y, repentinamente, el color abandonó sus mejillas.

¡Juliette! —exclamó antes de desplomarse en el suelo.


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