Hola chicas:) despus de mucho tiempo por fin puedo poner aqui nuevo FF
(gracias a nuestra querida Myn) espero que les gusta y disfruten mucho. besos
a todas!
La nueva asociada de lord Mendiola no era en absoluto cono él había esperado.
Hermosa y descarada, Leticia Ward era también el vivo retrato de una mujer a la que se creía muerta desde hacía tiempo.
Recién llegada de América, Leticia encontró en Londres un mundo nuevo, extraño y lleno de peligros. Su aparición en público, del brazo de lord Mendiola, conmocionó a la sociedad londinense y dio pie a murmuraciones. ¿Era una farsante, que ambicionaba la fortuna de la fallecida, o una inocente atrapada en circunstancia que no comprendía?
Alguien conocía la verdad. Alguien que no deseaba que Leticia supiera demasiado. Y solo lord Mendiola podía ayudarla, pero ¿ a qué precio?
Prólogo
París, 1789
Lady Chillón retiró las cortinas de la ventana del dormitorio y se asomó a la oscuridad de la noche. Se estremeció al ver a lo lejos el resplandor de las antorchas. Era el populacho. Estaba segura de ello. Había oído sus alaridos el día anterior, los había visto avanzando por las calles como una enorme y amorfa bestia ávida de sangre.
Se alejó de la ventana, entrelazando las manos nerviosamente. Erasmo, su esposo, estaba convencido de que su familia no corría ningún peligro, pero Juliette tenía sus dudas. Al fin y al cabo, ella era francesa y pertenecía a la aristocracia que el populacho se había propuesto aniquilar, el hecho de que estuviera casada con un inglés no suponía ninguna garantía.
Juliette pensó en los niños. ¿Qué sería de sus pequeños si los sansculottes acudían a la casa? Por un momento permaneció en pie, indecisa. Era una mujer muy hermosa, con grandes ojos castaños y una lustrosa mata de cabello negro. No obstante, su fina tez se hallaba pálida como la cera y tenía los enormes ojos desorbitados por el miedo.
Finalmente, con un leve sollozo, Juliette se acercó a la cómoda y sacó el joyero. A continuación, extrajo rápidamente el contenido y lo guardó en una bolsa de terciopelo.
Su amiga era de fiar; al fin y al cabo, iba a confiarle el bienestar de sus propios hijos. Más tarde, si sobrevivía, Juliette se reuniría de nuevo con todos ellos.
Abrió el falso fondo del joyero y sacó tres pequeños objetos. Si bien poseían un valor relativo, para ella eran los más preciados, pues pertenecían a sus hijos. Se trataba de dos medallones con sendos retratos en miniatura de ella y de Erasmo. La Condesa se los había regalado a las niñas en las Navidades del año anterior. El tercer objeto era un enorme anillo de extraño diseño, sujeto a una cadena de oro. Tenía cientos de años de antigüedad, pues era el anillo de los condes de Villaroel. Únicamente los herederos del título podían llevarlo. Ahora pertenecía a Erasmo, aunque este no solía ponérselo. Algún día, pasaría a su hijo.
Juliette se dirigió hacia el escritorio, extrajo la pluma del tintero y procedió a escribir una nota. Nunca se le había dado bien redactar cartas, y la nota le quedó deshilvanada y casi ilegible. Aun así, serviría para que el Conde y la Condesa supieran lo que había sucedido. Una vez terminada, la metió en la bolsa con las joyas.
Juliette salió del dormitorio y bajó hasta el cuarto de los niños. Abajo, pudo oír la voz de Erasmo, impaciente mientras trataba de explicar a sus suegros por qué debían abandonar París lo antes posible. Juliette meneó la cabeza. Sus padres aún parecían incapaces de reaccionar ante el cataclismo que había vuelto su mundo del revés. Paralizados por el miedo, se limitaban a mantener una actitud pasiva y a dar negativas. Pero Juliette y Erasmo no podían dejarlos atrás. De hecho, por eso no se habían marchado todavía. Pero Juliette se negaba a permitir que sus hijos muriesen por culpa de la testarudez de sus padres.
Por eso pretendía enviar a los niños lejos. Confiaría sus vidas a su más querida amiga, que partiría hacia la seguridad de Inglaterra al día siguiente. Las joyas servirían para cubrir los gastos, si era necesario. Más tarde, si ella no conseguía sobrevivir, dichas joyas habrían sido, al menos, el último regalo que pudo hacerles a sus hijos.
Juliette se enjugó las lágrimas. No quería que los niños la vieran llorar, de modo que esbozó una sonrisa antes de entrar en el cuarto. La niñera ya estaba acostándolos, pero Juliette le indicó que se retirara, anunciando que ella misma se encargaría de meterlos en la cama.
Al contemplarlos, notó que se le formaba un nudo en la garganta. El mayor era John, de siete años, un robusto niño moreno de sonrisa traviesa y encanto natural irresistible. Juliette se inclinó para besarle la frente y luego se acercó a Marie Anne, la mediana. Marie Anne poseía los ojos azules e inocentes de su padre y una melena pelirroja que, al principio, sorprendió a sus padres, puesto que Erasmo era rubio y Juliette tenía el pelo negro. Pero la Condesa había explicado que era habitual que entre los Montford naciera alguien pelirrojo de vez en cuando.
Juliette tuvo que tragar saliva conforme se acercaba a Leticia, la pequeña. Con sus dos añitos, era una delicia. Alegre y regordeta, siempre estaba riendo o balbuceando. Era clavada a Juliette cuando tenía esa edad, con sus rizos negros, sus vivarachos ojos castaños y sus risitas contagiosas. Juliette tomó a Leticia en brazos y la apretó contra sí. A continuación, se sentó en el suelo con el resto de los niños.
—Vengo a deciros que os vais de viaje — dijo animadamente, esperando no revelar su inquietud—. Iréis a Inglaterra a ver al abuelo y a la abuela.
Les habló de su amiga, a quien ellos conocían y apreciaban, y les explicó que Erasmo y ella se reunirían con ellos más tarde. Aunque hablaba con los niños en francés normalmente, esta vez lo hizo en inglés.
—Deberéis hablar solo en inglés —les advirtió—, y no en francés, porque os haréis pasar por hijos suyos. ¿No os parece divertido?
John la miró solemnemente.
—Es por el populacho, ¿verdad?
— Sí —admitió Juliette—. Por eso os envío con ella. Es menos peligroso. Cuida de las niñas, John, y procura que no se metan en problemas. No las dejes hablar en francés, ni siquiera cuando estéis solos. ¿Puedo confiar en ti?
—Cuidaré de ellas —asintió el pequeño.
— Bien. Ese es mi hombrecito. Ahora, os daré algunas cosas que tendréis que llevar. No os las quitéis nunca.
Juliette le colocó a John la cadena con el anillo, introduciéndola debajo de la camisa para que no se viera. Luego hizo lo propio con las niñas, ocultando los medallones bajo el cuello de sus vestidos. Los pequeños llevaban puestos sus trajes más sencillos, los que solían ponerse para jugar. Era lo mejor que podía hacer, se dijo Juliette, para ocultar sus orígenes aristocráticos. Rápidamente, colocó algunas prendas más en sus pequeñas capas y las ató para que formaran hatillos.
—Ahora debemos bajar las escaleras sin hacer ruido—les dijo.
—¿Podemos despedirnos de papá? —preguntó Marie Anne con expresión angustiada.
—No, está hablando con los abuelos. No debemos molestarles.
Juliette sabía que Erasmo se pondría furioso con ella, pero era mejor así. Su esposo podría prohibir aquel viaje, pensando que los niños estarían más seguros a su lado.
— Ahora, niños, agarrad los hatillos y no os separéis de mí, pase lo que pase. Seremos silenciosos como ratoncitos.
John y Marie Anne asintieron, aunque Juliette percibió la incertidumbre de su expresión. Salieron en silencio del cuarto y bajaron de puntillas las escaleras. Juliette los condujo a la puerta lateral de la casa. Una vez allí, hizo una pausa, con la mano en el pomo, y respiró hondo. John y Marie Anne permanecían aferrados a su falda.
Finalmente, Juliette abrió la puerta y se internó con sus hijos en la noche.
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