Friday, July 1, 2011

Aura de Misterio- capitulo 2


—¡No! —repitió Leticia, horrorizada por lo que había estado a punto de hacer. Se retiró de lord Mendiola, adentrándose en la habitación mientras intentaba recobrar el aliento—. ¿Qué... qué tonterías está diciendo?

Él la siguió, pero no volvió a tocarla, como ella había temido. Leticia se fijó en la estancia. Por el escritorio y las estanterías repletas de libros, la identificó como el estudio de lord Mendiola. En una de las paredes había colgados un rifle y una espada. Más allá, en el rincón, descansaba una extraña armadura de cota de malla con placas metálicas en la pechera y el cuello rodeado de una banda de terciopelo rojo.

¿Es una armadura hindú? —inquirió Leticia con sincero interés, acercándose para examinarla. Trató de no pensar en la sensación que le habían producido las manos de lord Mendiola sobre su piel.

Sí. Perteneció a un oficial del siglo pasado explicó él con absoluta calma, como si no hubiese ocurrido—. El rifle me lo regaló rajá.

-¿De veras?

Lord Mendiola asintió.

-Casualmente lo acompañaba en una cacería y maté a un tigre que estuvo a punto de devorarlo. Me dio el rifle y algunas baratijas en señal de gratitud. En realidad, las baratijas resultaron ser zafiros y rubíes.

-Me toma el pelo.

-En absoluto. Vendí las joyas y compré mi primer terreno.

—¿Una plantación de té?

Mendiola asintió, sorprendido de estar hablándole de sus primeros años en la India. Poca gente sabía de sus experiencias en aquel país.

— Seguí invirtiendo en más terrenos, hasta que, finalmente, adquirí una finca que unía el resto de mi plantación con el mar. Tenía una preciosa playa de arena blanca. Un día, paseando, encontré una piedra redonda. Al recogerla, vi que no era como las demás piedras. Era un rubí en bruto.

—¿Y estaba allí, en la arena? —preguntó Leticia estupefacta.

—Sí. Tenía el tamaño de un soberano de oro, más o menos. Fue la mayor sorpresa de mi vida

—Mendiola sonrió, recordando el calor del sol sobre sus hombros, el rumor del oleaje, los latidos desbocados de su corazón mientras observaba la piedra—. En la playa había una veta. Procedí a explotarla y, de ese modo, la plantación de té se convirtió en mi segundo negocio.

—¿Así que posee una mina de rubíes?

—Eran zafiros, en su mayoría. Pero la vendí antes de regresar a Inglaterra. Conservé la plantación porque tenía un buen encargado. La mina, en cambio... Bueno, opino, igual que usted, que los negocios no pueden llevarse bien si uno no participa personalmente en ellos.

—Ha llevado una vida muy excitante —con razón, se dijo Leticia, lo rodeaba aquella aura de peligro.

Mendiola se encogió de hombros.

—En realidad, a mí no me pareció tan excitante en aquel entonces —se acercó a la caja fuerte y, tras abrirla, extrajo dos envoltorios de fina tela. Luego los colocó encima de la mesa y abrió el primero. Sobre el terciopelo descansaba un collar con hileras de diamantes y siete piezas independientes de oro esmaltado.

—Es precioso. Parece muy antiguo —Leticia se inclinó para verlo de cerca.

Sí. Se llama satratana. Cada una de las piezas representa un planeta en el sistema astrológico hindú.

Fascinante —murmuró ella—. Es una obra de arte preciosa.

Mendiola desdobló el otro envoltorio, mostrando un increíble collar de zafiros y diamantes, con un medallón en el centro.

¿Son de su mina? —inquirió Leticia.

Mendiola reprimió una sonrisa. Todas las mujeres que habían visto con anterioridad el collar habían reaccionado babeando, prácticamente, y colocándoselo en el cuello. Pero supuso que no debía sorprenderle que una mujer como la señorita Ward mostrara más interés en el origen de las joyas.

-Sí.

-¿Un regalo para su esposa, quizá?

—No estoy casado. Ni pienso regalarle este collar a nadie —contestó él con aspereza—. ¿Cree que, de estar casado, me habría insinuado a usted en mi propia casa? Debe de considerarme un ser muy rastrero.

Leticia se encogió de hombros.

—No le conozco, señor. Supuse que, si es de esos hombres capaces de aprovecharse de una mujer sola, el hecho de estar casado no le coartaría. No me parece que sea usted así, desde luego, aunque nunca conviene dar nada por supuesto.

Él hizo una mueca.

—Mmm —murmuró al tiempo que devolvía las joyas a la caja fuerte—. Nunca se muerde la lengua, ¿eh?

—Intento no hacerlo. ¿Y el rubí original? — preguntó Leticia, cambiando de tema — ¿Aún lo conserva?

—Sí. ¿Le gustaría verlo?

—Mucho. Si no le importa mostrármelo, claro.

Mendiola buscó de nuevo en la caja fuerte y sacó una pequeña bolsa. A continuación la abrió para extraer el rubí en bruto.

—Me temo que no es tan impresionante como el collar. No está cortado ni pulido. Lo dejé tal cual estaba.

Ella esbozó una sonrisa de aprobación.

— Yo habría hecho lo mismo.

Mendiola le pasó el rubí, y Leticia lo sostuvo en la palma de la mano, contemplándolo desde diferentes ángulos. Finalmente, se lo devolvió, y él volvió a guardarlo en la caja. Luego se giró hacia ella. Normalmente, no solía mostrar a las visitas más de lo que ya habían visto, y a veces ni siquiera eso. Pero sintió el súbito deseo de seguir enseñándole más cosas a Leticia. La tomó del brazo.

—Acompáñeme arriba. Le mostraré la sala hindú.

Subieron por la ancha y sinuosa escalera al piso de arriba. Mendiola la acompañó al interior de una habitación, y ella emitió un jadeo de placer. Toda la sala estaba dedicada a la India. En el suelo se extendía una alfombra color vino de estilo mogol. En las paredes, junto a otra espada había varios retratos realistas de hombres con indumentaria hindú. Una mesita baja de madera labrada, un cofre de bronce, y varios pedestales y estanterías contenían aún más tesoros. Leticia vio estatuas de animales diversos talladas en marfil y jade, así como figurillas de dioses, diosas y héroes hindúes.

- Son preciosas —musitó pasando el dedo por una de las estatuas—. ¿Y qué me dice de este cuchillo? —añadió mientras tomaba un pequeño cuchillo curvo con el puño en forma de tigre—. Resulta extraño que dotaran de tanta belleza a un arma concebida para la destrucción.

Mendiola la observó mientras contemplaba los numerosos objetos. Una luz interior parecía iluminar su rostro, haciéndolo aún más hermoso. Se preguntó si Leticia brillaría así, con ojos suaves y emocionados, mientras hacía el amor. Pensó, notando un súbito calor en el bajo vientre, que le gustaría descubrirlo.

Leticia soltó el cuchillo con un suspiro y miró entorno una vez más.

-Todos los objetos son exquisitos — a continuación, añadió sonriendo—: Le agradezco mucho que me haya dejado verlos, lord Mendiola.

—Ha sido un placer.

—Gracia— Debo irme ya. Mi tía y mi madre estarán esperándome.

¿Ha venido a Londres con ellas? —preguntó Mendiola mientras salían de la sala y bajaban por las escaleras.

— Sí. Mi madre se resistía a venir, pero no podía dejarla atrás. Y tía Irmita jamás me lo habría perdonado si hubiese venido sin ella. Además, hasta en América tenemos normas acerca de lo que una joven debe o no debe hacer. Normalmente, encuentro más fácil atenerme a dichas normas si viajo en compañía.

—Señorita Ward... —se dirigían ya hacia la puerta principal, y Mendiola se sintió súbitamente embargado por una extraña sensación de soledad—. ¿Querría acompañarme a...? Es decir, para mí sería un honor que me acompañase a un baile esta noche.

—¿Cómo? — Leticia se quedó mirándolo. Jamás se habría esperado semejante invitación de lord Mendiola.

—Le estoy pidiendo que venga a bailar conmigo.

— Pero yo... —Leticia se dio cuenta de que le apetecía mucho ir. No tenía un gran interés en la sociedad londinense, pero la idea de bailar con lord Mendiola le producía un cálido cosquilleo en el estómago—. Pero seguramente la anfitriona no verá con buenos ojos que se presente usted en la fiesta con una desconocida.

Una sonrisa cínica asomó a los labios de lord Mendiola.

Mi querida señorita Ward, ninguna anfitriona pondrá objeciones de ninguna clase, y siempre y cuando yo esté presente en su fiesta.

Cielos —repuso Leticia en tono burlón debe de ser maravilloso ser tan importante

Él emitió una breve risita.

Otra vez vuelve a considerarme arrogante. Le aseguro que no lo he dicho por eso. En las fiestas se codicia mi presencia por dos motivos – alzó la mano y extendió un dedo—. Primero,

Por que no suelo frecuentarlas. Segundo, porque soy un candidato ideal para el matrimonio, por mi título y mi fortuna. El hecho de que las anfitrionas apenas me conozcan o no simpaticen conmigo carece de importancia. De hecho, se me considera una especie de garbanzo negro. Pero ese detalle suele olvidarse por mor de mi fortuna.

Dios mío. No sé qué es peor, su arrogancia o su visión cínica del mundo —Leticia dudó un momento, y luego asintió — Muy bien, acepto.

Leticia se reclinó en el asiento acolchado del coche de lord Mendiola, con una leve sonrisa en los labios. Podía imaginar la cara que pondría su tía cuando le dijera que iba a asistir a un baile londinense con un lord. Tía Irmita, que había crecido en los años del conflicto de Norteamérica con Inglaterra, recelaba sobremanera de los ingleses. De hecho, había insistido en acompañar a Leticia a Londres para protegerla y ayudarla, pues, según sus palabras, su sobrina sería como «una oveja en medio de una manada de lobos»

Aunque, naturalmente, la antipatía de tía Irmita hacia los ingleses no era tan pronunciada como la de su madre, que se había opuesto firmemente al viaje. Leticia suspiró. No deseaba pensar en su madre en aquellos momentos. Prefería decidir qué traje iba a ponerse esa noche.

Cuando traspuso la puerta de la casa, sin embargo, tales pensamientos agradables se desvanecieron. Una de las criadas estaba en las escaleras, llorando, mientras otra intentaba consolarla. Sara Turner, la doncella de su madre, permanecía aparte, con las manos en las caderas y expresión de disgusto. En el piso de arriba se oyeron unos golpecitos, seguidos de la voz de tía Irmita.

—¿Rhea? ¿Rhea? ¡Déjame entrar!

— ¡Por el amor de Dios, muchacha, deja de lloriquear! —exclamó Sara Turner dirigiéndose a la criada—. Cualquiera diría que nadie te había reñido antes.

La única respuesta de la chica fue llorar aún más fuerte.

¡Pero nunca le habían tirado una tetera a la cabeza! Ella no tiene la culpa. La culpa es de ustedes y de sus brutos modales americanos.

¿ De qué modales estás hablando, Juana? Inquirió Leticia fríamente, Juana emitió un jadeo ahogado y se volvió rápidamente.

Oh, señorita, le ruego que me perdone. No era mi intención... —agachó la cabeza al ver la expresión inquisitiva de Leticia—. ¡Es que no estamos acostumbradas a recibir este trato!

Desde luego que no, si hay teteras volando por medio. Tal comportamiento tampoco está bien visto en Estados Unidos —Leticia giró hacia la dama de compañía—. ¿Sara? La señora Ward rechazó el té, señorita, y... no, lanzó la tetera por los aires. Pero estoy segura de que no era su intención darle a la chica Ya sabe que la señora Ward tiene muy mala puntería —Sara miró a la criada con severidad—. Y el té ni siquiera estaba caliente. No sé como se te ocurre servirle a la señora...

— Pero no debió arrojarle la tetera —dijo Leticia con un suspiro—. ¿Mi madre tiene otra racha de mal humor?

Sara asintió, suspirando.

— Sí. Se ha encerrado en su cuarto y no deja pasar a nadie.

—Está bien. Subiré a hablar con ella. Juana, lleva a Amanda a la cocina y dale una taza de té, a ver si se calma un poco. Estoy segura que mi madre no deseaba hacerle daño.

La criada asintió, rodeó a la otra chica con brazo y la condujo hacia la cocina. Leticia subió las escaleras, acompañada de Sara.

—Menos mal que has venido —exclamó Irmita al verla—. Rhea se ha encerrado y quiere salir. No sé cómo se le ocurre comportarse así delante de los ingleses.

—Me temo que eso le importa muy poco, tía Irmita. ¿Por qué no bajas a la sala de estar? Veré lo que puedo hacer. Ah, Sara, trae una taza de chocolate caliente. Puede que eso dé resultado.

Leticia aguardó hasta que las dos mujeres hubieron bajado y, tras un momento de silencio llamó a la puerta con suavidad.

—¿Madre? Soy yo, Leticia. ¿Puedo entrar?

—¿Leticia? ¿De verdad eres tú?

—Claro que sí, madre. ¿Por qué no abres la puerta, para que podamos hablar?

Al cabo de unos segundos, se oyó el sonido del pestillo y la puerta se abrió lo suficiente como para que Rhea asomara la cabeza. Al ver a su hija, su expresión pareció suavizarse.

— ¿Dónde te habías metido? —inquirió mientras la dejaba pasar.

—Tenía ciertas gestiones que hacer. Te lo dije esta mañana, ¿no lo recuerdas?

Rhea Ward asintió vagamente. ¿Por qué tienes puesto el sombrero? — preguntó con perplejidad.

Aún no he tenido tiempo de quitármelo — mira alzó la mano y se desató el lazo del sombrero—. Llegué hace unos minutos y subí directamente. Tía Irmita estaba muy preocupada por ti

Se fijó en el aspecto desaliñado de su madre, varios botones del vestido desabrochados cabello revuelto. Recordó el aspecto elegante e impecable que antaño solía lucir, y notó en la garganta un nudo de lágrimas. ¿Qué había sido de la persona dulce y gentil que ella conoció en la niñez? Aunque seguía siendo una mujer guapa, de mediana edad, su tez había empezado a arrugarse y mostraba una hinchazón poco saludable, patente también en su figura antes delgada. Su deterioro se debía, sin duda alma, a sus obsesivas preocupaciones y a su dependencia de las botellas de licor.

—¿Qué sucede, madre? ¿Por qué le cerraste la puerta?

Rhea Ward puso cara larga.

—Irmita siempre ha sido muy autoritaria. Se cree que el mundo no puede funcionar sin ella.

—Pero, ¿por qué le cerraste la puerta? No lo entiendo. ¿Fue Amanda grosera contigo?

—¿Amanda? ¿Quién es Amanda?

—La criada que te sirvió el té.

— ¡Ella! —Rhea frunció el ceño—. Siempre está entrando a hurtadillas. Espiándome.

— Seguro que Amanda no pretendía espiarte, madre. Solo te había traído el té.

— ¡Le dije que no quería té! Y ella me miró como si, de repente, me hubieran salido cuernos en la cabeza. Sara había ido por mi chocolate, que era lo que me apetecía —los ojos de Rhea empezaron a llenarse de lágrimas.

— Sí, querida, lo sé — Leticia la rodeó con el brazo—. Te traerá una taza enseguida.

¿Era posible que su madre hubiese estado bebiendo aquella mañana?, se preguntó. Había resultado muy difícil mantener el licor fuera de su alcance desde que llegaron a Londres, donde Rhea siempre podía encontrar algún golfillo o vendedor callejero dispuesto a hacerle llegar una botella a cambio de unos cuantos peniques extra.

Sin mediar palabra, Rhea se levantó, se acercó a la cómoda y abrió un cajón. Extrajo una pequeña caja de madera de cerezo del interior y la acarició. A continuación, volvió a sentarse, con la caja fuertemente apretada en el regazo.

Leticia reprimió un suspiro. La obsesión de su madre con aquella caja había empeorado en cosa de semanas. Siempre había poseído la caja, desde que Leticia podía recordar. Jamás la abría y siempre llevaba la llave colgada al cuello en una fina cadena de oro. Nadie, ni siquiera tía, sabía qué había dentro, pues Rhea se negaba tajantemente a hablar del asunto. ¿ Qué es lo que te angustia tanto, madre? preguntó Leticia tomando la mano de su madre ¡ No me gusta estar aquí! —Rhea retiró la mano y volvió a colocarla sobre la pequeña caja de madera

— Hace mucho frío y la gente es no me gusta. Nadie del servicio me gusta.

Simplemente, tienen una forma distinta de hacer las cosas. Y aún nos quedan muchos sitios maravillosos que ver. Stonehenge, Stratford— Avon, Escocia... Seguro que te encantarán.

Ya estoy aquí, señora Rhea —Sara entró en el cuarto con una pequeña bandeja en las manos.

Le traigo el chocolate.

Con regocijo, Rhea se giró hacia la doncella y alargó la mano hacia la taza de humeante chocolate.

Leticia decidió dejar a su madre en las capacitadas manos de Sara y bajó a la sala de estar, donde su tía trabajaba cómodamente en uno de sus bordados.

- Hola, querida. Parece que has tenido éxito.

-Conseguí que me abriera la puerta, si a eso se le puede llamar éxito —Leticia se sentó al lado de su tía—. Oh, tía, creo que he cometido un terrible error trayendo aquí a mi madre. Quizá debí dejarla en casa.

— Oh, no, querida, se habría sentido muy sola.

—No sé. No quería venir. Pero pensé que estaría mejor conmigo.

—Y así es. Conviene tenerla... vigilada. Imagínate lo preocupada que te habrías sentido de haberla dejado en casa, sin saber nada de ella durante tanto tiempo.

— ¡Pero está mucho peor! — Leticia se levantó y empezó a pasearse—. He sido una egoísta. Quería ver Inglaterra, visitar todos los lugares de los que tanto había oído hablar. Estaba segura de que sería bueno para nuestro negocio.

—Y lo ha sido, ¿no?

—Creo que sí. Y no negaré que lo he pasado muy bien. Pero mi madre se está comportando de una forma tan extraña... ¿Sabes que anoche me miró como si no me reconociera? Y hoy le ha tirado la tetera a esa pobre chica. Da igual que el té estuviera frío o que ella prefiriera chocolate. No deja de ser una conducta rara para una mujer de su edad.

Tía Irmita dejó escapar un suspiro.

— Sí, tienes razón.

—Además, no es ninguna ignorante que se haya criado en el campo. ¡Estuvo casada con un diplomático, por Dios santo!

—Lo sé. Y desempeñaba su labor de manera excelente. Rhea siempre hizo gala de una habilidad especial para relacionarse con la gente. Tenía sus momentos de melancolía, desde luego pero normalmente solía ser una persona alegre y despierta.

—¿Y qué le ha pasado? —inquirió Leticia abatida.

Su tía meneó la cabeza.

—No lo sé, querida. Ha empeorado en los últimos años. Cuando tú eras niña se encontraba mucho mejor, aunque ya empezaba a experimentar fuertes rachas de melancolía. A menudo pienso que... nunca volvió a ser la misma desde que regresó de París. La muerte de Hiram le afectó mucho. Se querían mucho. Sospecho que, durante la Revolución, Rhea vio cosas que le afectaron pura siempre. Al principio, le costaba dormir. Yo la oía pasearse por el dormitorio hasta altas horas de la noche. A veces, lloraba... Oh, cuánto sufría por ella. Pero, ¿qué podía hacer? La mejor manera de ayudarla, pensaba yo, era cuidando de vosotros y de la casa como buenamente podía, y ayudándole en el negocio que ella tanto detestaba. Aunque el señor Perkins dirigía la compañía, y tu tío segundo llevaba la tienda, Rhea odiaba tener que escuchar sus informes. No sé, quizá fue un error. Quizá me excedí a la hora de evitarle responsabilidades. Pero Rhea parecía tan desvalida, tan necesitada...

—Lo sé. Estoy segura de que hiciste lo mejor. Mi madre jamás habría conseguido criarme ni llevar la casa por sí sola, y no digamos ya el negocio. No debes echarte la culpa de nada.

—Tú tampoco —replicó tía Irmita con decisión—. ¿Quién sabe si tu madre no se encontraría ahora peor si la hubieras dejado en Massachusetts, al cuidado de sirvientes y parientes lejanos?

—Eso es cierto. A veces, me... me pregunto si mi madre no se habrá vuelto loca.

—¿Cómo se te ocurre decir semejante bobada? —preguntó tía Irmita con indignación—. ¡Tu madre no está loca!

— ¡Yo también me resisto a creerlo! —exclamó Leticia con voz desesperada—. Pero ya has visto cómo se comporta. A veces, no puedo evitar pensar que... las cosas que hace y dice no son simples excentricidades.

—Rhea no está loca. Simplemente, es más... frágil que el resto de nosotros.

—Ojalá tengas razón —Leticia consiguió dirigir una sonrisa a su tía, aunque no pudo desterrar las dudas de su mente. Ni el frío terror que yacía bajo su inquietud. Si su madre era una persona tendente a la locura, ¿llevaría también ella esa mancha en la sangre? ¿Podía acabar volviéndose loca algún día?

No comments:

Post a Comment

Note: Only a member of this blog may post a comment.