Tuesday, February 22, 2011

FF: La dote Española- Epílogo

Epílogo

-Ha quedado precioso -dijo Leticia, sonriente, contemplando maravillada la fachada de Chesilworth.

Fernando había insistido en ocuparse de la restauración de la vieja mansión, como regalo de bodas a Leticia. Ahora, año y medio más tarde, las obras habían terminado. Habían cambiado el tejado, las cañerías, la fontanería, el alicatado, las chimeneas, habían modernizado la cocina...

Y habían contratado a un equipo de jardineros, vigilados por el viejo y leal Chumley, de modo que también el parque estaba más bello y florido que nunca.

-Muchas gracias -dijo Leticia.

-No es nada. Seguro que será agradable pasar una temporada al año aquí.

Era otro de talle de Fernando, el cual no quería que Leticia y sus hermanos se desligaran por completo del sitio en el que habían crecido y vivido hasta entonces.

-Está precioso. Jamás imaginé que podría quedar tan bonito -comentó Marcia, sentada al otro lado de la mesa que los reunía.

Ella también estaba preciosa. Anthony Gordon, su prometido, no podía quitarle la vista de encima. Era un hombre tan rico como aburrido, pero parecía embobado con Marcia.

-En seguida supe que era perfecto para ella -le había comentado Fernando a Leticia en una ocasión-. No es muy inteligente, le gusta la belleza y, lo mejor de todo, vive en Escocia, así que no tendremos el gusto de recibir visitas de tu prima muy a menudo.

Era la boda de Marcia lo que había reunido a todos en Chesilworth, a excepción de Lady Mendiola, que había pretextado ser muy mayor a fin de poder quedarse en Haverly House.

Leticia miró a los gemelos. Al menos habían crecido cinco centímetros en el último año. Y al siguiente se irían a Eton a estudiar. Luego se fijó en Carolina y Paula Maria, que estaban sentadas sobre una sábana, jugando con el bebé que Fernando y Leticia habían tenido cinco meses antes.

Las dos chicas se habían hecho muy amigas y, dado lo bellas que eran, no tendrían ningún problema en conseguir el marido que se propusieran.

-¿Le apetece dar un paseo conmigo, Lady Mendiola? -le preguntó Fernando.

-Un placer, Sir Fernando -aceptó Leticia, sonriente -. ¿Sabes algo de la señorita Carmina? -le preguntó mientras caminaban por el jardín.

-La señorita Emmings dice que va mucho mejor.

Incapaces de mandarla a la cárcel, Fernando la había enviado a un centro donde una mujer firme y amable se ocupaba de atender a diversas personas con trastornos mentales.

Con la ayuda de la señorita Emmings, Sarah se había ido recuperando y, aunque seguía diciendo que era la esposa secreta de Sir Fernando Mendiola, no había vuelto a tener comportamientos violentos.

-¿Sabes? -Fernando alzó una mano de Leticia y la besó-. Soy el hombre más feliz del mundo desde que te conozco.

-Sí, gracias a mí te has visto perseguido y amenazado por ladrones, tienes un montón de niños que cuidar y has hecho una obra de año y medio a Chesilworth.

-Y me he divertido como nunca buscando mapas, descubriendo un tesoro, jugando con los niños, ocupado en un proyecto entretenidísimo, cuidando de un bebé que tiene una sonrisa angelical...y sobre todo, con la esposa más bella e inteligente del mundo. Una verdadera ganga -replicó Fernando-. Lo malo es que no hay forma de que nos quedemos a solas... ¿Por qué no vamos al nuevo laberinto? -sugirió en tono pícaro.

-Te advierto que no sé la salida. Podríamos quedarnos atrapados durante horas, sin que nadie nos encontrara.

-Eso es justo lo que más deseo -repuso él, sonriente.

Leticia rió y se levantó el borde la falda.

-¿A qué esperamos entonces?

Y echaron a correr hacia el laberinto.

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