Capítulo 10
Leticia se recostó sobre el mullido respaldo del carruaje y suspiró contenta. Había dormido poco las dos noches anteriores y le había acabado pidiendo disculpas a su tía esa misma mañana, pero al menos ya iban camino de Haverly House.
Tía Alicia había intentado por todos los medios que Sir Fernando fuera en el carruaje de las Villaroel, pero él se había negado, alegando que prefería dirigir su propio caballo. De haber estado dentro del carruaje, junto a Leticia y a sus hermanos, tía Alicia se habría puesto roja de ira.
Por su parte, Leticia se sentía a gusto en el carruaje de Sir Fernando, más espacioso y lujoso que el de su tía. Lo miró con atención a través de la ventana, y de nuevo, se preguntó en qué medida sería cierto lo que tía Alicia le había contado.
Pararon a que los caballos descansaran en una posada de Chipping Norton. Nada más apearse del carruaje, Jaime y Tomas empezaron a ametrallar a Sir Fernando con preguntas sobre los caballos.
Este les sugirió que le preguntaran al cochero directamente.
-¡Will! -lo llamó-. Aquí tengo a dos futuros cocheros. ¿Por qué no les vas enseñando el oficio?
-Por supuesto, señor -respondió el cochero con afabilidad-. ¿Les gustaría subir a mi asiento y ver cómo es la vista desde ahí?
-¡Sí! -exclamaron los gemelos al unísono.
-¿Yo también puedo? -preguntó Paula Maria.
El cochero la miró sorprendido, pero Sir Fernando se adelantó:-Por supuesto, señorita Paula Maria. Siempre y cuando su hermana esté de acuerdo.
Esta aceptó y sonrió, agradecida porque no le hubiera negado el capricho a Paula Maria, la cual se unió a los chicos acto seguido.
-Gracias por dejarla montar -Leticia sonrió a Fernando-. Sé que a muchos les parecería inadecuado para una chica, pero papá y yo siempre hemos pensado que no se debe restringir la participación en unas u otras actividades en función del sexo.
-Es evidente que su padre aplicó esos principios con usted.
-Gracias, me lo tomaré como un cumplido.
-Con esa intención lo he dicho. -repuso Sir Fernando, sonriente.
-¡Paula Maria! -gritó la tía Alicia al salir de su carruaje y ver a su sobrina-. ¡Bájate de ahí ahora mismo!
-No pasa nada, tía Alicia -dijo Leticia-. Sir Fernando les ha dado permiso a los tres. El cochero está vigilándolos.
-Pero Paula Maria... -tía Alicia se detuvo al llegar a la altura de Leticia-. Mal está que Lord Chesilworth dé un espectáculo así, pero una chica...
-Lord Chesilworth tiene doce años -le recordó Leticia-. Es normal que se comporte como un niño, por más lord que sea.
-Una chica no puede estar en el asiento del cochero.
-Soy muy progresista en cuanto a la educación de los niños -terció Sir Fernando-. No creo que la participación en una actividad u otra deba estar en función del sexo que se tenga.
-Por supuesto, Sir Fernando -cedió tía Alicia-. Si usted lo desea...
-¿Entramos? -propuso él-. Seguro que el posadero puede ofrecerles una habitación.
-Una idea estupenda. Viajar es agotador -comentó Marcia, la cual se recostó sobre un brazo de Sir Fernando, como si hubiera ido hasta allí corriendo, en vez de sentada.
-Id vosotras primero. Creo que antes voy a pasear un rato por los alrededores -dijo Leticia.
-Perfecto -convino Sir Fernando-. Déjeme que acompañe a la señora y a la señorita Villaroel y en seguida me uno a su paseo.
Leticia notó el puñal que Marcia le clavó con la mirada. Luego, Sir Fernando las guió hacia la posada. Regresó a los pocos minutos, tras lo cual echaron a andar por la carretera principal.
-No quiero pensar en lo que su madre dirá por tener que ocuparse de todos nosotros de repente -dijo Leticia.
-Mi madre ya está acostumbrada a mis excentricidades. Mientras no la alteren demasiado, es mansa como un cordero. Y como tenemos un mayordomo excelente, es difícil que la alteren. Y a mi hermana la encantará recibir visita.
-¿Su hermana? -se sorprendió Leticia-. No... no sabía que tuviera una.
-¿Me cree incapaz de ello? -preguntó él, esbozando una sonrisa divertida.
-No quería decir eso. Simplemente... creí que era usted hijo único.
-Es mucho más joven que yo, quince años.
-¿Cómo se llama?
-Carolina -Sir Fernando sonrió-. Te gustará. Tiene mucha curiosidad y desparpajo.
-Estoy segura de que sí -contestó Leticia.
-¡Señor! -lo llamó uno de los mozos de la posada-. La señora Villaroel dice que la señorita no debe tomar demasiado el sol.
-¿Demasiado sol? -repitió Leticia, alzando la vista hacia el suave cielo de junio.
-Sí, señorita. Me ha pedido que le diga que vuelva.
-De acuerdo, volveremos en seguida -se resignó Leticia, sabedora de que era una artimaña más de su tía.
-¡Sir Fernando! -lo saludó Jaime con alegría cuando regresaron a la posada-. Ha sido magnífico. Nos han dejado darles agua a los caballos, y Will me ha dejado sujetar las riendas.
-Nos dejó sujetar las riendas a los tres -añadió Paula Maria.
-Dijo que podíamos turnarnos a su lado durante el viaje si a usted no le importa -terció Tomas.
-¿Will dijo eso?
-Sí -asintió Paula Maria-. Dijo que hacíamos preguntas inteligentes y que nunca había visto a unos chiquillos iguales que nosotros. Eso es bueno, ¿verdad?
-Sin duda -Sir Fernando sonrió-. Si a Will le parece bien, yo no tengo nada en contra.
Echaron a suertes los turnos y al final fue Jaime quien tuvo la oportunidad de montar primero, seguido por Paula Maria y, por último, Tomas, el cual puso un gesto de nobleza obliga, como si les hubiera cedido el turno por propia voluntad.
Mientras los chicos se rotaban en el asiento del acompañante del cochero, Sir Fernando ató las riendas de su caballo y entró en el carruaje. No es que compartieran un viaje íntimo, pues siempre había dos hermanos de Leticia junto a ellos, pero al menos podía charlar sobre lo que les apeteciera y romperse el cerebro una y otra vez, tratando de descifrar el mapa y preguntándose si podrían encontrar la otra mitad.
Pararon de nuevo al llegar a Banbury. Leticia contempló divertida cómo rodeaban Marcia y su madre a Sir Fernando al tomar asiento en la mesa. Marcia lo monopolizó con su cháchara infantil, y tía Alicia cubría los escasos silencios en que su hija se paraba a respirar. Nada más terminar de comer, Sir Fernando se levantó, visiblemente aliviado, y anunció que debían apresurarse si querían llegar hacia el anochecer a casa de unos familiares.
Por desgracia, no alcanzaron tal objetivo, pues se rompió una de las ruedas del carruaje de las Villaroel. Lo dejaron para que lo reparasen y se lo mandaran a casa, y tía Alicia y Marcia se sumaron al carruaje de Sir Fernando. Su alegría duró poco, en cambio, pues Mendiola advirtió que había demasiado peso dentro y decidió salir y volver a montar su caballo.
-Cobarde -susurró Leticia mientras Sir Fernando escapaba, el cual le lanzó una sonrisa cómplice.
Ya había anochecido cuando llegaron a una casa solariega, perteneciente a los tíos de Sir Fernando, Lord y Lady Philby. Esta era una mujer muy estirada, tan aburrida que hasta tía Alicia tuvo que hacer esfuerzos por disimular sus bostezos. Por el contrario, su marido era un hombre afable y sobón, que en el transcurso de la velada llegó a tocarles el trasero a las tres damas presentes. Fue un gran alivio cuando por fin se despidieron, pretextando el cansancio del viaje, y se fueron a sus respectivas habitaciones.
Sir Fernando le hizo una reverencia a Leticia delante del dormitorio que ésta compartiría con Paula Maria, y dijo:
-En todos los árboles genealógicos hay un par de ramas que a uno le gustaría podar, ¿no le parece?
Leticia, a pesar de lo cansada que estaba, se echó a reír.
La torre de la catedral se alzaba h hacia el cielo en la distancia, reclamando la atención de cuantos la veían.
-Ohhh -exclamó Leticia-. Impone más de lo que había imaginado.
Era la tarde del tercer día de viaje, pero el mero hecho de ver esa catedral compensaba todo el cansancio del trayecto.
-El mejor momento para verla es al ponerse el sol en otoño -informó Sir Fernando.
-¿Cómo se llama? -preguntó Tomas.
-Ely. Antes era una isla, y las anguilas que había en el agua eran el alimento principal de sus habitantes.
-¿Podemos entrar?¿ -quiso saber Paula Maria.
-Tiene fama de ser muy bella -comentó Leticia.
-Lo es. Y os prometo que un día, dentro de poco, iremos allí. No está muy lejos de Haverly House. Pero creo que hoy deberíamos continuar.
-Sí, tiene razón -convino Leticia.
Tomas asintió. La excitación del viaje había disminuido con el paso de los días, incluso para los chicos.
Después pasaron por otra catedral, más pequeña. Leticia no dejaba de mirar por la ventana y de deleitarse con el paisaje.
-¡Qué llanura! ¿Y qué ese montículo de la izquierda?
-Un río. Las riberas de los ríos son más elevadas que la tierra que los rodean por esta zona. Las formaron artificialmente, para evitar que los ríos se desbordaran. Antes eran pantanos, tengo entendido. Pero decidieron desaguar la mayoría en el siglo diecisiete.
-¿Por qué? -preguntó Tomas-. Me habría gustado ver los pantanos.
-Y verás alguno en nuestras tierras. Los Mendiola de aquella época se negaron a desaguar todos sus pantanos. Ya iremos un día cuando estemos en Haverley House -repitió Fernando.
-¿Pero por qué los desaguaron? -quiso saber Tomas-. No entiendo por qué querían deshacerse de los pantanos.
-La tierra que quedó después de desaguar los pantanos era muy rica, ideal para el cultivo. En vez de tener acres y acres de pantanos improductivos, conseguimos acres y acres de tierra, que vendimos o alquilamos, que da muchos beneficios.
-¿Qué son todos esos molinos de viento? -preguntó Paula Maria entonces-. ¿Por qué están ahí y por qué hay tantos?
-Para sacar agua de los pantanos. Ya no se usan, claro, pero todavía quedan muchos en pie.
-Es fascinante -afirmó Leticia-. Parece... otro país.
-Mas de uno dice que este sitio es un mundo aparte.
Al cabo de poco más de una hora, se desviaron de la carretera principal y tomaron un sendero que conducía a Haverly House. El camino estaba flanqueado por abedules a ambos lados, entre los cuales podían verse multitud de rododendros, rosados y purpúreos, de enorme belleza. Leticia contuvo la respiración, extasiada, y Sir Fernando sonrió, complacido por tal reacción.
-¡Qué bonito! -exclamó ella.
Al fondo, los árboles daban paso a una majestuosa casa de piedra gris. Leticia sintió un pinchazo de placer ante la belleza de la finca, mezclado con la lástima que le producía que el viaje hubiese finalizado.
Un hombre con librea abrió las puertas de la hacienda antes de que el carruaje se detuviese y, cuando el vehículo paró, un mozo se acercó a abrir la puerta. Un señor alto, de rostro amarillento y cadavérico y pelo canoso, bajó las escaleras de la casa con gran dignidad.
-Buenos días, Sir Fernando. Bienvenido a casa -dijo, haciendo una reverencia.
-Buenos días, Shivers. Éstos son mis invitados: la señora y la señorita Villaroel, Lady Leticia Padilla, Lady Paula Maria, Lord Chesilworth y ahí, en el asiento del cochero, el señor Jaime. No te extrañes si crees que ves doble: Lord Chesilworth y el señor Jaime son gemelos.
-Por supuesto -dijo el mayordomo, que hizo una nueva reverencia a los hermanos.
En ese momento, la puerta de la casa se abrió y una chica salió corriendo a arrojarse en brazos de Mendiola.
-¡Fernando! -lo saludó cariñosamente.
-¡Carolina! -Sir Fernando abrazó a su hermana después de recogerla en el aire-. ¿Nunca te comportarás como una dama? A saber qué pensaran mis invitados -añadió en broma.
Carolina se giró sonriente. Era una chica guapa, se parecía mucho a su hermano. Tenía los mismos rizos negros y los mismos ojos marrón dorado.
Una mujer mayor salió entonces de la casa y avanzó hacia ellos con los brazos extendidos.
-¡Fernando, cariño!
-Mamá -Mendiola sonrió y le dio un beso en la mejilla a la mujer-. Estás preciosa, como siempre.
-Gracias, hijo. Preséntame a todo el mundo.
-Sí, Fernando, por favor -terció Marcia, la cual se colgó de un brazo de Mendiola posesivamente-. Estoy deseando conocer a su familia.
Fernando la miró extrañado. En ese momento, otra mujer apareció en las escaleras. Parecía tener veinte años, no carecía de atractivo, pero su vestido era muy sencillo.
-¡Sarah! -la llamó Lady Teresa, la madre de Sir Fernando-. Tenemos invitados.
-Ya lo veo. Por eso... no quisiera estorbar.
-Tonterías. Tú no estorbas. Casi eres una más de la familia -contestó Lady Teresa-. La señorita Carmina nos estaba haciendo una visita. Ella se encarga de Silverwood y es una gran amiga de la familia.
¿Silverwood? Leticia se preguntó qué sería eso y de qué se encargaría la mujer.
-Sí, cuida de los niños de Fernando -dijo entonces Carolina.
Fernando sonrió, se deshizo del brazo de Marcia y tomó una mano de la señorita Carmina:
-Buenos días, señorita Carmina. ¿Cómo están los chicos?
-Bien, Sir Fernando. Por supuesto, han preguntado por usted a menudo.
-Mañana por la mañana sin falta iré a verlos -aseguró él-. Pero, disculpen, no les he presentado -añadió, dirigiéndose a las Villaroel.
Leticia se había quedado perpleja. El alma se le había caído a los pies y era incapaz de pensar. Sólo oía, una y otra vez, el eco de las palabras de Carolina: los niños de Fernando.
¡Era cierto! Sir Fernando era tan promiscuo que tenía una casa para sus hijos ilegítimos. Leticia no había creído a su tía, la cual le dedicó una sonrisa muy significativa, que la hizo sentir aún más náuseas.
Fernando estaba presentando a unos y a otros. Leticia trató de sonreír, pero no comprendía cómo podía hablar de Silverwood con tanta naturalidad.
Lady Teresa sugirió que entraran en casa, pero Miss Carmina se resistió:
-Estoy segura de que querrá atender a sus invitados. Volveré en otro momento -dijo Sarah-. Espero que vengan a Silverwood durante su estancia aquí -añadió, sonriente.
-Vamos dentro -repitió Lady Teresa mientras la señorita Carmina se marchaba-. Estoy segura de que tienen que estar agotados después del viaje.
-Yo no. -dijo Marcia con frescura-. Ha sido un viaje muy ameno gracias a Sir Fernando. Estoy deseando tener una buena charla con Carolina. ¿Puedo llamarte Carolina? Fernando me ha hablado tanto de ti que siento como si ya te conociera. Estoy segura de que vamos a ser muy buenas amigas -añadió, al tiempo que la tomaba de un brazo y arrancaba hacia las escaleras.
-¿Lo ves? -le susurró entonces tía Alicia a Leticia-. ¿No te lo dije?
-Sí, tía. Me lo dijiste.
-Espero que ahora hagas caso de lo que te advertí -prosiguió tía Alicia.
-Sí -Leticia trató de no pensar en lo revuelto que tenía el estómago-. No te preocupes. Entre Sir Fernando y yo no hay nada, ni lo habrá nunca.
No comments:
Post a Comment
Note: Only a member of this blog may post a comment.