Capítulo 21
-¿Qué?, ¿De qué estás hablando?
-Sé por qué no pudimos encontrar el tesoro. ¡Es por los pantanos! Los desaguaron después de que Julieta saliese de Inglaterra y eso tuvo que cambiar el paisaje por completo -contestó Fernando, fuera ya de la cama-. Seguro que en la biblioteca encontramos algún libro con mapas de los alrededores anteriores y posteriores al desagüe de los pantanos.
SE vistieron, encendieron una vela y caminaron con sigilo hasta la biblioteca. Leticia recordaba haber visto un libro sobre recuerdos del siglo diecisiete, pero carecía de ilustraciones. Siguieron buscando durante horas, hasta que entraron los primero s rayos de la aurora.
-¡Mira! -exclamó de pronto Leticia-. ¡El fin de los pantanos! ¡Y tiene tres mapas de la zona! -añadió, excitada.
-Sí. Uno de Saint Swithin, otro de la carretera... -dijo Fernando mientras los examinaban-. ¡Y un tercero de un pantano! Aquí es donde hemos estado hoy. La carretera que hemos visto tuvieron que hacerla después de que desaguaran los pantanos. No es a la que Julieta se refería.
-¿Crees que la antigua carretera todavía existe? -preguntó Leticia con cautela.
-Estará cubierta de césped, pero quizá podamos dar con ella y nos lleve hasta la cabaña y el muro -Fernando sonrió-. ¿Lo intentamos?
-¿Ahora?
-Ya hay luz afuera.
-De acuerdo, voy a por un sombrero y bajo -decidió Leticia-. ¿Despertamos a los chicos?
-No, no quisiera que se desilusionaran si no encontramos nada.
Minutos después, emprendieron la búsqueda nuevamente. Y en esta ocasión, cuando llegaron al campanario, no siguieron la carretera del día anterior, sino que avanzaron de acuerdo con las indicaciones de los tres nuevos mapas.
-¿Crees que es esta carretera? -preguntó Leticia cuando, al cabo de un rato, hallaron un sendero estrecho.
Coincide con el mapa. Y el arroyo está más cerca de la carretera de ayer.
El sendero se interrumpía de vez en cuando, pero si seguían su prolongación imaginariamente, siempre volvía a aparecer.
-¡La espesura de árboles! -exclamó Leticia de repente-. ¡Lo vamos a conseguir!
Entonces trataron de dar con la ubicación de la cabaña. Aunque hacía a tiempo que había desaparecido y la pasaron de largo en un primer momento, terminaron encontrando los restos: un grupo de rocas que formaban un rectángulo mal definido, cubiertas por hierbas y matojos.
Leticia y Fernando se miraron a los ojos. Tenían miedo de ilusionarse para no encontrar luego el tesoro, pero estaban tan cerca de conseguirlo que resultaba imposible no concebir esperanzas.
Fernando se colocó en una esquina de la cabaña, de la que creía que salía la flecha del mapa de Julieta, y avanzó quince pasos. No había restos del muro por ninguna parte, de modo que empezó a excavar sin más consideraciones; pero no sacó nada más que tierra. Fue desplazándose hacia un lado, hasta que el sol coronó el centro del cielo, y entonces se puso a excavar en la otra dirección.
Al cabo de unos minutos, la pala golpeó contra un objeto duro. Corrieron a agacharse a apartaron tierra y matojos con las manos, hasta ver una caja metálica redonda. Tiraron de ella con fuerza y, cuando por fin la sacaron, se sentaron en el suelo y se quedaron mirándola fijamente.
-Adelante -le dijo Fernando al cabo-. Después de todo, es tu tesoro.
Leticia respiró profundo y abrió la tapa de la caja, repleta de bolsitas y torres de monedas. Fernando miró una de las bolsas, en la que encontró diversos zafiros, rubíes y una esmeralda. En el fondo, desperdigadas, había numerosas monedas de oro.
-Parece que Lord Chesilworth no tendrá problemas de dinero a partir de ahora -comentó Fernando-. ¿No vas a desenvolver la estatua? -añadió, apuntando hacia un objeto sólido, cubierto con un paño de terciopelo.
Leticia agarró la estatua con sumo cuidado y, al desenvolverla, descubrió un gran leopardo de oro macizo, con un collar de rubíes y una esmeralda en cada ojo.
-¡Qué maravilla! -dijo de pronto una voz.
-¡Señor Ariel! -exclamó Leticia tras girarse. No podía creerse que el librero de su padre estuviese apuntándolos con una escopeta.
-¿Eras tú? -preguntó Fernando-. ¿Todo este tiempo?
-En efecto. En cuanto el señor Miller me vendió los diarios vi que podría sacarles mucho jugo. Y sabía que la señorita Padilla acabaría encontrando el tesoro -contestó Ariel-. Al principio estaba demasiado ansioso y contraté a alguien para que encontraran los mapas directamente; pero comprendí que era inútil. Lo mejor era dejaros trabajar y que después os siguieran para robároslos. Me vino muy bien que me consultarais por el devocionario, aunque me llevé una gran desilusión cuando vi que allí no había ningún mapa dentro. Comprendí que os habíais adelantado, así que no me ha quedado más remedio que montar guardia en Haverly House y vigilaros -explicó el librero.
-¿David Miller era tu socio?
-¿Ese pobre ingenuo? -Ariel rió con desprecio-. ¡No, por Dios! Jamás pensaría algo así.
-Sabía que no era él -le dijo Leticia a Fernando en tono triunfal.
-Y también sabías que no era el señor Ariel.
-Vamos, vamos. No discutáis -terció éste-. Y ahora, señorita Padilla, haga el favor de darme esa preciosa estatua. Le recuerdo que los estoy apuntando con una escopeta, Sir Fernando, así que no haga ninguna tontería.
Leticia se levantó despacio y echó a andar hacia el librero con el leopardo de oro macizo en los brazos. De pronto, fingió tropezarse, la estatua cayó al suelo e, instintivamente, el señor Ariel bajó la escopeta. Fernando, que había esperado alguna maniobra similar de Leticia, aprovechó para agarrarle el arma y arrebatársela. Una vez hubo reducido al librero, lo registró y encontró el devocionario de la Reina.
-Esto de parte del señor Bigby -dijo Fernando, justo antes de darle un puñetazo en la mandíbula.
Lo llevaron a Haverly House, Fernando delante, con la caja del tesoro, y Leticia unos pasos por detrás del señor Ariel, apuntándolo con la escopeta.
Ya en casa, le entregaron el arma a uno de los mozos y le pidieron que se llevara al señor Ariel a la Policía. Hecho lo cual, fueron a buscan a los niños, que se quedaron boquiabiertos al ver tan sucios y despeinados a Leticia y a Fernando.
Éste se acercó a Tomas con solemnidad y abrió la caja en la que se encontraba el leopardo y las bolsas con las monedas y las joyas.
-Lord Chesilworth... la dote española.
Pasaron el resto del día de celebración, contando una y otra vez la historia del señor Ariel y soñando con lo que los gemelos y Paula Maria harían con el dinero. Fiel a su palabra, Fernando quiso cederles todo el tesoro a los Padilla.
-Julieta quería que lo compartieran las dos familias -objetó Leticia.
-Julieta quería unir a las dos familias -repuso él-. Y las uniremos con nuestro matrimonio. El dinero no es necesario.
-Eres un hombre muy generoso -dijo Leticia, sonriente.
-Pero seré un marido exigente -contestó Fernando, para darle un beso en los labios que no dejó lugar a dudas sobre el sentido de sus palabras.
Leticia no podía negar el placer y la excitación que le producía el deseo que despertaba en Fernando, pero lamentaba que ese deseo no estuviese sustentado por un amor profundo, pues la pasión podría morir y tenía miedo de lo que pudiera suceder entonces.
Pero no era lo único que la preocupaba. Después de la euforia inicial, tras guardar el tesoro, Leticia empezó a reflexionar sobre los hechos que habían acontecido en los días pasados, y no podía dejar de pensar que no tenía sentido que el señor Ariel la hubiera secuestrado.
Estaba tan escamada, que al día siguiente, antes de que se lo llevaran a la cárcel, fue a la policía para hablar con el librero de su padre.
-Señorita Padilla, me alegro de verla -la saludó él nada más verla llegar-. Comprenderá que nunca quise hacerle daño. Reconozco que me cegó la codicia. Espero que algún día pueda perdonarme.
-Yo también lo espero, pero tardaré un tiempo en hacerlo -contestó Leticia con frialdad-. Si es verdad que no quería hacerme daño, ¿por qué me encerró en el molino de viento?
-¿Qué? Me temo que no sé de qué me está hablando -el señor Ariel la miró realmente desconcertado-. ¿Cómo puede pensar que yo le haría algo así?
-¿Quién si no? -le presionó Leticia.
Sin embargo, la cara de asombro del librero terminó convenciéndola de que éste no había tenido nada que ver con el secuestro. Mientras regresaba a Haverly House, decidió que tampoco podían haber sido tía Alicia ni Marcia, pues, por muy codiciosas que fuesen no las consideraba tan malvadas.
Estaba ya en el jardín de la casa cuando se encontró con Sarah Carmina.
-¡Señorita Padilla! -la saludó aquélla alegremente-. Precisamente venía a buscarla. ¿Le apetece dar un paseo?
-Por supuesto -contestó Leticia, aunque en el fondo habría preferido descansar un rato-. ¿Quería hablarme de algo?
-No... nada en especial. Sólo quería... que charláramos un rato.
-¿La puedo ayudar en algo? -se ofreció Leticia al advertir que Sarah no se atrevía a mirarla a la cara y parecía muy nerviosa.
-¡Ayudarme!, ¿Cómo puede decir eso¿ -explotó ésta-. ¡Ya es demasiado tarde!
De pronto, Leticia consiguió encajar todas las piezas del rompecabezas.
-¡Santo cielo!, ¡Fuiste tú la que me encerró en le molino!
-¡Sí!, ¡fui yo! -gritó ella al tiempo que sacaba una pistola del bolso.
-Señorita Carmina, haga el favor de bajar el arma -dijo Leticia con calma-. No le contaré a nadie que fue usted. Estoy segura de que se arrepiente.
-¡Sigue andando! -ordenó Sarah, apuntando a un grupo de árboles que había junto a un pozo.
-De acuerdo -obedeció Leticia sin perder los nervios.
-al principio creía que era en la señorita Villaroel en quien estaba interesado Sir Fernando -espetó Sarah, reconcomida por los celos-. Pensé que si la empujaba al lago se asustaría y volvería a su casa; pero ella lo aprovechó para pedirle auxilio.
Leticia siguió andando, alejándose cada vez más de Haverly House, amenazada por la pistola de Sarah.
-Pero luego me di cuenta de que no podía interesarse por una mujer tan estúpida -prosiguió la señorita Carmina-. Era evidente que la esquivaba y que pasaba todo el tiempo contigo...¡Y ahora ibais a casaros!
-Librándose de mí no conseguirá a Sir Fernando -contestó Leticia.
-¡Claro que lo conseguiré! Al final se dará cuenta de que nadie puede quererlo más que yo. Y él me eligió para dirigir Silverwood. Sé que en el fondo, me quiere -dijo Sarah-. Parecerá un accidente, nadie sospechará de mí. Vamos, acércate al pozo.
-Sarah, esto no va a funcionar -trató de razonar Leticia-. El poco está tapado y me llega por encima de la cintura. Nadie creerá que es un accidente.
-Sí lo creerán -insistió la señorita Carmina con obstinación-. Quita la tapa.
-No.
-¡Quita la tapa o disparo!
-Adelante, pero te aseguro que si me disparas, sí que no parecerá un accidente. Fernando no parará hasta descubrir quién ha asesinado a la mujer a la que amaba, a la mujer con la que iba a casarse -contestó Leticia, tratando de ponerla nerviosa, para que cometiese algún fallo-. Cuando descubra que fuiste tú la que me mató, te odiará y te despreciará para siempre.
Sarah levantó la pistola para golpear a Leticia en la cabeza, pero ésta se abalanzó sobre la señorita Carmina, la tiró al suelo y empezaron a forcejear. Consiguió que se le cayera la pistola al suelo, pero Sarah era más fuerte que ella, se puso encima de Leticia y empezó a apretarle el cuello. No podía respirar, estaba a punto de morir estrangulada y, de pronto... Fernando le pegó un puñetazo a Sarah en la cabeza y cayó al suelo.
Luego, al ver que Leticia no se movía, la levantó en brazos y trató de espabilarla.
-¡Por favor, no te mueras! ¡Amor mío!, ¡no puedes abandonarme! -le suplicó Fernando. Leticia oyó el llanto contenido de su voz y logró abrir los ojos-. ¿Estás... estás bien? -añadió Fernando, temblando.
-Creo que sí -susurró ella.
-¡Gracias a Dios! -Fernando la abrazó con todas sus fuerzas-. Estaba muerto de miedo. Te vi hablando con Sarah en el jardín y supongo que noté algo extraño. Así que me quedé mirándoos. Cuando te apuntó con la pistola, corrí todo lo que pude hasta alcanzaros... ¿Por qué te ha atacado?
-Porque está enamorada de ti -contestó Leticia.
-Pero... Nunca pensé... -balbuceó Fernando atónico-. ¿Y pensó que si tú no...? Tu eres la única mujer a la que quiero. La única a la que jamás querré.
-¿De verdad? -preguntó Leticia, tan pletórica de felicidad que pensó que se le saldría el corazón por el pecho-. ¿De verdad me amas?
-¡Pues claro! ¿por qué si no, te iba a pedir que te casaras conmigo?
-Porque tía Alicia te sorprendió en una situación comprometedora.
-Eso da igual -aseguró Fernando-. Yo ya te amaba cuando fuimos al mirador. Si no, no te habría hecho el amor.
-¡Fernando! -Leticia le rodeó el cuello-. ¡Te quiero!
-Ya era hora de que lo dijeras -repuso él, sonriente-. Empezaba a pensar que tendría que esperar hasta que nos casáramos.
-Te prometo que yo no tendrás que esperar más a oírlo -le dijo Leticia, labio contra labio-. De hecho, pienso decírtelo diez veces al día por lo menos. Te quiero, te quiero, te quiero -repitió, marcando las palabras con sendos besos.
Fernando rió y la estrechó entre los brazos. Leticia suspiró contenta y se fundió contra él. Y se dio cuenta de que había encontrado el verdadero tesoro que había estado buscando.
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