Thursday, February 17, 2011

FF: La dote Española- capitulo 15

Capítulo 15

-¿Lo conoces? -preguntó Fernando.

-¡Por supuesto que lo conozco! Es el libro más valioso de la colección de papá -contestó tía Liliane-. Parece que el que no lo conoces eres tú.

-Exacto. Por eso he venido a verte. Alguien de nuestra familia lo perdió y queremos encontrarlo de nuevo.

-¿Qué han perdido el libro de oraciones de la Reina Isabel? -tía Liliane miró a Fernando horrorizada.

-¡Ya está! -exclamó entonces Leticia-. No era el título de ningún libro, sino el devocionario de la mismísima Reina Isabel. Julieta lo escondió allí porque sabía que era un libro valiosísimo, pero que nadie lo hojearía cuando estuviera aburrido y quisiera leer un rato. ¡Qué inteligente!

-Lo malo es que lo hemos perdido -insistió Fernando, dirigiéndose a su tía.

-¿Pero cómo que lo habéis perdido? ¡Eso es imposible!

-A mí padre no le gustaba mucho leer y me temo que algún momento debió de extraviarlo -dijo Fernando-. ¿Cuándo fue la última vez que recuerdas haberlo visto, tía Liliane?

-No lo sé, lo recuerdo cuando era pequeña. Luego... no lo recuerdo.

-¿Y estaba entonces en la biblioteca de Haverly House?

-¡Ni hablar! Era demasiado valioso. Mi padre lo guardó en una caja metálica con un candado, en el trastero que había junto a su dormitorio.

-¿Puedes decirnos cómo era para que podamos reconocerlo si lo vemos? -preguntó Fernando.

-Era un devocionario, no muy grande. Tenía un forro de piel, con los cantos de las hojas dorados. Y había un rubí y dos topacios en el lomo. Y algunas perlas en la portada. En la primera guarda estaba dedicado a Sir Everard, firmado por la Reina Isabel -detalló tía Liliane-. ¿De verdad se ha perdido? -añadió desolada.

-¿Crees que seguirá en ese trastero? -preguntó Leticia mientras regresaban a Haverly House.

-Es posible. MI padre guardaba las joyas y las cosas de valor en una habitacioncita que había junto a su dormitorio. Hay una caja fuerte, pero la he revisado más de una vez y no hay ningún libro.

-Al menos ahora sabemos lo que estamos buscando -dijo Leticia.

Estaba deseando ponerse manos a la obra de nuevo. El día anterior había perdido la esperanza de encontrar la segunda mitad del mapa, lo cual les impediría descubrir el tesoro... y la obligaría a marcharse de la casa de Fernando.

Al llegar a Haverly House, sin embargo, tuvieron la mala suerte de toparse con Marcia.

-¡Fernando! -exclamó ésta mientras se colgaba de su brazo-. Eres muy malo conmigo. Mira que dejarme todo el día con los niños -añadió, poniendo cara de puchero.

-Creía que se había hecho amiga de mi hermana, señorita Villaroel -contestó él mientras se deshacía del brazo de Marcia-. Por cierto, ¿ha visto a mi madre?

-No... -respondió ella, confundida por el súbito cambio de conversación.

-Entonces discúlpenos, pero debo hablar con ella ahora mismo.

Fernando hizo una reverencia y se marchó con Leticia hacia el salón, donde encontró a Lady Teresa y a Lady Mendiola.

-Hola cariño, ¿cómo está tía Liliane? -preguntó Lady Teresa, ofreciéndole una mejilla para que su hijo la besara.

-Parece muy frágil, perola enfermera que la cuida dice que tiene una salud excelente -contestó Fernando-. No me reconoció al llegar. Creo que ha perdido un poco la cabeza... pero se acordaba perfectamente del libro que estamos buscando. ¿Os suena algo de un devocionario que la Reina Isabel le dedicó a Sir Everard? -añadió esperanzado.

-Sí, creo que tenía tres joyas en el lomo y perlas por toda la portada. Sir Richard lo guardaba en una caja fuerte -comentó Lady Mendiola.

-Pero ya no está en casa. Recuerdo que mi esposo quería comprar unos caballos, pero andaba escaso de dinero y decidió vender algunas antigüedades: un salero de plata, una estatua griega o romana ... y ese libro de la Reina -los informó Lady Teresa. Leticia se desplomó sobre una silla, completamente hundida-. Cariño, ¿tan importante es el libro?

-Sí que lo es. Los Padilla son muy estudiosos y ese libro es... un documento histórico muy importante para ellos -dijo Fernando. Luego se dirigió a Leticia-. No te preocupes. Lo recuperaremos. Un libro así no puede haber desaparecido... Mamá ¿recuerdas si papá trataba con algún librero particular?

-No digas tonterías, Fernando -terció su abuela-. Mi hijo Thomas soportaba los libros tan poco como su padre. Es imposible que tuviera una relación especial con algún librero.

-Puede que Stanley sepa algo de la venta -dijo Fernando, en alusión al administrador de los Mendiola.

-Puede. Si siguiera vivo, quizá se acordara de algo. Pero hace muchos años que murió.

-Me refiero a su hijo. Seguro que guarda un registro contable de las transacciones de nuestra familia. Le escribiré inmediatamente -dijo Fernando-. Y si no es así, preguntaremos a todos los libreros de Londres, a ver si alguno de ellos lo compró.

-¡Claro! El señor Ariel nos ayudará! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? -exclamó de pronto, Leticia-. Iremos a Londres a visitarlo. ¿Cuándo salimos?

-¿Os vais a Londres? ¿Así sin más? -preguntó Teresa.

-La señorita Padilla es una mujer muy decidida, mamá -contestó Fernando.

-Pero... ¿no pensareis ir los dos juntos? -terció Lady Mendiola, estupefacta.

-Por supuesto -respondió Fernando- Me temo que la señorita Leticia me cortaría la cabeza si fuese yo solo.

-Imposible -sentenció Lady Mendiola.

-Tu abuela tiene razón -dijo Teresa-. No podéis ir los dos solos a Londres.

-Es que no vamos a ir solos -resolvió Fernando al instante. Luego miró a su madre significativamente, pero esta denegó con la cabeza.

-No, yo no, Fernando.

-A mí no me mires -se adelantó Lady Mendiola-. Yo ya soy demasiado mayor para viajar a Londres.

-Está bien -lamentó Fernando-. Supongo que tendremos que llevarnos de carabina a la tía y a la prima de Leticia.

Tía Alicia se mostró encantada con el ofrecimiento de Sir Fernando Mendiola. Todos tuvieron que soportar sus efusivos agradecimientos y sus indirectas acerca del interés de Sir Fernando por su hija, una que Lady Teresa y Lady Mendiola no eran tan tontas como para no intuir que no era en Marcia en quien estaba interesado él.

-Pronto oiremos campanas de boda -comentó la abuela-. Se me hace raro que se case con una Padilla.

-Es una chica agradable -dijo Teresa.

-E inteligente -añadió la suegra-. Aunque no tiene dinero. Sólo espero que no tengamos que aguantar a las Villaroel cada dos por tres.

Mientras tanto, en otra habitación, tía Alicia hablaba sin cesar de lo enamorado que veía a Fernando de su hija Marcia.

-¿Estás segura de eso? -preguntó Leticia, incapaz de comprender la ceguera de las Villaroel-. ¿Te ha hablado él de su interés por Marcia?

-Es demasiado pronto para eso -contestó tía Alicia sin más-. Pero es evidente: ¿no ves que no se separa de Marcia ni una sola tarde?

-¿Y qué quieres que haga si Marcia se pega a él como una lapa en cuanto Sir Fernando entra por la puerta? -replicó Leticia.

-¡Estás celosa! -exclamó su prima -. Te da envidia que me prefiera a mí. Pues espero que no te hagas ilusiones por el mero hecho de que trabajéis juntos en ese estúpido proyecto genealógico. A ningún hombre le gustan las mujeres que saben tanto de libros.

Leticia decidió morderse la lengua, pues era obvio que su tía y su prima se negaban a ver la realidad.

-En fin, creo que no tiene sentido seguir hablando de esto -dijo con suavidad-. Me voy a la cama.

Salió de la habitación y se le ocurrió que podía darse un paseo antes de acostarse. Al fin y al cabo, en realidad no estaba cansada. Una vez en el jardín, se quedó mirando la luna, cuyos rayos rebrillaban a lo lejos sobre un pequeño lago.

-¿Nerviosa por el viaje? -le preguntó de pronto Fernando.

-¡Me has asustado! -exclamó ella, sobresaltada. Luego, más relajada, respondió-: sí, he salido a dar una vuelta, a ver si me relajo.

-Ya... me temo que tendremos que posponer el viaje un par de días -anunció él-. Mi agente inmobiliario lleva detrás de mí desde que llegamos, pero lo he estado evitando para poder buscar el libro... Dice que tengo que atender unos asuntos antes de volver a marcharme.

-No pasa nada -Leticia sonrió y se tragó su decepción-. No puedes emplear todo tu tiempo en mis cosas.

-También son las mías -le recordó él-. Además, me encanta pasar el tiempo contigo... Eres preciosa -añadió entonces, mirándola a los ojos.

-Me temo que la luna ha afectado a tu cordura -Leticia sonrió-. La mayoría piensa que no soy más que pasable.

-Bueno, pero soy tan arrogante que creo que mi opinión es la única que importa -respondió Fernando, al tiempo que estiraba las manos para rozarle ambas mejillas-. Jamás he visto unos labios tan tentadores -añadió, justo antes de posar su boca sobre la de ella.

Leticia se pegó a él, tratando de lograr que sus cuerpos estuvieran tan unidos como sus lenguas. Luego, a pesar del imperioso deseo de hacerle el amor allí mismo, Fernando logró contenerse, se apartó... y clavó los ojos en un mirador que había junto al lago.

-Ven -le dijo con voz ronca.

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