Wednesday, February 16, 2011

FF: La dote Española- capitulo 12

Capítulo 12

-¡No! -Leticia se zafó de Fernando. Lo miró temblando, asustada por el torrente de emociones que había despertado en su interior-. ¡No seré otra de tus conquistas!

-¿Mis conquistas? -repitió él, desconcertado -. ¿De qué estás...?

-¡Te digo que no! -Leticia se alejó después de que Fernando tratara de retenerla.

Corrió hacia las escaleras y las bajó apresuradamente. Agradeció que Mendiola no la siguiese, pues no estaba segura de si habría podido resistirse a su encanto en caso de que éste hubiera intentado acariciarla.

Leticia salió de la biblioteca y se encerró en su habitación hasta la hora de la merienda. Apagó la luz, se tiró sobre la cama y trató de echar freno a sus emociones. La asustaba el poder que Fernando tenía sobre ella. Siempre había sabido controlarse y afrontar con serenidad todas las situaciones, pero ahora se sentía como una doncella sin cerebro, gobernada exclusivamente por el deseo.

Leticia gruñó contra la almohada. Le costaba creerse que Sir Fernando fuera el villano que su tía le había pintado. Pero los niños de Silverwood parecían darle la razón a tía Alicia.

Cuando finalmente bajó a merendar, la alivió ver que Fernando no estaba. Pero sí apareció para la cena, parco en palabras y con gesto serio. Estaba segura de que la odiaba, y aunque no le parecía que Fernando tuviese motivos para hacerlo, Leticia se sintió aún más desgraciada.

Después de cenar, Marcia se dedicó a coquetear con él con descaro, colgándose de su brazo, mostrándole el escote y llamándolo Fernando como si tuviera derecho a dirigirse a él con tal familiaridad.

Lo peor de todo que a Fernando no pareció molestarle demasiado tener que soportar a Marcia. Leticia deseó haber dicho que se encontraba mal y haber pedido que le subieran algo de cena a la habitación. O haber ido a cenar con los gemelos, Paula Maria y Carolina. Eso habría sido infinitamente más divertido.

No bien se hubo retirado Lady Mendiola, Leticia se levantó y se marchó también a su habitación incapaz de aguantar un segundo más las maniobras de Marcia.

Como no se le ocurrió nada mejor, se cambió de ropa y se acostó temprano; pero en seguida descubrió que era un error, pues estaba totalmente despierta y allí sola, tumbada sobre la cama, no podía sino pensar en Fernando. Prácticamente llegó a desear no haber ido a Haverly House.

El picnic del día siguiente interrumpió la búsqueda del mapa, pero el hecho de no pasar el día pegado a Sir Fernando aliviaba a Leticia.

Nadie faltó a la excursión: las mujeres mayores y la señorita Carmina fueron en un carruaje sin capota, mientras que Sir Fernando, Carolina y los niños optaron por ir a caballo. Marcia decidió cabalgar también, para no dejar suelta a su presa, y Leticia, con tal de no soportar a su prima, se unió a las señoras Mendiola y tía Alicia. Varios criados las seguían de cerca, con comida y otras necesidades para el día.

El viaje habría sido agradable de no ser porque tía Alicia no paraba de hablar; sobre todo, de las virtudes y excelencias de su hija. Después de oír por cuarta vez lo amiguísima que se había hecho Marcia de Carolina, y los muchos pretendientes que aquélla tenía, Leticia estuvo en poco de hacer el resto del trayecto a pie.

Miró hacia un lado y vio reflejado el mismo deseo en los ojos de Sarah Carmina. Leticia sonrió y giró la cabeza hacia otro lado, por miedo a echarse a reír. La señorita Carmina, pensó, podría ser una buena amistad.

Llegaron a un lago y el carruaje se detuvo. Leticia descendió del carruaje con las piernas entumecidas, al tiempo que desmontaba el grupo que había ido a caballo. Al ver que Fernando se acercaba a ella, se dio media vuelta y le propuso dar un paseo a la señorita Carmina.

-¿Hace mucho que vives aquí? -le preguntó Leticia mientras caminaban.

-No, pero me parece un lugar muy bonito -Sarah se ruborizó un poco-. Siempre me ha gustado la flora y la fauna de esta zona. Es una de las cosas que más me gusta enseñarles a los chicos.

-Estoy segura de eres una buena profesora.

-Sir Fernando fue muy amable contratándome -respondió la señorita Carmina con afecto-. Conoció a mi padre y sabía lo desvalida que me había quedado al morir él. Papá era un hombre maravilloso, me enseñó todo lo que sé de la naturaleza, pero ese amor apenas daba para vivir. Intenté escribir algún artículo para las revistas en las que él había colaborado. Yo misma lo había ayudado en más de u no. Pero se negaron a aceptar un artículo escrito por una mujer.

-Sé cómo te sientes.

-No sabía qué sería de mí. No tenía las cualidades que se le suponen a una maestra. No sabía pintar ni cantar ni tocar el piano. Mi padre prefirió enseñarme matemáticas y ciencias naturales, pero nadie parecía valorar esos conocimientos... Entonces llegó Sir Fernando y me salvó -la señorita Carmina sonrió-. Siempre le estaré agradecida.

-Sí, puede ser un hombre muy amable -reconoció Leticia. Tenía que reconocer, por ejemplo, que también había sido muy bueno con sus tres hermanos-. ¡Qué pájaro más bonito! -exclamó entonces, para cambiar de conversación.

La señorita Carmina siguió hablando de la flora y la fauna del lugar mientras regresaban hacia el roble anciano junto al que habían estacionado el carruaje.

Los criados ya habían extendido sábanas sobre el césped para Lady Mendiola, Lady Teresa y tía Alicia. Carolina y Paula Maria estaban aparte, charlando y riendo. Los gemelos estaban jugando a atrapar a Sir Fernando bajo la atenta mirada de Marcia.

Leticia y la señorita Carmina se sentaron junto a las demás mujeres, pero ésta no tardó en levantarse para ofrecerle un vaso de limonada a Lady Mendiola.

-Esta chica es incapaz de estarse quieta y divertirse -suspiró Lady Teresa, exasperada-. Ya le he dicho que los criados se encargarían de atendernos.

-A algunas personas les gusta estar ocupadas -dijo Lady Mendiola.

-Pobrecilla -dijo Lady Teresa sin inmutarse por el comentario de su madre-. Se quedó sin un centavo cuando murió su padre.

-Entonces no se casará nunca -sentenció tía Alicia-. Una chica sin dinero ni belleza...

-La señorita no carece de atractivo -repuso Lady Mendiola.

-Pero hace falta ser muy bella para atrapar a un hombre si no se tiene dinero.

-Los hombres no se enamoran sólo por la belleza física -protestó Lady Teresa.

-Yo no hablo de enamorarse. Estoy hablando de casarse, que no es lo mismo.

-Eso es verdad -convino Lady Mendiola-. Los jóvenes de hoy le dan demasiada importancia al amor, cuando las alianzas familiares se han basado siempre en la posición social y la riqueza.

-Esos matrimonios no siempre son buenos -se sintió obligada a decir Leticia.

-¿En qué sentido? -preguntó Lady Mendiola.

-En el sentido de que no proporcionan la felicidad. Mis padres fueron muy felices.

-Y muy pobres -añadió tía Alicia.

-¿De qué les habría servido tener dinero si se hubiesen sentido desdichados toda su vida?

Siguieron discutiendo animadamente hasta que sirvieron la comida. Sir Fernando volvió con Marcia colgada de su brazo, seguidos ambos por los gemelos, cansados, manchados de césped y contentos.

-¿De qué están hablando las damas? -preguntó Fernando, sonriente.

-La señorita Padilla estaba compartiendo su visión sobre el amor y el matrimonio -contestó Lady Mendiola, también sonriente.

-¿De veras? -Sir Fernando miró a Leticia-. Me encantaría conocerla.

-Me temo que ya hemos agotado el tema -dijo ella, ruborizada-. Además, estoy segura de que le parecería muy aburrido.

-Al contrario. Soy todo oídos.

-Yo te lo resumo -se ofreció Teresa-. La señorita Padilla y yo creemos en el amor y que el hombre es capaz de querer a una mujer aunque no sea especialmente bella. Lady Mendiola y la señorita Villaroel, no.

Leticia se alegró de que Lady Teresa se hubiese puesto de su lado, y Lady Mendiola puso cara de disgusto por verse en el mismo bando de tía Alicia.

-Totalmente de acuerdo, mamá -Fernando sonrió y a Leticia le dio un vuelco el corazón-. Es de agradecer que alguien piense que los hombres no valoramos el físico de las mujeres únicamente.

-Vamos, Fernando. No digas que no te gusta ver una cara bonita -dijo Marcia.

-Por supuesto que valoro la belleza -respondió él con sencillez-. En un cuadro, en una melodía y en las mujeres.

Luego se deshizo del brazo de Marcia, la ayudó a que tomara asiento y se sentó aparte, entre su madre y su abuela.

-Sin embargo -prosiguió Fernando con la vista clavada en Leticia-, creo que la armonía de los rasgos faciales no lo son todo en una mujer.

-Yo no he dicho eso -dijo Lady Mendiola mientras se abanicaba-. ¿Pero te casarías por amor? Esa es la verdadera cuestión. Independientemente de que te enamores por la belleza o la inteligencia de una mujer, ¿te casarías si ella no tuviese dinero?, ¿si no tuviese un apellido noble?

-Está claro que quieres ponerme en un aprieto -contestó Fernando, sonriente-. No puedo hablar por otros hombres, pero puedo decir que yo no me casaría con alguien de quien no estuviese enamorado. ¿Pero qué hacemos hablando de estas cosas tan serias? ¿No hemos venido a divertirnos?

Marcia le dio la razón y se apresuró a contar una anécdota insustancial que Leticia le había oído multitud de veces. Se olvidó de su prima y se quedó pensando en las palabras de Fernando. Había dicho que no podría casarse sin estar enamorado, pero no que estaría dispuesto a casarse con una mujer a la que amaba, aunque ésta no tuviese dinero. Aunque todo eso le daba igual, pues no tenía ningún motivo para pensar que Fernando estuviese enamorado de ella.

Después de comer, Lady Mendiola se retiró al carruaje para echar una siesta, mientras que los gemelos, Paula Maria y Carolina corrieron a jugar. Marcia le pidió a Sir Fernando que la acompañara a dar un paseo y Leticia decidió caminar también, sin importarle en qué dirección, con el único propósito de alejarse de los demás. Se encontró con un sendero estrecho que acabó conduciéndola hasta un bonito arroyuelo. Se sentó sobre una roca, mirando el correr del agua, y se recordó que a ella le daba lo mismo que Marcia persiguiera a Sir Fernando con avidez.

Prefirió pensar en la dote española, en la alegría que se llevaría al descubrir la otra mitad del mapa, lo maravilloso que sería descubrir el tesoro y tocar el leopardo de oro macizo...

-¿Pensando en las musarañas? -la voz de Fernando la despertó de sus ensueños.

-¿Qué haces aquí? -preguntó Leticia.

-Te estaba buscando -reconoció mientras tomaba asiento en una roca junto a ella -.Perdona si te he asustado, creía que me habías oído llegar.

-Estaba pensando en la dote.

-Da la impresión de que tenemos bastante trabajo por delante. No pensé que fuera a costarnos tanto inspeccionar la biblioteca.

-Nos llevará algo de tiempo.

-Espero que no tengamos muchas salidas como la de hoy.

-Me sorprende verte aquí. ¿No estabas con Marcia? -preguntó Leticia entonces, esbozando una tenue sonrisa.

-Lo estaba. Gracias a Dios se cansó pronto y la he podido dejar junto a su madre -contestó Fernando, también sonriente. Luego, después de unos segundos en silencio, añadió-: ¿Qué es lo que he hecho?, ¿te he ofendido? ¿Estás molesta por el coqueteo de Marcia? Sabes de sobre que no...

-No es por Marcia -atajó Leticia-. Yo... bueno, tenemos que concentrarnos en encontrar el mapa. Eso es lo importante.

-No es la única cosa en nuestras vidas.

-Puede que no. Pero tampoco quiero que nadie me arruine la vida.

-¿Arruinarte la vida? -preguntó él, desconcertado-. De qué estás hablando, Leticia?

-Creo que lo sabes.

-¡Yo nunca te haría daño! Tienes que saberlo. ¿Todavía desconfías de mí?, ¿crees que intento robarte el tesoro? Te aseguro que ni se me ha ocurrido. Me da igual...

-¡No es eso! No me preocupa perder la dote -Leticia se puso de pie-. Por favor, ¿podemos volver con los demás?

-No hasta que me digas cuál es el problema -Fernando se levantó también y la agarró por un brazo.

-¡No hay ningún problema! -Leticia se liberó y echó a andar.

-¿Crees que soy idiota? De pronto me odias, ¿y dices que no hay ningún problema?

-Yo no te odio.

-Entonces, ¿por qué me rehuyes?

-¡No te estoy rehuyendo! -Leticia se detuvo y lo miró a los ojos.

-Pues me habré equivocado -dijo Fernando con sequedad-. Últimamente me equivoco mucho: yo creía que sí, pero resulta que no me rehuyes, no me odias y que no hay ningún problema.

-Está bien, si te empeñas, no es nada que me hayas hecho a mí en concreto -contestó Leticia-. Es tu comportamiento con ...¡maldita sea, Fernando! ¿Cómo puedes tener esa casa?

-¿Qué? -preguntó él boquiabierto-. ¿De qué estás hablando?

-De Silverwood, por supuesto. ¿Cómo puedes haberla puesto ahí, a un tiro de piedra de Haverly House?

-¿Estás disgustada por dónde he puesto a los niños?

-Sí. Malo es que todo el mundo sepa que tú... ¡Pero insultar a tu madre de ese modo! Y a tu abuela también.

La expresión de Fernando cambió por completo.

-¿Por eso me has estado evitando? -preguntó decepcionado-. ¿Por qué les he dado una caso a esos chicos?

-No, no porque les des un techo. Eso te honra.

-Gracias. Tu entusiasmo me abruma.

-¡No esperaras que te adule por lo que no es sino tu obligación! -espetó Leticia-. Lo que no comprendo es cómo tienes a los chicos junto a la casa de tu madre. Es una vergüenza para ella.

-No todas las mujeres son como tú. Lo creas o no, mi madre está muy orgullosa de mí -replicó Fernando-. Es verdad que hay personas arrogantes que piensan que esos chicos deberían estar escondidos en alguna parte. Pero nunca imaginé que tú serías una de ellas. Está claro que me equivocaba.

-¡Por supuesto que te equivocabas! ¿Cómo quieres que apruebe que críes a esos niños frente a la casa de tu familia? -explotó Leticia.

-O se, que me honra darles cobijo, pero soy un canalla por tenerlos cerca de casa.

-No, tenerlos cerca de casa es una falta de respeto hacia tu madre y tu abuela -contestó Leticia, colérica-. Lo que es de canallas es haber traído al mundo a esos niños.

-Entiendo -dijo Fernando, comprendiendo por fin el malentendido-. ¿Y cómo te has enterado de todo eso?

-Lo sabe todo el mundo. A mí me lo contó tía Alicia.

-Y tú la creíste, claro.

-Al principio, no -contestó ella-. ¡Pero no has hecho el menor esfuerzo por ocultarlo!

-No. Es que no me avergüenzo de Silverwood.

Leticia sintió que se le iban a saltar las lágrimas, así que echó a andar de nuevo. Se negaba a que Fernando la viese llorando por él.

Éste la siguió al cabo de unos segundos, guardando cierta distancia, sin intentar darle alcance. Leticia siguió caminando sin apenas contener las lágrimas. Había esperado que Fernando le diera alguna explicación, pero le había dicho bien claro que no se avergonzaba de Silverwood.

Continuó andando, tratando de olvidarse de que Fernando la seguía. Por suerte, ya estaban llegando al roble con los demás. Leticia aceleró el paso...

Y, en ese momento, un grito desgarró el aire.

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