Thursday, February 17, 2011

FF: La dote Española- capitulo 14












Capítulo 14

Abrió la boca y colocó ambas manos sobre sus mejillas. Sus labios se juntaron, sus lenguas se enlazaron con fervor. Fernando la atrajo hacia su pecho, le acarició la espalda con una mano y recorrió sus pechos, su cintura y sus piernas con la otra. Leticia arqueó la espalda, gimió de placer, sintió como si la pasión fuera a engullirla por completo y su cuerpo no le perteneciera. Una sensación que lejos de darle miedo, le resultaba excitante, como si estuviese entrando en un mundo que jamás había pisado.

Fernando le desabrochó el corpiño, le acarició los senos por encima del sostén mientras marcaba un reguero de besos hacia su oreja. Comenzó a mordisquearle el lóbulo mientras le pellizcaba los pezones hasta endurecérselos. Leticia notó el calor húmedo que había anegado el vértice de sus piernas, apenas tenía resuello.

-Leticia -susurró él mientras le besaba el cuello. La cambió de postura, de modo que la espalda de Leticia se recostara sobre su pecho y ella notase en las nalgas la presión contenida de su erección. Luego introdujo las manos bajo sus faldas y empezó a subir por los muslos hasta apoderarse del centro cálido de Leticia.

Siguió besándole el cuello, la despojó de la camisa de algodón y empezó a lamerle los pezones sin dejar de frotarle con los dedos la puerta de su feminidad.

De pronto, el caballo relinchó y los despertó de su apasionado arrebato.

-¡Dios! -murmuró Fernando mientras retiraba a su pesar la mano de entre las piernas de ella-. Podría vernos cualquiera.

-Lo siento -se disculpó Leticia, colorada de vergüenza-. No debería haber...

-No -atajó él-. No ha sido culpa tuya, sino mía. Intento convencerte de que no trato de seducirte y luego me tiro sobre ti como una bestia hambrienta. Está claro que no puedo controlarme cuando estoy contigo.

-A mí me pasa lo mismo -admitió ella-. Fernando... ¿tan malo es lo que estábamos haciendo? -añadió mientras se abrochaba el corpiño.

-¿Malo? ¡No! No creo que sea malo. Pero no es el momento ni el lugar adecuados. Creo que lo que quiero hacer contigo es estupendo, pero puede que no todo el mundo piense lo mismo.

-Eso es verdad...

-Leticia, yo no quiero hacerte daño de ningún modo. NO quiero que te sientas triste ni que puedan pensar mal de ti -le dijo Fernando, agarrándole la barbilla-. Te deseo como no he deseado a ninguna mujer, pero la decisión es tuya. Me niego a aprovecharme de ti.

-No sé cómo he podido pensar tan mal de ti -Leticia sonrió-. Eres un hombre muy bueno.

-Hay muchos que no piensan igual, pero me doy por satisfecho con que tú lo creas -Fernando le dio un beso suave en los labios y luego tomó las riendas del caballo-. Y ahora será mejor que hablemos de otras cosas... o no lograremos llegar a casa -concluyó con voz ronca.

Esa noche, Leticia se puso el vestido que le había regalado Lady Teresa el día anterior. Paula Maria y Carolina la ayudaron a peinarse y, cuando por fin salió a cenar, el rostro de Lady Teresa se iluminó. Lady Mendiola comentó lo bien que le quedaba. Y hasta tía Alicia y Marcia la miraban como si no la conocieran.

-¿Intenta poner a prueba mi autocontrol, señorita Padilla? -le susurró Fernando al oído en el salón, cuando hubieron terminado de cenar.

-Por supuesto, señor. Esa es la idea -repuso Leticia con coquetería.

Durante los siguientes días, trabajaron con ahínco en la biblioteca, pretextando que Sir Fernando había decidido catalogar los libros de la familia y que Leticia estaba dispuesta a ayudarlo. Desaparecidas sus sospechas sobre Fernando, la búsqueda dejó de ser tediosa.

Por las tardes solían hacer una pausa para dar una vuelta a caballo. Marcia intentaba acompañarles a menudo, pero Sir Fernando aprendió a desembarazarse de ella con gran elegancia.

Cabalgaban sin un rumbo fijo, pero la mayoría de los viajes acababan en las ruinas de un antiguo monasterio.

-Si quisiera esconder un tesoro -comentó Fernando mientras se apeaba del caballo-, éste es el sitio que elegiría.

-Sí -convino Leticia, fascinada por la paz y la belleza del lugar-. ¿Crees que la dote de Julieta está aquí?

-No me extrañaría -Fernando se encogió de hombros-. Pero no sabemos por dónde empezar a excavar... si es que de veras lo enterró.

-¿Qué quieres decir?, ¿qué podría haberlo escondido en una habitación secreta del monasterio?

-No cabe duda de que imaginación no le falta -Fernando sonrió, la abrazó y contuvo las ganas de besarla.

Por primera vez en toda su vida, no sabía lo que sentía. Quería hacerle el amor, de eso estaba seguro. Pero no quería arriesgarse a deshonrarla. De modo que la única solución aceptable para acostarse con ella y no arruinar su reputación era el matrimonio. Estaba convencido de que la vida nunca sería aburrida teniendo a Leticia como compañera. Y sería una relación apasionada, al principio por lo menos. Y si con el paso del tiempo la llama de la pasión se apagaba, seguiría siendo una mujer inteligente y una amiga inestimable. Al fin y al cabo, en algún momento tendría que casarse para perpetuar el apellido de los Mendiola. Por otra parte, Leticia provenía de una buena familia, por raros que fueran los Padilla en ocasiones.

No tenía dinero, pero eso no le importaba. Puede que a la mayoría le pareciese más guapa una mujer como Marcia, pero Leticia era infinitamente más bella para él. Y si acababa teniendo hijos con ella, serían inteligentes, divertidos, cariñosos...

Se detuvo al advertir que estaba pensando en casarse. Nunca antes se lo había planteado siquiera. Por el contrario, siempre había pensado que prefería seguir soltero. Jamás había creído que podría amar a una mujer y ser feliz casado con ella. Hasta conocer a Leticia.

En cualquier caso, debía ir despacio y no hacer nada h asta no tener claro qué debía hacer. Por mucho que la deseara y que le costara no besarla ni acariciarla, decidió contenerse.

-Será mejor que volvamos o no llegaremos a la hora de la merienda -dijo por fin después de soltarla.

-Sí -Leticia sonrió y ambos echaron a andar hacia los caballos-. Ya sé que estás ansioso por hablar un rato con Marcia -lo provocó.

Fernando emitió un gruñido de disgusto. En vista de lo inaccesible que se estaba mostrando con Marcia, ésta aprovechaba cada reunión familiar para sentarse a su lado, tratando de monopolizar su atención.

-¡Qué cruel eres! -bromeó él-. Nunca haces nada para ayudarme, me he dado cuenta.

Ya eres mayorcito -respondió Leticia riéndose, mientras Fernando la ayudaba a montar-. Estoy segura de que sabes manejar a una mujer que no llega al metro sesenta.

-Puede que no sea tan alta, pero en casa llega a todas partes.

Con el paso de los días, fueron perdiendo la esperanza de encontrar el Libro de la Reina . Ya habían mirado la mayoría de los estantes y sólo quedaban por revisar los que contenían los libros más recientes.

-No va a estar aquí -dijo Fernando.

-¿Hay algún otro sitio donde tu familia puede haber puesto algún libro? -preguntó Leticia.

-Mi padre y mi abuelo no eran grandes amantes de la lectura. Supongo que pueden haber almacenado algunos libros viejos en el desván. Al fin y al cabo, su interés por la biblioteca era meramente estético -dijo él-. Lo malo es que es posible que hasta los hayan tirado. No sé, le preguntaré a mi madre a ver si recuerda algo.

Era frustrante no obtener recompensa alguna con todo lo que habían trabajado. Sin la segunda parte del mapa no podrían encontrar el tesoro y, lo peor de todo, si dejaban de buscarlo, Leticia regresaría a su casa.

Esa tarde, antes de cenar, Fernando entró en la habitación de su madre.

-¡Fernando, cariño! -exclamó Lady Teresa mientras una doncella le ponía horquillas en el pelo-. ¡Qué sorpresa tan agradable! ¿Recuerdas cuando eras pequeño y venías a verme mientras yo me preparaba para bajar a cenar?

-Por supuesto, es uno de mis mejores recuerdos de la infancia.

-Ven, siéntate -Teresa apuntó hacia la silla que tenía al lado-. Termina con las horquillas y luego puedes marcharte. Ya te llamaré cuando vaya a vestirme -le dijo a la doncella.

Charlaron de todo y nada durante unos minutos, hasta que por fin se quedaron a solas.

-Bueno, ¿qué te trae por aquí? -le preguntó Teresa a su hijo-. ¿Es por la señorita Padilla?

-¿Por Leticia? -exclamó él-. ¿Por qué dices eso?

-No soy ciega, Fernando. Te pasas el día con ella en la biblioteca, salís a montar a caballo, me pediste que encargara ese vestido y que se lo regalara como si lo hubiera comprado para mí -contestó Lady Teresa-. Lo que quiero decir es que no debes hacerla concebir esperanzas, o le romperás el corazón y harás que todos se rían de ella y la compadezcan.

-¡Yo jamás le haría algo así a Leticia!

-Entonces ¿qué piensas? ¿Es que vas a casarte con ella?

-¿Por qué lo dices como si fuese una idea tan descabellada? ¿No llevas años pidiéndome que me case?

-Por supuesto que sí. Y te aseguro que la señorita Padilla me parece agradable, una mujer buena y eficiente. De buena familia...

-¿Pero?

-Pero no es la mejor candidata posible. He oído que su familia está en la ruina. ¡Y su tía y su prima son insoportables!

-Nosotros también tenemos algunos parientes poco presentables -respondió Fernando-. Y no busco dinero en una esposa. La señorita Padilla es única, me gusta. Jamás me había sentido atraído por una mujer de este modo.

-Fernando... ¿hablas en serio? -preguntó Lady Teresa, asombrada-. ¿Estás pensando en casarte con la señorita Padilla de verdad?

-¡No lo sé! -contestó él-. Sé que me gusta estar con ella. Pero no la estoy alentando en ese sentido. Estamos trabajando juntos en un proyecto. Por eso pasamos tanto tiempo juntos.

-¿Un proyecto?, ¿de qué estás hablando? -quiso saber Lady Teresa.

-Tiene que ver con nuestros antepasados. Con la enemistad que ha separado a nuestras familias durante tantos años -respondió Fernando-. De hecho, por eso he venido a verte. Necesito que me digas una cosa: ¿te suena que esta casa haya un libro titulado El Libro de la Reina ?

-No, pero ya sabes que no sé muy poco de libros -Lady Teresa frunció el ceño-. ¿Por eso habéis pasado tanto tiempo en la biblioteca?

-Sí, pero no lo hemos encontrado -Fernando suspiró.

-¿Por qué no miráis en el desván? Puede que allí haya más libros... aunque yo nunca he llevado ninguno. Déjame que lo piense. Igual recuerdo algo.

Fernando le dio las gracias a su madre, salió de su dormitorio y fue al de su abuela, que ya estaba vestida para bajar a cenar.

-¿Cómo por aquí, jovenzuelo? -preguntó Lady Mendiola, sorprendida por la inesperada visita de su nieto-. ¿Ya te has decidido por esa chica?

-¿Qué chica?

-No intentes engañarme, sabes de sobra que me refiero a la señorita Padilla -repuso Lady Mendiola-. Parece que estás enamorado de ella.

-No lo estoy -contestó él.

-¿Quieres decir que no te parece la mujer adecuada para casarte?

-Cuando decida casarme, te prometo que serás la primera en saberlo. Bueno, puede que la segunda.

-La tercera, más bien. Bueno, si no querías mi consejo sobre la señorita Padilla, ¿Qué te trae hoy por aquí?

-Leticia y yo estamos tratando de localizar un libro sobre una reina, o varias. De hace unos doscientos años -contestó Fernando-. ¿Te suena de algo que pueda orientarnos?

-La verdad es que no... ¿doscientos años? -repitió Lady Mendiola-. ¿Quién te dice que lo hemos conservado?

-Tengo la esperanza de que sea un libro valioso.

-No creo que fuera valioso para mi difunto esposo. Su padre lo presionó tanto para que leyera cuando era pequeño, que juró no volver a leer un libro de mayor. Y creo que cumplió su palabra -Lady Mendiola se detuvo-. ¿Sabes? Ceo que tía Liliana podría echarte una mano.

-¿La tía del abuelo? Pero, abuela, la última vez que fui a verla no me reconoció siquiera, ¿Cómo va a acordarse de un libro de su infancia?

-No lo sé. La gente recuerda las cosas más extrañas. Sobre todo, cuando se hace vieja -contestó Lady Mendiola-. A veces se acuerdan mejor de las cosas lejanas que de lo que ha ocurrido esa misma mañana. Inténtalo: a ella le gustaba mucho leer.

-Gracias, abuela. Sabía que se te ocurriría algo. -Fernando se puso de pie, le tomó una mano y le hizo una reverencia.

Luego salió de la habitación silbando, con los ánimos renovados. Puede que tía Liliane no fuese una gran baza, pero era mejor que nada. Y con la excusa de visitarla, podría pasar un agradable día con Leticia fuera de Haverly House.

-¿Tu tía abuela? -preguntó Leticia mientras el carruaje avanzaba por el sendero.

-No, mi tía bisabuela. Era la tía de mi abuelo.

-Tiene que ser muy mayor.

-Unos noventa años.

-Entonces ese posible que sepa algo de El Libro de la Reina. -dijo Leticia, esperanzada.

El viaje hasta la casa de tía Liliane duró tres agradables horas. Vivía en una casa muy antigua, cuya entrada era tan baja que Fernando tuvo que agacharse para entrar. Como también tuvo que encogerse al subir las escaleras que daban al dormitorio dela tía Liliane, pues el techo descendía allí hasta una altura que apenas le permitía a Leticia permanecer estirada.

-Vino a esta casa después de quedarse viuda. No soportaba a la esposa de su hijo y se negó a vivir con ellos -comentó Fernando en alusión a tía Liliane-. Yo solía venir de visita. Me encantaba. Tenía todo tipo de libros y me dejaba hacer lo que quisiera. Comíamos a cualquier hora...

-Parece que la querías mucho.

-Y la quiero -afirmó Fernando-. Pero es una lástima. Con lo inteligente que era y ahora apenas sabe quién soy yo.

Una doncella los condujo a un dormitorio, donde una anciana bajita y corcovada los esperaba con ilusión. Tenía el pelo totalmente blanco y estaba cruzada de brazos.

Tía Liliane los miró unos segundos y luego los invitó a que se sentaran haciendo un gesto con una mano. Fernando le corrió una silla a Leticia y luego tomó asiento él.

-¿Rosemary? -preguntó la mujer.

-No, señora... Yo soy Leticia.

-Tía Liliane, permíteme que te presente a Leticia Padilla.

-¡Padilla! -exclamó la anciana, indignada-. ¿Una Padilla en mi casa?

-No, tía. He dicho Ferrere -improvisó Fernando-. Leticia Ferrere.

-Ah -dijo tía Liliane-. Hacía mucho que no venías a verme, Edward.

-No, tía. Soy Fernando, el nieto de Richard.

-Richard no es tan mayor como para tener un nieto -contestó ella, recelosa.

-Hemos venido a preguntarte por un libro, tía -prosiguió Fernando.

-¿Un libro?, ¿qué libro? -preguntó tía Liliane, desconcertada.

-¿Recuerda la biblioteca de Haverly House? -terció Leticia.

-¡Pues claro que la recuerdo!, ¡qué pregunta más tonta!

-Lo siento. Es que no la conozco mucho.

-Cierto, no me visitas tanto como tu hermana.

-Ya... -Leticia se quedó pensando un segundo-. Pero mi hermana me habló una vez de un libro del que usted la había hablado a ella. Un libro sobre reinas.

-¿Sobre reinas? , ¿qué reinas?

-No estoy segura. Es un libro antiguo, estaba en la biblioteca de Haverly House -contestó Leticia-. Mi hermana lo llamó El Libro de la Reina .

Tía Liliane enarcó ambas cejas y soltó una risotada:

-¡Ah!, ¡haberlo dicho antes! ¿Queréis que os hable del libro de la Reina? Pues yo os lo cuento todo.

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