Saturday, February 12, 2011

FF: La dote Española- capitulo 5

Capítulo 5

-¡Sir Fernando! -exclamó Leticia.

-Señorita Padilla, es un placer verla de nuevo -repuso Mendiola.

Leticia era consciente de que estaba sudando, estaba llena de polvo y despeinada.

-Es... una sorpresa, Sir Fernando. No esperaba volver a verlo, menos aún aquí.

-Volvía a casa y me pareció que Dunsleigh sería un lugar agradable para hacer una parada -explicó él.

Pero Leticia sabía que Dunsleigh no estaba de camino a Haverly House. Era obvio que mentía y que había ido para hablar del tesoro.

-Por favor, disculpe mi apariencia -murmuró Leticia cuando Mendiola se acercó.

-No hay por qué disculparse. Está usted fabulosa, como siempre.

-Yo... permítame que le presente a mis hermanos -dijo ella, azorada-. Mi hermano Tomas, Lord Chesilworth, y su hermano gemelo, Jaime. Y esta es mi hermana, Paula Maria Padilla. Chicos, os presento a Sir Fernando Mendiola.

-¡Qué calor hace aquí! -se quejó Marcia-. Leticia, no entiendo cómo lo aguantas. Te juro que yo me desmayaría.

-Ve abajo si lo prefieres. Allí se está más fresco -respondió Leticia.

-Sí -Marcia esbozó una dulce sonrisa y se dirigió a Sir Fernando-. Será mejor que volvamos a casa. Leticia y los chicos se unirán a nosotros cuando hayan terminado.

-Gracias por su interés, señorita Villaroel -contestó Sir Fernando-. No deje de irse a casa si se encuentra mal. Pero yo me quedaré aquí. Parece que a la señorita Padilla le puede venir bien un poco de ayuda.

-¿Los va a ayudar a limpiar el desván? -preguntó Marcia, atónita.

-Si eso es lo que están haciendo, sí.

-Pero.... no puedo volver sola a casa -protestó ella.

-Su mozo espera abajo.

-Sí, pero no es lo mismo. Quiero decir...

-Si te da miedo volver con Jessup -sugirió Paula Maria, toda inocencia-, puedes esperarnos abajo. Estoy segura de que terminaremos dentro de unas horas, ¿verdad, Lety?

-Sí -confirmó ésta-. Creo que es una excelente idea.

Marcia lanzó una mirada fulminante a sus primos, elevó los bajos del vestido, sacó un pañuelo, limpió mínimamente el polvo de un baúl y se sentó encima.

-¿Por dónde empezamos, señorita Padilla? -preguntó Sir Fernando.

-Por... acabo de terminar con este baúl, e iba a empezar con el de al lado. Si quiere, puede ocuparse de aquél -contestó Leticia, indicando hacia un baúl que había en el otro extremo.

-Por supuesto -pero se acercó al baúl que había justo junto a Leticia.

-¿Ha decidido creerme por fin? -le preguntó ella.

-Nunca desconfié de usted, señorita Padilla. Pero pensaba que la habían engañado.

-¿Y qué le ha hecho cambiar de opinión?

-No estoy diciendo que exista ningún tesoro, ni que vayamos a encontrar esas cartas que supuestamente nos conducirían hasta él -contestó Sir Fernando en voz baja, para que Marcia no pudiese oírlo-. Digamos, simplemente, que no lo descarto del todo de momento.

Lo cierto era que seguía pareciéndole una idea absurda, pero se había aburrido en la casa de Lady Arrabeck tras la marcha de Leticia, en cuyos grandes, grises e inteligentes ojos no había podido dejar de pensar.

-Estoy segura de que pronto se convencerá de que lo que digo es cierto -afirmó ella-. En cuanto lea los diarios de Julieta, no le cabrá la menor duda.

Siguieron vaciando los baúles, inspeccionando el contenido de todas las cajas y desdoblando todos los vestidos, para asegurarse de que las cartas no estaban dentro.

-¿Se puede saber qué hacéis? -gruñó Marcia. No comprendía a Sir Fernando en absoluto. Se había llevado una gran alegría cuando el mayordomo había anunciado su visita, convencida deque había ido a verla a ella.

Pero no había parado de preguntar por Leticia y no entendía por qué seguía con ésta en el desván de Chesilworth, tirado entre baúles viejos y riéndose con su prima de cosas a las que Marcia no le veía la gracia.

-¿Qué estás buscando entre estos trastos? -insistió Marcia, dirigiéndose a su prima.

-Se me ocurrió que podría encontrar algo interesante -repuso Leticia con vaguedad.

-Pero estás haciendo que Sir Fernando se ensucie.

-No me importa, señorita Villaroel -aseguró él-. Me estoy divirtiendo mucho.

Y lo curioso era que de veras se estaba divirtiendo. Nunca lo había hecho y le resultaba muy entretenido explorar los objetos antiguos del desván, compartir con Leticia el interés por aquellas cartas y escuchar fragmentos de los diarios de Julieta.

-Este calor es insoportable. Me bajo -resolvió Marcia, harta del comportamiento de Sir Fernando.

-Muy bien, Marcia -dijo Leticia en tono amistoso-. Lo que tú prefieras.

-Buenos días, señorita Villaroel -se despidió Mendiola sin más, distraído por un pequeño fajo de cartas, amarilleadas por el paso del tiempo, que había visto en una esquina del baúl-. Leticia -susurró él, llamándola por su nombre de pila, a pesar de lo poco que se conocían.

Esta se giró y sintió que el corazón se le disparaba al agarrar el fajo de cartas. Luego, nada más ver la caligrafía de los sobres, suspiró decepcionada.

-Es la letra de Edna Padilla -informó Leticia.

-¿Otra vez? ¡qué pesada! -refunfuñó Tomas-. Creía que de verdad habías encontrado algo.

-No, me temo que las cosas de estos baúles son demasiado recientes todavía -comentó Leticia.

-¿Por qué no nos saltamos unos cuantos hasta llegar a los más antiguos? -propuso Sir Fernando.

-Ya lo habíamos pensado. Pero, por desgracia, no están en perfecto orden.

Siguieron registrando cuanto iban encontrándose en los baúles. El mozo de Marcia los interrumpió en dos ocasiones, para comunicarles el deseo de esta de regresar a casa, pero no pararon de buscar hasta que el sol dejó de entrar por las ventanas del desván y se hizo imposible continuar trabajando.

Una vez afuera, el mozo de Marcia les acercó los caballos. Esta montó con ayuda del mozo, pero Sir Fernando dijo que iría paseando, llevando al caballo de la rienda, dado que los Padilla irían todos a pie.

Cuando llegaron a Villaroel House, se encontraron casualmente con tía Alicia, la cual estuvo a punto de desmayarse al ver el aspecto con el que llegaba Sir Fernando.

-¡Santo Cielo! ¿No... no quiere pasar? -le ofreció ella, tratando de no pensar en lo mucho que se ensuciarían de polvo sus sillas si Sir Fernando se sentaba en una de ellas.

-No, no. Debo regresar a donde estoy alojándome. Necesito cambiarme y tengo allí toda mi ropa -se excusó él.

-¿Entonces no se queda con nosotros? -preguntó tía Alicia, desencantada.

-Imposible. Pero les prometo que mañana les haré una nueva visita -dijo Sir Fernando.

Luego, cuando éste se hubo alejado, tía Alicia entrelazó las manos sobre su regazo en aparente éxtasis.

-¿Podéis creerlo? Sir Fernando Mendiola en Dunsleigh... ¡y sin más propósito que visitarnos! -exclamó eufórica-. Marcia, ha sido maravilloso. No podía separarse de ti.

-Seguro que se ha marchado por tu culpa, Leticia -la acusó su prima-. Se habría quedado a cenar por lo menos si no le hubiera dado miedo que lo cazaras y lo pusieses a trabajar otra vez.

-Yo creo que tenía miedo de otro tipo de trampas -replicó Leticia, lanzándole una mirada desafiante.

-¿cómo te atreves? -gritó Marcia, indignada-. Está claro que Sir Fernando ha venido porque no aguantaba más tiempo lejos de mí. Espero que no te estés engañando, pensando que ha venido a verte a ti.

-Yo no me engaño, tranquila -contestó Leticia sin alterarse-. Y ahora, si me disculpáis, tengo que darme un baño.

Y se marchó, dejando a Marcia con la palabra en la boca, mirándola alejarse con desconfianza.

Sir Fernando regresó al día siguiente a primera hora. Tía Alicia no se molestó en comunicárselo a Leticia, de modo que ésta no se enteró de que estaba allí hasta que Paula Maria entró corriendo a su habitación para decírselo.

-¡Esa mujer es una bruja! -exclamó ésta, enfurecida-. Está intentando apartarlo de ti cuando sabe de sobra que no es a Marcia a quien ha venido a ver.

-No creas -Leticia trató de apaciguar a su hermana-. Seguro que tía Alicia piensa que Sir Fernando está aquí por Marcia. Ya sabes cómo estima la belleza de su hija. En cuanto ve a una persona con pantalones, ya piensa que está enamorada de Marcia.

-Tiene una capacidad increíble para engañarse -convino Paula Maria-. Y estoy segura de que no te ha anunciado la llegada de Sir Fernando adrede.

-Ya sabemos que a nuestra tía no le gusta compartir -comentó Leticia-. Pero creo que esta vez ha dado con alguien que está todavía más acostumbrado que ella a salirse con la suya. Y dado que, como sabemos, Sir Fernando no ha venido aquí porque arda en deseos de ver a nuestra querida prima, será interesante ver qué sucede -añadió sonriente.

-Eso es verdad -dijo Paula Maria-. Es un hombre atractivo, ¿verdad? -añadió mientras se sentaba en la cama junto a su hermana.

-¿Sir Fernando?

-¡Pues claro! ¿de quién si no voy a estar hablando?

-Es atractivo -respondió Leticia, sin aparentar especial interés.

-¡Vamos, Lety! -exclamó la hermana-. Todavía no eres una vieja solterona, por más que intentes disfrazarte como si lo fueses. Y sir Fernando también lo sabe -sentenció Paula Maria.

Entonces llamaron a la puerta y una de las doncellas asomó la cabeza:

-La señora Villaroel quiere que baje al salón, señorita Padilla -anunció Janie- He oído que cierto hombre pregunto por usted -añadió, sonriente.

-Gracias, Janie -Leticia intercambió una mirada cómplice con su hermana y se levantó para bajar.

Poco después, Sir Fernando pareció aliviado al verla entrar en el salón.

-Señorita Padilla, me alegra ver que está bien.

-Sí... ¿por qué no iba a estarlo?

-Su tía me ha dicho que quizá se encontraba algo indispuesta -replicó él con ironía, mientras se acercaba a Leticia, para tomar su mano y hacerle una reverencia.

-No, tía Alicia -Leticia sonreía a su tía-. Te agradezco que te preocupes por mí, pero estoy perfectamente, igual que cuando bajé a desayunar.

-Estaba contándole a su tía y a su prima lo mucho que me entretuve ayer en Chesilworth -comentó Sir Fernando-. Me gustaría mucho volver.

-¿De veras? Entonces podríamos acercarnos esta misma tarde -sugirió Leticia.

-Me encantaría.

-Sir Fernando, le aseguro que hay infinidad de lugares mucho más interesantes que esa casa destartalada -terció Marcia-. Habrá visto que se está cayendo a trozos.

-Si, admiro las casas antiguas -contestó Sir Fernando con suavidad-. Nada me fascina más que las cosas con historia.

-De veras, Sir Fernando, estoy segura de que hay un sinfín de excursiones que le resultarían más enriquecedoras y agradables -insistió Marcia, la cual pasó lista a las distintas actividades que podían realizar por los alrededores.

-Me ofrece usted opciones tentadoras, señorita Villaroel. No sabía que Dunsleigh tuviera tantos atractivos -replicó él con una sonrisa cortés-. Sin embargo, esta tarde iré a Chesilworth con la señorita Padilla. Ahora, si me disculpan, tengo que ocuparme de un par de asuntos antes de la excursión a Chesilworth de esta tarde. Lamento tener que retirarme tan pronto -concluyó Sir Fernando.

Marcia y tía Alicia procuraron retenerlo, pero Mendiola insistió en que debía ausentarse.

-Está bien -acabó resignándose Marcia-. Pero tiene que venir a la fiesta de mañana por la noche.

-¿Qué fiesta?

Leticia era la primera que no tenía noticias de fiesta alguna, pero le costó no echarse a reír al ver la cara de espanto de Sir Fernando.

-Poca cosa, vivimos tan retirados... no será nada grande, como la reunión de Lady Arrabeck -contestó tía Alicia.

-Una fiesta pequeña con unos pocos amigos -añadió Marcia-. Diga que vendrá, Sir Fernando. Sería una desilusión tremenda para todos si no lo hiciese.

-Por supuesto -accedió él -. Me encantará asistir. Ahora, de veras, he de irme.

Le hizo una reverencia a tía Alicia, otra a Marcia, y, al llegar a Leticia, murmuró:

-Dentro de diez minutos en la fuente por la que pasamos ayer.

-Buenos días, Sir Fernando -respondió ella, sonriente-. Espero verlo pronto otra vez.

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