Thursday, February 17, 2011

FF: La dote Española- capitulo 13













Capítulo 13

Echaron a correr hacia el lugar de donde provenía el grito y enseguida vieron que alguien estaba ahogándose en el lago. La señorita Carmina, los gemelos y las dos jovencitas estaban gritando a la persona que estaba ahogándose. Una de las criadas tenía un ataque de histeria y otra se estaba remangando la falda para entrar en el agua. Los mozos se acercaban corriendo a la orilla mientras Lady Teresa y tía Alicia miraban horrorizadas. Hasta Lady Mendiola se había despertado y estaba mirando desde el carruaje.

-¡Levántate! -le gritó Tomas a su prima-. ¡Haces pie de sobra!

Fernando ya había alcanzado la orilla, se quitó las botas, entró en el lago y levantó en brazos a Marcia. El agua no le llegaba siquiera por la cintura.

-Gracias, Fernando. Me has salvado la vida -dijo ella mientras Mendiola la tumbaba en el césped.

-¡De verdad, Marcia!, ¡bastaba con que te pusieses de pie! -dijo Tomas, disgustado.

-Ese lago no tiene profundidad -añadió Jaime.

-¡Si casi me ahogo! -exclamó Marcia-. Seguro que fuisteis vosotros quienes me empujasteis.

-¿Qué?

-No seas idiota -la insultó Paula Maria-. Te resbalaste y te caíste tú sola.

-No, Noté que alguien me empujaba. No pude ver quién, pero seguro que fue uno de tus odiosos hermanos.

-Vamos, vamos. Nadie tiene la culpa -dijo Leticia con firmeza-. Estas cosas pasan, nada más -añadió mientras una de las criadas la secaba con una sábana.

-Leticia estaba convencida de que todo había sido una artimaña de su prima para que Fernando fuese a rescatarla. Pero, lógicamente, no podía demostrarlo.

-¡Marcia, mi vida! -exclamó tía Alicia mientras corría a abrazar a su hija-. ¿Estás bien? -preguntó, al tiempo que la apretaba contra su regazo teatralmente.

-Estoy bien, mamá, de verdad -aseguró Marcia.

-¿Por qué no nos apartamos y le dejamos espacio para que pueda respirar? -propuso Fernando.

-Buena idea -convino la señorita Carmina.

Todos retrocedieron unos pasos y se quedaron mirando a Marcia como si fuese una pieza de museo.

-Por favor, Fernando, ¿me puedes llevar hasta el carruaje? -le pidió ella entonces-. No creo que tenga fuerzas para llegar hasta allí.

Fernando no pareció muy entusiasmado, pero no pudo negarse; así que se arrodilló junto a ella y la levantó en brazos.

Había sido un día desastroso, pensó Leticia mientras iba hacia el carruaje con el resto de los allí presentes.

-Señorita Carmina -dijo entonces Leticia, sabedora del favor que le iba a hacer a su amiga-, dado que no vamos a caber todos en el carruaje ¿por qué no vuelve en el caballo de Marcia junto a Sir Fernando?.

-No sé si debo -se resistió Sarah, sólo por guardar las formas.

-Por supuesto que debe -terció Fernando-. La señorita Padilla ha dado con la solución ideal, como siempre. Venga conmigo, por favor.

Sarah acompañó a Sir Fernando encantada y Leticia subió al carruaje junto a Marcia.

-Me alegro por ella -dijo Teresa-. Seguro que le hace ilusión.

-Sí -convino Leticia, al tiempo que sonreía a su prima-. Todo ha salido perfecto, ¿verdad?

A la mañana siguiente, después de desayunar, Sir Fernando le preguntó a Leticia si quería que siguieran revisando la biblioteca. Ésta aceptó con frialdad y en seguida reanudaron la tarea que los había llevado a Haverly House.

Trabajaron toda la mañana y toda la tarde, haciendo un alto tan sólo a la hora de la comida. Resultaba extenuante. Podían pasar días hasta que encontraran el libro que buscaban... y cada segundo en compañía de Fernando era un tormento. Pensó con añoranza en los momentos que habían compartido en el desván, charlando y riendo alegremente... en contraste con la seriedad con que se trataban entonces.

Esa noche pidió disculpas y decidió cenar junto a los niños. No se sentía capaz de tener a Fernando a su lado y tampoco le apetecía ver a Marcia coqueteando con él todo el rato.

Se fue a su habitación poco después de que terminaran de cenar. No sabía en qué ocupar el resto de la velada, pero prefería estar a solas. De pronto, sin embargo, llamaron a la puerta.

-Adelante -dijo Leticia-. ¡Lady Teresa! -la saludó sorprendida.

-Hola, cariño. Quería asegurarme de que te encontrabas bien -la madre de Fernando llevaba un vestido en un brazo, pero no hizo mención al respecto-. Como no has bajado a cenar...

-Lo siento, no quería preocuparla. Es que mis hermanos están acostumbrados a que cenemos todos juntos y...

-No tienes por qué darme explicaciones -le aseguró Lady Teresa-. Lo entiendo. Pero no he venido sólo por eso. ¿Puedo poner esto en la cama?

-Sí, por supuesto -contestó Leticia-. ¡Qué bonito! -exclamó con suavidad después de que Lady Teresa lo extendiera.

-¿Te gusta? Me alegro -respondió ésta, sonriente.-. Lo encargué hace unas semanas y me ha llegado hoy. Pero me lo he puesto y no me convence como me queda. Es demasiado grande para Carolina, así que se me ha ocurrido que quizá te siente a ti bien.

-¿A mí?

-Sí, somos de la misma altura más o menos, pero a ti no te quedará prieto.

-Yo... -Leticia miró el vestido. Estaba deseando probárselo, pero no le parecía bien aceptar el regalo-. No querrá dármelo así sin más.

-¿Y qué otra cosa voy a hacer? Yo no me lo voy a poner.

-Pero seguro que hay alguien a quien podría dárselo...

-¿A quién? Eres la única que se me ha ocurrido. Pero si no te gusta, tampoco quiero presionarte.

-¡No, no! ¡Si es precioso!

-Entonces, ¿por qué no te lo pruebas a ver cómo te sienta?

-De acuerdo -aceptó Leticia.

Lady Teresa la ayudó a quitarse el vestido que llevaba y a ponerse el nuevo. Era como si lo hubiesen hecho a su medida.

-¡Te queda de maravilla! -exclamó Lady Teresa-. Muchísimo mejor que a mí. Por favor dime que lo aceptas.

-Sí -Leticia sonrió sin dejar de mirarse al espejo-. Gracias, Lady Teresa.

-Es un placer -respondió ésta, radiante.

A la mañana siguiente, no vio a Fernando en la mesa del desayuno, de modo que nada más terminar fue a la biblioteca a ver si ya estaba trabajando. Lo encontró allí, sentado en una silla y leyendo el periódico.

-Buenos días, señorita Padilla -la saludó con formalidad, al tiempo que se ponía de pie.

-Sir Fernando.

-Anoche no bajó a cenar. Espero que no se encontrara indispuesta.

-No, comí con los niños. No les he prestado mucha atención últimamente.

-Entiendo -se quedaron en silencio unos segundos-. Entonces... ¿nos ponemos a trabajar?

Subieron las escaleras y de nuevo se separaron. Leticia empezó a revisar una nueva estantería, pero en seguida tuvo la sensación de que alguien la estaba mirando. Se giró rápidamente y vio que, en efecto, Fernando la estaba observando.

-¿Sí? -preguntó ella con frialdad.

-¡Maldita sea!, ¡ya basta! -exclamó Fernando. Luego bajó las escaleras e hizo sonar una campanilla. Segundos más tarde, un criado apareció en la biblioteca y, después de hablar con su amo, volvió a salir-. Ya va siendo hora de que veas algo -añadió entonces, agarrando a Leticia por una muñeca, que también había bajado a la planta inferior.

-¿El qué? -preguntó ella, estremecida por el roce de su mano en torno a su muñeca. Tragó saliva y trató de aparentar aplomo-. ¿Qué haces?, ¿adónde vamos? -añadió mientras Fernando la sacaba de la biblioteca.

-Ya lo verás -contestó él, camino del establo-. Vamos a hacer una visita.

-¿Una visita? -repitió Leticia, perpleja-. Tenemos que trabajar.

-Pero no puedo hacerlo hasta que no hayamos arreglado esto.

-¿Qué hay que arreglar?

-¿Tienes que hacer tantas preguntas? -contestó Fernando, irritado.

-Es normal si te niegas a decirme adónde me llevas.

Un mozo estaba ensillando el caballo de Fernando. Cuando terminó, ayudó a que Leticia subiese al carruaje individual que había unido al animal y Mendiola empezó a galopar.

-No voy vestida para hacer una visita -protestó ella.

-Tranquila. Allí son muy informales. Si te dicen algo, te doy permiso para que cuentes cómo te he secuestrado.

-Lo haré -Leticia sonrió de mala gana.

Pero debía reconocer que era un placer estar tan cerca de Fernando, y a solas, en un día tan soleado como el que hacía. El viaje fue corto, en cualquier caso. No habían pasado más que unos minutos cuando llegaron a una casa rodeada de abedules. Había un grupo de niños jugando y todos saludaron a Fernando con entusiasmo nada más verlo.

-¿Estamos en Silverwood? -preguntó ella.

-Sí -Fernando mandó frenar al caballo- ¿Crees que manchará tu reputación?

Las mejillas se le encarnaron de ira y, a modo de respuesta, bajó del carruaje sin esperar a que él la ayudara.

-¡Fernando!, ¡Fernando! -el más pequeño de los niños corrió a abrazarle una de las piernas.

-Harry... me vas a tirar -dijo Mendiola, sonriente.

Los otros chicos estaban parados, mirando a Leticia con interés. Uno tenía un brazo amputado, otro una cicatriz que le atravesaba la cara. El mayor tenía dieciséis años... Luego Fernando había empezado cuando era muy joven, dedujo ella, que no le echaba más de treinta y cuatro años.

-Buenos días, chicos -los saludó Mendiola.

-Buenos días, Sir Fernando -respondieron todos. Fueron a recibirlo gustosos, aunque sin tanto entusiasmo como Harry.

-Quiero que conozcáis a alguien -Fernando les presentó a Leticia y los niños respondieron con una reverencia cortés.

Entraron en la casa, seguidos por los chicos, donde los recibió Sarah Carmina, un poco nerviosa por la inesperada visita.

-¡Sir Fernando! Qué sorpresa más agradable. Y la señorita Padilla.

-Señorita Carmina.

-SE me ha ocurrido traer a la señorita Padilla para que contemple con sus propios ojos tu excelente trabajo, Sarah -dijo Mendiola-. ¿Por qué no le enseñas la casa mientras yo juego un poco con los chicos?

-Por supuesto -la señorita Carmina sonrió-. Vaya a jugar con ellos, por favor.

Sarah condujo a Leticia a una primera aula, donde había tres niños de diversas edades estudiado. Dos de ellos se levantaron al verlas llegar. Pero el tercero siguió sentado, pues le faltaban las dos piernas.

-Aquí damos clases de matemáticas -explicó Sarah-. Chicos, ha venido Sir Fernando. Podéis salir a jugar con él si os apetece... Dennis, ¿no quieres salir a verlos? —añadió al ver que el niño lisiado no se movía.

-¿Para qué? -preguntó él.

-Bueno, sigue estudiando si lo prefieres -la señorita Carmina le dio una palmada en la espalda. Luego salieron al pasillo y susurró-. Dennis no ha superado todavía la pérdida de las piernas. Pero irá mejorando en cuanto lleve aquí un tiempo.

Entraron en otra aula, en la que había tres niños jugando bajo la atenta mirada de una mujer robusta. Era evidente que dos de ellos eran ciegos. Y el tercero, según le explicó Sarah, era sordo de nacimiento.

Leticia no podía explicarse cómo era posible que tantos de los hijos de Fernando tuviesen problemas físicos. Dos ciegos, un sordo, un niño sin piernas, un manco y un chico con una cicatriz en la cara... y todavía no había visto a todos.

-Estos niños tendrán una oportunidad gracias a Sir Fernando -comentó la señorita Carmina. Los ojos se le iluminaron y Leticia sospechó que Sarah tenía cierta inclinación romántica hacia su jefe.

-Sí, Sir Fernando ha hecho mucho por sus chicos -dijo Leticia con cautela.

-La mayoría de la gente no se fija en los niños así. Y aunque los vean tirados en la calle, pasan de largo. Pero Sir Fernando es el colmo de la amabilidad. No sólo los viste y los alimenta, sino que los educa y los visita de vez en cuando. Para hablar y jugar con ellos. Y eso es muy raro.

Leticia se sentía cada vez más inquieta. ¿Por qué sólo había chicos?

Entraron entonces en la cocina, donde una mujer estaba preparando un sabroso estofado, y se pararon a mirar por la puerta trasera, que daba a un jardín donde Fernando estaba echando un partido de cricket con los chicos.

-Hay muchos -murmuró Leticia.

-Sí -repuso la señorita Carmina-. Aunque Lionel nos dejará dentro de poco. Es muy inteligente y Sir Fernando le ha conseguido un puesto de aprendiz en la fábrica Wedgwood. Aún así, quedarán unas veinte.

-¿De dónde son? -preguntó Leticia mientras Sarah la llevaba a una pequeña habitación que ella usaba como despacho.

-De todas partes -Sarah la invitó a que tomara asiento-. John fue el primero al que acogió. Lo trajo cuando lo sorprendió intentando robarle la cartera. Podía haberlo mandado a la cárcel, pero pensó que él no tenía la culpa de verse obligado a rogar. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de Silverwood. Le pareció un sitio perfecto para educar a chicos desamparados. Así que compró esta casa y me contrató. Empezamos con cuatro niños, pero Sir Fernando no deja de recoger chicos abandonados. A Dennis lo descubrió mendigando en Manchester.

-Pero... me habían dicho que eran hijos ilegítimos de Sir Fernando -susurró Leticia.

-¡Malditos rumores! -exclamó la señorita Carmina, enojada-. La gente se empeña en creer lo pero de las personas.

Leticia notó que los ojos se lo poblaban de lágrimas. Sir Fernando estaba ayudando a unos pobres chicos sin hogar y ella le había dicho que Silverwood era una vergüenza para su madre y su abuela. Deseó que la tierra se la tragase.

Sarah siguió hablándole de los niños y de las asignaturas que ella les enseñaba, pero Leticia apenas registraba lo que oía, pues se sentía fatal por lo injusta que había sido con Fernando. Y cuando éste volvió a reunirse con ellas, no se atrevió ni a mirarlo a la cara.

Comieron al aire libre con los niños, los cuales parecían sentirse felices, a pesar de las deficiencias físicas de algunos y la humilde procedencia de todos. También la sorprendió la campechanería con que Fernando los trataba, acariciándoles el pelo y bromeando con ellos.

Después de la comida se marcharon. Leticia se despidió de la señorita Carmina y de los niños y subió al carruaje, ayudada por Fernando.

-Es evidente que te debo una disculpa -dijo ella mientras regresaban.

-No te he traído para que te disculpes.

-De todos modos, tengo que hacerlo. Estaba equivocada, te he insultado y te he culpado...cuando no te lo merecías. No me extraña que tu madre y tu hermana estén tan orgullosos de ti -aseguró Leticia-. ¿Por qué no me lo habías dicho?, ¿por qué no me lo explicaste el otro día?

-He descubierto que la gente sólo cree lo que quiere creer -contestó Fernando-. Lo que no deja de asombrarme es por qué siempre quiere creer lo peor.

-¡Yo no quería! -protestó ella-. Intenté no creerlo.

Fernando frenó, echó al caballo a un lado y la miró a la cara:

-Entonces ¿por qué lo creíste?, ¿por qué hiciste caso de los rumores?

-Tía Alicia me contó que eras un hombre lascivo, que hasta habías puesto una casa para tus hijos ilegítimos. Le dije que era ridículo, pero cuando llegamos a Haverly House, empezasteis a hablar de Silverwood y comprendí que era verdad que había una casa con niños. Luego...tu madre los llamó tus niños.

-No lo dijo en ese sentido -murmuró Fernando-. Sólo era una forma de hablar.

-Ahora me doy cuenta. Pero entonces sólo podía pensar que tía Alicia tenía razón...

-¿Cómo pudiste creer algo tan horrible de mí?

-¿Cómo querías que no lo creyese? -respondió Leticia-. La casa de la que me había hablado tía Alicia existía de verdad. Tu madre y tu hermana se referían a esos chicos como tus niños. ¿Qué querías que pensase?

-Podrías haberme preguntado -contestó él, furioso.

-No habría servido de nada. Si hubieses sido tan infame como llegué a creer que eras, ¿qué te habría impedido mentirme? -argumentó Leticia-. Además, sé que eres... un gran seductor. Yo... sé cómo besas y sé que eres capaz de que las mujeres sientan...

Leticia sintió una llamarada dentro del cuerpo. Apenas lograba respirar.

-Yo nunca he intentado seducirte. Pero no puedo dejar de tocarte -prosiguió él, mirándola a los ojos apasionadamente.

Le puso una mano detrás del cuello y se inclinó para besarla.

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