Sunday, February 13, 2011

FF: La dote Española- capitulo 7

Capítulo 7

-Tiene lógica, ¿no? -dijo Leticia.

-Muchísima: estoy seguro de que cualquiera confiaría en un hombre al que no conoce de nada, como David Miller, antes que en alguien a quien sí conoce, perteneciente a una de las familias más antiguas y honorables de Inglaterra y, no lo olvidemos, con tanto dinero que apenas notaría la diferencia por encontrar la dote española.

-¿Es que sólo los pobres tenemos tan pocos principios como para robar?

-Yo no he dicho eso. Sino que es más lógico sospechar de un desconocido que de mí.

-Tampoco lo conozco a usted -replicó Leticia-. De hecho, es probable que haya hablado más con el señor Miller, pues se quedó con nosotros varios días. Y lo que sí sé es que es usted un Mendiola y que estos no son amigos de los Padilla. Es usted al que no le gustan las coincidencias. ¿No le parece demasiada casualidad que hayan entrado en mi casa justo al día siguiente de su llegada?

-También es casualidad que haya ocurrido una semana después de que le contara al señor Miller dónde estaba buscando las cartas que dan acceso al tesoro -contestó Sir Fernando, indignado, aunque tratando de mantener la compostura.

-Cierto. Por eso quiero ser justa y no pienso acusar a nadie hasta que tenga alguna prueba para hacerlo. No me gusta especular con algo tan grave -dijo ella.

-Pues eso s justo lo que llevamos haciendo desde que hemos llegado. En realidad, no tenemos la menor idea de lo que anoche ocurrió aquí. Ni siquiera estamos seguros de que estuvieran buscando las cartas. Sólo podemos suponerlo.

-¿Está diciendo que piensa que es sólo una coincidencia¿

-No. Es una posibilidad, pero no es lo que creo -contestó Sir Fernando-. Creo que alguien vino en busca de las cartas y, con un poco de suerte, quizá no las encontrara. En cualquier caso, es imprescindible que las localicemos cuanto antes, ¿no le parece?

-Sin duda. Me alegra que estemos de acuerdo en algo. ¿Nos dejamos de conjeturas y nos ponemos a trabajar?

-De inmediato -Sir Fernando se quitó el abrigo y se remangó la camisa-. ¿Por dónde empiezo?

Trabajaron en silencio durante un tiempo, registrando a fondo cada caja y cada baúl, hasta que Paula Maria llamó la atención de todos:

-Mirad -les dijo, al tiempo que les enseñaba una falda y un corpiño-. ¿De cuándo es, Leticia?, ¿crees que es de un vestido de novia? -preguntó emocionada.

-Parece muy especial, desde luego -contestó la hermana mientras agarraba la falda para examinarla-. Desde luego es antigua. Puede que de los tiempos de Carlos I o Carlos II.

Leticia miró en el baúl de Paula Maria y sacó un zapato de terciopelo azul, bellamente bordado, con tacón alto y cuadrado.

-¿Te imaginas llevar algo así? ¡Es enorme! -le dijo Paula Maria a su hermana.

-Demasiado grande para ser de una mujer. Yo creo que perteneció a algún Lord Chesilworth -respondió Leticia.

-¿Eso? -preguntó Tomas -. Estás de broma, ¿verdad?

-La vestimenta de los hombres era mucho más colorida en aquel entonces -comentó Sir Fernando-. Tengo una foto de un antepasado con un zapato muy parecido. Todo su atuendo resultaba muy florido en comparación con la ropa de hoy día.

-¿Me puedo probar el conjunto? -preguntó Paula Maria, ilusionada-. Por favor, Leticia.

-Supongo que sí. Pero con mucho cuidado. Es ropa muy antigua.

-¡Me queda grandísimo! -lamentó Paula Maria después de que su hermana la ayudara a cambiarse tras unas cajas-. Póntelo tú. Seguro que a ti te queda perfecto.

Leticia accedió al capricho de su hermana.

-¡Lety...! ¡Estás preciosa! -exclamó Paula Maria. Luego tiró de ella para que la vieran Sir Fernando y sus hermanos-. ¡Mirad qué bien le sienta!

-Sin duda -dijo Mendiola, comiéndosela con los ojos.

Leticia era muy consciente del modo en que el corpiño elevaba sus pechos, de modo que quedaban parcialmente expuestos por arriba.

-Me niego a ser la única que se disfraza para ocultar el rubor de sus mejillas-. Pruébese esta capa, Sir Fernando -añadió tras sacar una prenda amplia, de anchas mangas y colores muy vivos.

Sir Fernando vaciló un segundo, pero accedió a probarse la capa. Leticia contuvo la respiración.

-Sólo le falta la espada y un sombrero con una pluma -comentó-. Venga, vamos a vernos en el espejo.

Leticia lo guió a través de los baúles y las cajas hasta un espejo situado en una de las paredes des desván. No se dio cuenta de que le había agarrada una mano par conducirlo hasta que vio sus manos entrelazadas, reflejadas en el cristal. Se la soltó de inmediato, como si quemase, y lo miró a los ojos, a través del espejo... en los cuales vio reflejada la misma llama que se había encendido dentro de ella. De pronto, deseó que Paula Maria y los gemelos estuvieran en Villaroel House, en vez de allí, con ellos.

-Así no encontraremos las cartas nunca -dijo por fin-. Deberíamos seguir buscando.

-Cierto -aceptó Sir Fernando.

-¿Y qué pasa con las demás cosas del baúl? -protestó Paula Maria.

-Revísalas, por supuesto -contestó Leticia-. Es el primer baúl que encontramos del siglo que buscamos. Pero creo que no pertenece al padre de Julieta.

Siguieron trabajando durante horas, pero, a pesar de que cubrieron buena parte del desván, no dieron con nada de Julieta Padilla ni de su padre. Leticia se sentó sobre los talones, suspiró y se frotó el sudor de la frente con el revés de la mano.

-Me temo que debemos parar -dijo Sir Fernando tras consultar la hora-. He de volver para cambiarme y estar listo para la cena de esta noche.

-¡Santo Cielo!, ¿qué hora es? -preguntó Leticia-. ¿En qué estaría pensando? Tengo que regresar a Villaroel House a preparar la fiesta.

Lo había dejado todo en marcha, pero nunca podía saber si surgiría algún contratiempo.

Se despidió de Sir Fernando y corrió con sus hermanos a Villaroel House. Una vez en su habitación, tras cerciorarse de que el personal de servicio había obedecido sus instrucciones, se pudo un vestido marrón que había comprado hacía ya tres años y que nunca le había terminado de gustar. Pero era el único que tenía.

En cualquier caso, Leticia no acostumbraba a lamentarse por cosas que no podía cambiar; de modo que se puso el vestido marrón y bajó a asegurarse de que todo iba bien en la cocina y, luego, de que no hubiera ningún invitado sin nadie con quien hablar.

Al cabo de media hora, intuyó la llegada de Sir Fernando. NO sabía cómo, pues nunca había sentido algo así, pero de pronto se le erizaron los cabellos de la nuca, giró la cabeza y enseguida vio que Mendiola la estaba mirando. El cual sonrió cuando Leticia se acercó a darle la bienvenida.

Sin embargo, tía Alicia se interpuso y se lo llevó para presentárselo al resto de los invitados. Así, Leticia no logró hablar con Sir Fernando hasta pasada la cena. Lo cual no le importaba. No quería que su tía pensase que trataba de competir con Marcia, pues cuanto más ilusión y atención pusieran en cazar a un hombre noble y de fortuna, menos se fijarían en lo que ella tenía entre manos.

Aún así, después de la cena, tras escapar de la soporífera conversación de la hermana del señor Winton, se topó con Sir Fernando.

-No he hablado con usted en toda la noche -dijo éste-. Cada vez que voy en su dirección, desaparece. ¿Intenta evitarme, señorita Padilla?

-En absoluto -repuso Leticia mientras se escabullían hacia el pasillo-. Pero es usted nuestro invitado de honor. Todos quieren conocerlo y he creído que no debía monopolizarlo. Al fin y al cabo, ya hemos estado juntos toda la tarde.

-Aun así, podía haberse compadecido un poco de mí -contestó Sir Fernando, sonriente-. Habría aliviado mucho mi aburrimiento poder mantener unos pocos minutos de conversación inteligente.

-Me halaga, Sir Fernando.

-Es la verdad, señorita Padilla. Una pizca de su ingenio habría compensado la insulsa verborrea de la mayoría de los invitados.

Sir Fernando no pudo evitar fijarse en el modo en que brillaban los ojos de Leticia. Como no pudo dejar de advertir que llevaba un vestido pasado de moda. Deseó comprarle un vestido bonito y elegante, que realzara el color gris de sus ojos y se ciñera a las curvas de su esbelta silueta.

Sin embargo, ninguna mujer con principios podía aceptar que un hombre le regalase un vestido o un collar, a no ser que fuese de la familia.

-¡Por fin! -exclamó tía Alicia al localizar a Sir Fernando-. ¿En qué estabas pensando, Leticia? ¡Sólo a ti se te ocurre entretener a Sir Fernando en el pasillo! Discúlpela, me temo que mi sobrina no está acostumbrada a las reuniones sociales -añadió, dirigiéndose a Mendiola.

-Sí -contestó éste con frialdad-. Una novedad de lo más estimulante.

-Ya lo rescato yo -dijo tía Alicia mientras lo conducía al salón de nuevo-. Pero no utilice su encanto con las chiquillas de Dunsleigh, o acabará rompiéndoles el corazón a todas -agregó sonriente.

Y, de pronto, el brillo que había iluminado los ojos de Leticia se apagó. A partir de ese instante, ya sólo esperó a que pasara el tiempo para que la fiesta finalizase.

Cuando por fin terminó, poco después de que Sir Fernando se marchara, tía Alicia empezó a comentar el éxito de la velada, recordando una y otra vez lo atento que Mendiola se había mostrado con Marcia.

Leticia prefirió subir a la habitación que compartía con Paula Maria, la cual era demasiado joven para haber participado de la fiesta y hacía tiempo que dormía.

Se desvistió en silencio para echarse una pequeña siesta, de la que despertó al cabo de dos horas, tal como había calculado. Paula Maria seguía dormida, de modo que Leticia se vistió con sigilo, abrió el cajón que había bajo la cama, sacó una manta y salió de la habitación hacia el despacho de su tío. Una vez dentro, se acercó a un armario y sacó una pistola envuelta en un paño. Llenó el cargador y se metió el arma y las balas sobrantes en el bolsillo del vestido. Leticia nunca había usado una pistola, salvo para disparar a una diana, pero su padre la había enseñado a utilizarla por si en alguna ocasión necesitaba defenderse.

Se dirigió entonces a la cocina por una linterna y salió por fin al jardín, camino de Chesilworth.

Después de lo que Chumley le había contado, había decidido regresar allí esa noche para sorprender al intruso. Se limitaría a ocultarse tras unos árboles, a la espera de algún signo de vida. Se había llevado la manta para hacer más llevadera la sentada, y la pistola para protegerse. Aunque en un principio había pensado en enfrentarse al intruso, había terminado desechando tal posibilidad, por considerarla demasiado arriesgada, por más que estuviese armada. Sería mejor contenerse y descubrir quién estaba buscando las cartas.

Se situó tras unos árboles, extendió la manta, apagó la linterna y se sentó a esperar. No veía ninguna luz en el desván y, al cabo de un rato, los párpados empezaron a pesarle. Por más que lo intentó permanecer despierta, no pudo evitar dar alguna cabezada...

Hasta que, de pronto, notó algo extraño, y lo vio. Un haz de luz estaba bordeando la casa. Leticia se levantó y agarró la pistola dentro del bolsillo.

Salió de su escondite y se acercó despacio hacia Chesilworth, sin encender la linterna, pues ésta la habría delatado, como había delatado al ladrón la luz de la suya.

Aunque ya no veía ninguna luz. O el intruso había apagado la linterna o había desaparecido a la vuelta de la esquina. Seguro que estaba buscando otra entrada, dado que Chumley había sustituido el cristal roto. Leticia deseó que no lo hubiera reemplazado, pues ello haría sospechar al intruso, el cual sabría que su allanamiento no había pasado inadvertido y quizá hasta esperara que estuviesen vigilándolo.

De pronto notó algo a la izquierda, pero antes de poder girarse, se abalanzaron sobre ella y la tiraron al suelo.

Leticia se resistió con todas sus fuerzas, pataleando y soltando manotazos contra el agresor. Pero éste era mucho más fuerte y logró inmovilizarla.

-¡Dios! -exclamó el hombre al ver a Leticia.

Esta se quedó sin respiración al identificar la voz de su agresor. Permanecieron callados unos segundos, mirándose a la cara, apenas visibles con la tenue luz de la linterna.

-¡Sir Fernando! -Leticia sintió como si le hubieran traspasado el pecho con un puñal-. ¿Era usted ? ¿usted era el ladrón?

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