Capítulo 3
Leticia esbozó una sonrisa triunfal y se quedó a la espera de la reacción de Sir Fernando.
-Señorita Padilla, ¿no le parece demasiada casualidad que esos diarios aparezcan de pronto en Inglaterra? -le preguntó él.
-Ya me imaginaba que trabajar con un Mendiola sería así. ¿Es que no tiene espíritu aventurero?
-Lo que no tengo es el menor interés por los cuentos fantásticos -replicó Sir Fernando-. Se trata de un truco, señorita Padilla. Los diarios, después de tantos años en Estados Unidos, aparecen en Inglaterra. Y resulta que van a parar a manos del señor Ariel, que casualmente es el dueño de la librería favorita de su padre. Lo siento, pero son demasiadas coincidencias para no recelar.
-A mí no me parece tan raro. El señor Ariel dijo que un estadounidense, descendiente de Julieta Padilla, le entregó los diarios. El hombre es comerciante y a veces va a Inglaterra en viaje de negocios. Cuando decidió vender los diarios, supuso que le darían más dinero aquí, ya que Julieta era inglesa -arrancó Leticia-. Además, el señor Ariel no fue el primer librero al que se dirigió. Había probado con otros antes. Ariel los adquirió porque conocía el interés de mi padre por Julieta y por la dote y sabía que se los compraría.
-Señorita Padilla, me parece mucho más probable que ese Ariel o algún compinche suyo escribiera los diarios, sabedores de que su padre los compraría.
-¡Sir Fernando! -lo reprendió Leticia-. Perryman Ariel es un hombre respetable. ¡Jamás le habría vendido una falsificación! Y aunque lo hubiera escrito él, ¿por qué iba a poner todas esas cosas sobre la dote?
-La referencia al tesoro escondido facilitaría la venta de los diarios. Seguro que le cobró a su padre una buena suma.
-Costaron caros -reconoció ella-. Pero son documentos históricos de gran relevancia para mi familia. Papá los habaría comprado aunque no aludiesen a la dote.
-Pero el librero no podía tener la certeza de eso. Me temo que su padre fue víctima de una estafa, señorita Padilla.
-No quiero imaginarme lo que le habrá ocurrido a lo largo de su vida para convertirse en un hombre tan desconfiado -dijo Leticia.
-Recuerde lo que ocurrió anoche y podrá hacerse una idea -replicó Sir Fernando-. Me temo que es usted la que es demasiado confiada, como probablemente lo fue su padre.
-Puede que mi padre no fuese tan desconfiado como usted, pero conocía al señor Ariel desde hacía años -contestó ella.
-No me aferro a que Ariel falsificara los diarios. Quizá a él también lo engañaron. Quizá el culpable fue el hombre que se los vendió a él.
-Para eso tendría que ser un falsificador tan bueno como para engañar tanto a mi padre, un amante de los libros antiguos, como al señor Ariel, uno de los mejores libreros de Londres. Ninguno sospechó sobre la procedencia y el origen de los diarios. A no ser, claro, que sugiera usted que los diarios fueron falsificados hace ciento cincuenta años, para que un día alguien pudiera estafar a mi padre.
-No, en absoluto.
-Mi padre sabía mucho de libros y se habaría dado cuenta de si habían sido escritos recientemente. No creo que nadie le mereciese la pena tomarse el trabajo de realizar una falsificación tan perfecta como para engañarlo, a cambio del dinero que conseguiría. Es mucho más probable que de veras sean los diarios de Julieta Padilla.
-Me cuesta creer que una mujer deje instrucciones en su diario para encontrar el tesoro. Los diarios se escriben par uno mismo y ella ya sabía dónde estaba el tesoro.
-No dejó instrucciones específicas. Las referencias a la dote salpican los siete libros de Julieta. Pequeños detalles, alusiones indirectas. En el primer libro, por ejemplo, cuenta lo preocupada que estaba porque no sabía nada de su padre. Le escribió una carta, pero no obtuvo respuesta que indicara que la había recibido. En un momento dado, dice que en esa carta está parte del secreto para dar con la dote. Por eso se la mandó.
-Entonces, lo normal es que Chesilworth recibiera la carta, siguiera la instrucciones y encontrara el tesoro. Si no se molestó en responder luego a su hija es porque por su culpa se había mancillado el apellido de la familia.
-Sir Fernando, me temo que va a ser muy complicado que colaboremos si continúa criticando a Julieta Padilla. Imaginaba que un hombre moderno sería capaz de reconocer que una mujer tiene derecho a casarse con quien quiera.
-Y me parece perfecto, pero no estoy de acuerdo con cómo manejó la situación: desposarse para huir después la noche antes de la boda no es un comportamiento muy correcto.
-Usted no sabe qué ocurrió en realidad, el miedo que tenía de su padre y de Sir Humberto. Pero yo sí lo sé porque lo he leído. Tal vez no le parezca el modo más elegante de actuar, pero Julieta Padilla era una chiquilla de diecisiete años y se sentía sola y desesperada. Hizo lo único que se le ocurrió.
-Está bien -concedió Sir Fernando-. Digamos que Julieta Padilla no era una persona despreciable, sino una chiquilla asustada y confundida. Digamos incluso que los diarios son auténticos. ¿Cómo pretende que encontremos la dote?
-Por lo que he entresacado de los siete libros, Julieta le envió un total de tres cartas a su padre, en las que le indicaba dónde había escondido el tesoro. Nunca recibió respuesta, quizá porque era un hombre testarudo y no llegó a perdonarla.
-O quizá porque se enteró de que alguno de mis antepasados ya había encontrado la dote.
-No creo que sea el caso. Julieta se tomó mucho trabajo en esconder el tesoro y es muy poco probable que nadie pudiera localizarlo sin ayuda de esas cartas. Me consta que también dejó alguna pista a los Mendiola antes de marcharse a Boston, pero insuficiente por sí sola. Sabía que su huida había enemistado a los Padilla con los Mendiola, quería que nuestras familias se reconciliaran y, para ello, las obligó a cooperar en la búsqueda del tesoro.
-Así que necesita usted las cartas que mandó a su padre y luego conocer la pista que dejara en Haverly House -resumió Sir Fernando, en referencia a la casa solariega de los Mendiola. Seguía considerándolo un invento, pero no podía evitar sentir cierta curiosidad.
-Sí. Estoy segura de que si reuniéramos toda la información, daríamos con el tesoro.
-Interesante -Sir Fernando se acarició la barbilla-. ¿En qué parte de Haverly House dejó esas instrucciones?
-No estoy segura.
-¿No lo había leído en sus diarios?
-Vagamente. Al parecer, escondió un mapa dentro de un libro.
-¡Un libro! -gruñó él-. ¡Debe de haber miles de libros en la biblioteca de casa! ¿Y si lo han tirado con el paso de los años?
-Julieta no era tonta. Elegiría algún libro valioso, del que nunca quisiese desprenderse su familia.
-¿Y eso es todo lo que sabe? -preguntó Sir Fernando, malhumorado-. ¿Qué está escondido en un libro?
-No especificó el título -respondió Leticia con cautela. Contaba con más información, pero aún no sabía si podía confiar en Sir Fernando.
-¡Vaya! -Sir Fernando advirtió la expresión desconfiada de ella-. Así que sabe más de lo que está dispuesta a contarme.
-No esperará que le cuente todo cuando ni siquiera ha accedido a ayudarme -argumentó Leticia-. Puedo asegurarle que seré totalmente franca una vez que empecemos a colaborar.
-Así que me propone que si acepto, iremos a Haverly House y una vez allí buscaremos un libro, aunque no sabemos cuál es, y que si por algún milagro lo encontráramos, debo ayudarla a encontrar un tesoro que está en mis tierras para entregárselo a los Padilla, ¿no es así?
-La mitad -corrigió Leticia-. Había pensado que lo dividiéramos.
-Querida señorita Padilla, me parece a mí que este tesoro debería ser exclusivamente mío -dijo él, sólo para provocarla-. Después de todo, es en mis tierras donde espera encontrar el mapa para llegar al tesoro.
-Ya le he dicho que ese mapa no basta para encontrar el tesoro. Y soy yo quien posee el resto de la información.
-¿De veras? -preguntó Sir Fernando, asombrado-. ¿Ha encontrado alguna de las cartas que Julieta le envió a su padre?
-Bueno... todavía no -reconoció Leticia-. Estoy registrando el desván de Chesilworth y está repleto de baúles y documentos. Estoy segura de que podremos encontrarlos.
-¿Podremos?, ¿hay una tercera parte implicada en este disparate?
-Me refiero a mis hermanos. En realidad es por ellos por lo que quiero encontrar la dote. Aunque nos quedemos sólo con la mitad, será mucho dinero y podremos dejar de vivir a costa de la caridad de nuestra tía. Tomas heredará una casa de cierto valor. Y quizá haya suficiente para ayudar también a Jaime y a Paula Maria en el futuro.
-Veo que tiene grandes planes para ese tesoro que aún no ha encontrado -observó Sir Fernando-. No crea que estoy en contra de los sueños, pero me temo que se llevará una gran decepción cuando el suyo se rompa.
-No tiene por qué romperse -replicó Leticia-. Sabemos que Julieta no quería casarse y que huyó la noche anterior de la boda. Sabemos que tenía una dote fabulosa, que desapareció y nadie ha llegado a encontrar. Y sabemos que las dos familias se enemistaron. Lo único novedoso es la existencia de los diarios de Julieta y la posibilidad de encontrar el tesoro.
-Precisamente eso es lo que arremete a mi credulidad. Señorita Padilla, le pareceré un hombre terriblemente soso, pero me he dado cuenta de que las respuestas más simples son también las verdaderas casi siempre. Y la respuesta más simple es que Julieta Padilla se marchó con la dote y la consumió para empezar una nueva vida en Boston -sentenció Sir Fernando.
-Es evidente que se niega a ayudarme -comprendió Leticia, sumamente decepcionada-. Debería haber dado por sentado que a un Mendiola le parecería una estupidez todo este asunto. Nunca tuvieron espíritu romántico ni aventurero -añadió, poniéndose en pie.
-Señorita Padilla, le aseguro que no la considero estúpida. De hecho, pienso que es una mujer muy inteligente, además de bella. La admiro mucho -Sir Fernando hizo una pausa y sonrió-. Y no me falta romanticismo. De hecho, albergo pensamientos de lo más románticos en este preciso instante.
Leticia tragó saliva, incapaz de retirar la mirada de aquellos ojos marrón dorado. De pronto, tenía la garganta seca y apenas podía respirar.
-Lo único que no me atrae de usted es el proyecto que me ha propuesto -prosiguió él, al tiempo que la rodeaba por la espalda y tiraba de ella hacia su pecho.
-Sir... Sir Fernando -balbuceó Leticia, confundida.
Mendiola inclinó la cabeza y la besó. De repente, Leticia recordó el lascivo sueño de la noche anterior, se le aflojaron las rodillas, se le derritieron las ingles...
Por un momento, se abandonó al placer y se olvidó del tesoro.
-Leticia... -murmuró él entre dos besos fugaces, delicados.
De alguna manera, la voz de Sir Fernando la devolvió a la realidad. Leticia recordó dónde estaban, lo inadecuada que era su conducta...y que aquel Mendiola acababa de tirar por tierra sus esperanzas de encontrar la dote.
Retrocedió un paso y le dio una bofetada.
-Le pido disculpas -dijo él, enojado, todo dignidad.
-Debería habérmelo imaginado. No ha escuchado ni una sola palabra de cuanto le he dicho. Lo único que quería era seducirme mientras estábamos a solas en el laberinto -bramó Leticia.
-Le recuerdo que es usted la que me ha traído al laberinto para hablar conmigo en privado -protestó Sir Fernando.
-¡Pero no para que me besara!
-Pues tengo la impresión de que ha respondido de buena gana a mi beso -contestó él-. Al menos, hasta que se ha acordado de que debía reaccionar como una doncella ultrajada.
-¡Váyase al cuerno! -espetó Leticia-. ¡Ojalá no hubiese hablado nunca con usted! ¡Ojalá no lo hubiese visto nunca!
Y, tras esas ácidas palabras, se dio media vuelta y se alejó.
-¡Espere! Señorita Padilla...
Mendiola trató de darle alcance, pero Leticia le llevaba una buena ventaja y sabía el camino hacia la salida del laberinto, de modo que logró dejarlo atrás. Nada más salir, se encontró con su tía y prima.
-¡Siempre corriendo! -la reprochó tía Alicia al ver el paso acelerado de Leticia-. ¿Por qué tienes que ir siempre tan rápido? Es muy poco elegante.
-Lo siento, tía -respondió Leticia.
-¡Maldita sea, señorita Padilla! -exclamó entonces Sir Fernando.
De pronto, tanto tía Alicia como Marcia se olvidaron de la falta de elegancia de Leticia y miraron a Mendiola sonrientes.
-¡Qué agradable sorpresa! -exclamó la tía.
-No resulta tan asombrosa, teniendo en cuenta que los dos estamos en la misma casa. Confío en que la señorita Villaroel se sienta mejor esta mañana, después de su pesadilla -contestó Sir Fernando, dirigiéndose a Marcia, la cual se quedó boquiabierta-. Buenos días -añadió acto seguido, justo antes de despedirse.
-¡Lo sabe, mamá!, ¡lo sabe! -exclamó entonces Marcia.
-Eso parece -dijo Leticia-. Es evidente que él también se ha enterado de vuestra despreciable trampa.
-¡Se lo has dicho! -gritó su prima, indignada.
-No hacía falta -repuso Leticia-. Cualquiera que asistiera al espectáculo que montasteis anoche puede hacerse una idea de lo que tramabais.
-¡Basta! No pienso permitir una escena en casa de Lady Arrabeck -intervino tía Alicia. Luego se dirigió a su sobrina-. ¿De verdad piensas que todos creen que nosotras... que Marcia...?
-Estoy segura de que a todos les pareció muy peculiar que anoche estuvieras gritando en el pasillo -contestó Leticia-. Y tampoco ayuda que Marcia te dijera al abrir que todavía no estaba ahí... quien fuera a quien esperarais.
-Tenemos que pensar qué podemos hacer -dijo tía Alicia-. No soporto quedarme aquí mientras todos nos miran pensando que nosotras... que tú...
-¿Qué organizasteis una trampa para cazar a Fernando Mendiola? -sugirió Leticia-. En fin, tienes razón, tía Alicia; lo mejor será que nos vayamos cuanto antes.
-Exacto -convino esta-. Nos iremos en cuanto se olvide esto un poco... ¿Pero qué le digo a Lady Arrabeck? No puedo ofenderla.
-Dile que me he puesto enferma y que tenemos que marcharnos -propuso Leticia, sabedora de que cargarse con la culpa le parecería una idea excelente a su tía.
-Tú nunca te pones mala -objetó Marcia con vehemencia.
-Pero eso no lo sabe Lady Arrabeck -repuso Leticia-. Claro que siempre puedes ser tú la que finja descomponerse.
-Sí, es más normal que una madre se preocupe por la salud de su hija -aceptó Marcia, a la cual le pareció romántica la idea de que su prima tuviera que ayudarla a andar. Quizá hasta acabara llevándola en brazos algún hombre apuesto-. Venga, Leticia, deja que me apoye en tu brazo.
Leticia suspiró malhumorada, pero se recordó que haría cualquier cosa con tal de alejarse de aquel sitio y del odioso Sir Fernando. Prefería no pensar en cómo le había arruinado este sus planes. Aunque no todo estaba perdido. Seguiría buscando por el desván hasta dar con las cartas de Julieta y entonces... entonces ya vería cómo ingeniárselas para encontrar ella sola la dote española.
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