Capítulo 1
Leticia estaba embriagada de placer. Nunca había experimentado algo así. Había tenido sueños agradables desde el momento en que se había quedado dormida. Andaba por su casa, la vieja mansión de Chesilworth, y no por la de su tía, en mejor estado pero menos hogareña. Su padre seguía vivo y estaba leyendo en la biblioteca. Ella entraba en un dormitorio iluminado por velas, pero, de pronto, estaba fuera, frente a una parra verde y fresca. Una brisa soplaba y el sol brillaba y le calentaba los hombros.
El placer la inundaba mientras el viento jugaba con su cuello y sus mejillas. Era consciente de que no llevaba ninguna prenda encima, pero, sorprendentemente, no parecía importarle. Ahora estaba junto a un hombre, que la acariciaba y la besaba una y otra vez. Notaba sus labios sobre la boca, una cálida humedad entre las piernas, las cuales apretaba, como intentando atrapar el placer que allí sentía.
Se aferraba a él, sentía sus manos por todo el cuerpo, gemía y movía las caderas instintivamente, buscando algo sin saber el qué. Entonces, un placer intenso estallaba en su interior...
Leticia se estremeció y abrió los ojos de par en par. Estaba despierta. Y un hombre al que jamás había visto estaba tumbado encima de ella, mirándola a la cara.
Por un momento, se quedó contemplándolo con una estupefacción sólo comparable a la que veía reflejada en el rostro atónito del hombre. Cuando el cerebro empezó a funcionarle, sintió pánico, tomó aire para gritar... pero el hombre le tapó la boca con una mano y la empujó hacia el colchón con firmeza.
Era más fuerte que Leticia, pero ella no era de las que se rendía, y contaba con la ventaja de que él tenía una mano ocupada tapándole la boca. Empezó a darle puñetazos en los hombros y en la espalda, hasta que el hombre logró agarrarle las dos muñecas con una sola mano.
Leticia estaba asustada, no entendía por qué estaba asaltándola un señor tan rico y poderoso como Sir Fernando Mendiola.
-¡No grite! -susurró él-. Le aseguro que no quiero hacerle daño. La soltaré si me promete que no gritará.
Leticia lo miró y asintió con la cabeza. Fernando vaciló un par de segundos y luego fue apartando la mano con la que le cubría la boca poco a poco.
-¡Maldita sea!, ¡vaya lío! —dijo Fernando mientras se apartaba de Leticia-. No es usted la que me estaba esperando.
-Se lo puedo asegurar -replicó ella, al tiempo que se incorporaba-. ¿Y en qué habitación pretendía colarse? -añadió con sarcasmo.
-No me iba a colar en ningún sitio -repuso Fernando con orgullo-. Estaba aceptando una invitación.
-Por supuesto. Debería habérmelo imaginado- dijo Leticia con sequedad-. Estoy segura de que Sir Fernando Mendiola estará acostumbrado a recibir invitaciones para entrar en el dormitorio de muchas mujeres.
-Es usted una mujer muy rara -comentó Mendiola.
-Eso dicen.
-Debería sentirse más... violenta en una situación así -agregó él.
-¿Lo preferiría? -contestó Leticia-. No acierto a ver de qué me serviría ponerme histérica.
-No he dicho que fuera a servir de algo. Sólo que me parece más... normal.
-Será que no soy una mujer normal. Es lo que siempre me dice mi tía. Y que por eso no cazo ningún marido. Aunque yo creo que eso tiene más que ver con el precario estado de nuestras finanzas.
Sir Fernando la miró fascinado. Nunca había conocido a una mujer que hablara con la franqueza de Leticia. De hecho, le costaba mucho conversar con una mujer sin que esta tratase de coquetear con él de inmediato. Había descubierto que tener unos ingresos superiores a ciento cincuenta millones anuales era un afrodisíaco potentísimo.
-Volviendo a la cuestión inicial -prosiguió Leticia-. ¿Se puede saber por qué está en mi habitación?
-Debo de haberme equivocado al venir -lamentó Mendiola. Luego encendió la vela que había dejado a los pies de la cama y sacó una nota del bolsillo para releerla-. Aunque es bastante claro: la quinta puerta a la derecha a partir de las escaleras. ¿No es esta la quinta puerta?
-Sí -contestó Leticia. Se puso de rodillas y miró la nota por encima del hombro de él. Se quedó asombrada al reconocer la descuidada caligrafía de su prima-. ¡Dios!, ¡es la letra de Marcia!
-Sea discreta, por favor. Arruinaría la reputación de esa mujer si esto llegara a saberse -le pidió Sir Fernando.
-Creo que es mi reputación la que está en juego, dado que ha acabado usted en mi habitación.
-Estoy seguro de que es lo suficientemente inteligente como para no hablar de esto con nadie, y dado que yo no tengo intención de revelarlo, está claro que su reputación está a salvo.
-Por supuesto que voy a callarme -respondió Leticia. Extendió entonces la mano y le arrebató la nota que Marcia le había escrito a Sir Fernando-. Ahora lo entiendo: no decía la quinta puerta, sino la cuarta. Siempre ha tenido una letra horrible... En fin, no se preocupe por la reputación de ... la chica. No voy a mancillar a mi familia, contándole a todo el mundo que Marcia se cita con hombres clandestinamente. Es mi prima, por si no lo sabe.
-¿Su prima? -Mendiola estudió el rostro de Leticia-. ¡Qué raro! No recuerdo haberla visto con ella.
-Suele ocurrir -contestó Leticia con naturalidad. Después de todo, estaba acostumbrada a que su bella y coqueta prima le hiciese sombra siempre.
A los veintisiete años, Leticia sabía que se le había pasado la edad de casarse y que nunca había tenido éxito con los hombres. Por una parte, porque no se le daba bien coquetear y no tenía el menor interés en aprender a hacerlo. Por otra, porque sus facciones carecían de la perfección de una auténtica belleza. Sus pómulos eran demasiado prominentes, el mentón demasiado firme, y tenía una boca más ancha de lo normal. Incluso sus ojos, que era lo que más le gustaba de ella, eran de un gris sereno, menos apreciados que otros colores.
Así que, pasado un año de su presentación en sociedad, había terminado desistiendo, sin que el hecho de no lograr casarse la hubiese disgustado apenas. En realidad, sólo se había esforzado para complacer a su familia. Como siempre, necesitaba dinero desesperadamente, y habría accedido a decir sí, contra su voluntad, si se hubiese presentado un candidato adecuado. Pero no había encontrado a ningún hombre durante el año de su presentación y si era sincera, se alegraba de haber regresado al seno de la familia, en Chesilworth, soltera y sin apenas probabilidades de casarse nunca. Disfrutaba criando a sus hermanos pequeños y con la conversación de su padre, y si algo faltaba en su vida, aparte de dinero, no lo había llegado a sentir. En las reuniones, se sentaba junto a las madres que vigilaban las travesuras de sus hijos, y en los últimos dos años, hasta se había habituado a cubrirse el pelo con un pañuelo, como asumiendo su condición de solterona.
Con todo, debía reconocer que le había dolido un poco que Sir Fernando ni siquiera se hubiera fijado en ella y sí en Marcia.
-Estaba usted ocupado mirando a otra persona -prosiguió Leticia finalmente.
-Ya veo -dijo Mendiola. Bajó la mirada hacia el camisón de Leticia, aún sin abrochar, y se preguntó cómo era posible que no hubiese reparado en ella.
Leticia descubrió su desnudez, se ruborizó rabiosamente y comenzó a abrocharse el camisón. Era lo peor que le había ocurrido nunca. ¿Cómo podría volver a mirarlo a la cara? Ningún hombre se había asomado más allá de su escote y, de pronto, ese desconocido la había visto con la intimidad de un marido. ¿Qué hacía con la mitad de los botones desabrochados? Leticia pensó en las salvajes emociones de su sueño, en el calor de su vientre. ¿Qué había ocurrido?, ¿había sido un sueño o la habían acariciado de verdad?.
Lo miró con las mejillas encarnadas. Se sentía violenta, pero Leticia Padilla no le tenía miedo a la verdad.
-¿Qué ha pasado? Aquí, esta noche -le preguntó-. He soñado... cosas extrañas. ¿Eran reales? ¿Qué es lo que he hecho?
-No ha hecho nada, tranquila -le aseguró Sir Fernando-. He entrado en su habitación, me he acercado pensando que era usted Marcia y... la he abrazado. Luego... la he besado. Y se ha despertado.
-¿Eso es todo?
-Por supuesto -Mendiola enarcó las cejas-. ¿Qué más podía haber pasado?
-Nada -contestó Leticia con alivio-. ¡Qué extraño! Me siento como aletargada.
-Ha sido un día agotador.
-Sí -no había sido una jornada tan cansina físicamente, pero era cierto que hablar con todos los invitados de la fiesta que estaba ofreciendo Lady Arrabeck desgastaba mucho-. Creo que es mejor que se marche.
-Si, tiene razón -Mendiola salió de la cama y avanzó hacia la puerta, seguida por Leticia.
-Espere, será mejor que mire yo antes, no vaya a ser que haya alguien en el pasillo -dijo ella.
-Bien pensado -concedió Sir Fernando. Leticia abrió la puerta una rendija, miró... y volvió a cerrar de inmediato-. ¿Qué pasa?
-No salga -susurró ella-. ¡Está mi tía!
-¿Qué hace ahí?
-No tengo ni idea.
De pronto oyeron que llamaban a la puerta... pero no a la de Leticia, sino a la de al lado.
-¡Marcia! -bramó tía Alicia-. ¡Abre la puerta! ¡Soy tu madre! ¡Te exijo que abras la puerta!
-¿Su tía acostumbra a despertar a todo el mundo en mitad de la noche de esta manera?
-No -Leticia denegó con la cabeza, asombrada-. No se me ocurre a qué puede deberse esto. Suele estar dormida a las diez.
-¡Marcia!
Leticia descorrió el cerrojo y abrió la puerta lo justo sólo para ver a su tía. Era una mujer grande, con un trasero enorme que sobresalía como la proa de un barco cuando se ponía faja. Como en esa ocasión, a pesar de que llevaba un camisón rojo y estaba en zapatillas. Leticia notó que no se había deshecho el moño. ¿Por qué estaría tan enojada?
-¡Marcia! ¡Te digo que abras! ¿Quién está ahí dentro contigo? ¡He oído voces!
-¡Dios!, ¿crees que nos habrá oído? -susurró Leticia.
En ese momento, la puerta de Marcia se abrió.
-¡Chis!, ¡es muy pronto! -replicó esta-. ¡Todavía no está aquí!
Tía Alicia se quedó boquiabierta y miró horrorizada a su hija. Se estaban abriendo las puertas de todo el pasillo y sus respectivos inquilinos asomaban la cabeza adormilados, furiosos o intrigados.
-¿Se puede saber qué ocurre? -preguntó el Coronel Rivington-. ¿A qué se debe este escándalo?
-Eh... -balbuceó tía Alicia.
-Lo siento mucho -dijo Marcia-. Por favor, perdone a mi madre. Sólo estaba...
-Preocupada -completó tía Alicia cuando recuperó la voz-. Oí que Marcia estaba llorando en sueños y...
-Tenía una pesadilla -aseguró esta-. Una pesadilla horrible.
Leticia cerró la puerta y se giró hacia Sir Fernando, frunciendo el ceño, atónita.
-¡Qué extraño! ¿Por qué estarán...? -detuvo la pregunta al ver la expresión disgustada de Mendiola-. ¿Qué pasa?
-Ahora lo entiendo -dijo él con acritud-. Me sorprendió mucho la actitud de la señorita Villaroel esta tarde. Debería haberlo sospechado.
-No comprendo. ¿De qué está hablando?
-Del plan de su prima. Y de su tía. Me citó para que fuera a su habitación a medianoche. Y luego le dijo a su madre que armase un escándalo para despertar a todos con sus gritos.
-¿Quiere decir que lo sedujo para que su madre lo sorprendiera en una situación comprometedora con Marcia? -preguntó Leticia-. ¿Por qué iba a querer arruinar la reputación de su propia hija?
-Querida mía, dudo mucho que la preocupara su reputación... si a cambio de la deshonra obtenía mi dinero y mi apellido.
-¿Insinúa que... querían obligarlo a que se casara con Marcia? ¡No puedo creérmelo! -pero sí podía. Bastaba con pensar un segundo para comprenderlo. ¿Por qué había armado tanto ruido su tía si no con el propósito de conseguir testigos? ¿Por qué, si no, estaba despierta su tía a medianoche, con la faja todavía puesta y el pelo recogido?-. ¡Claro!, ¡por eso me sentía adormilada! Tía Alicia debe de haberme puesto algún somnífero esta noche. Debería haber imaginado que estaba tramando algo cuando ha entrado con un vaso de leche caliente. Quería que estuviera profundamente dormida, para que no pudiera oírlo entrar en la habitación de Marcia.
-Exacto. Por suerte, no he entendido la caligrafía de la señorita Villaroel. De lo contrario, me habría visto obligado a convertirme en el marido de su prima.
-¡Qué vergüenza! Le pido disculpas por el comportamiento de mi familia, Sir Fernando. No puedo imaginarme qué las ha llevado a actuar así.
-Con el tiempo he descubierto que el brillo del dinero provoca comportamientos extravagantes.
-Pero eso no justifica... tamaña falta de principios. Lo siento, lo siento mucho -los ojos le brillaban con lágrimas de rabia y de vergüenza-. Debe pensar que somos horribles.
Mendiola sonrió, tomó una mano de Leticia y le besó el dorso con suavidad.
-Querida mía, no creo en absoluto que usted sea horrible. De hecho, casi me ha devuelto mi fe en el hombre.
El roce de sus labios sobre la piel causó una excitación inusual en Leticia, la cual recordó el estado febril y frenético en que había despertado. Tragó saliva y se apartó.
-Voy... a ver si todos han vuelto ya a sus dormitorios -abrió la puerta una rendija y, viendo que no había nadie, sacó la cabeza y miró a un lado y otro del pasillo-. Se han ido todos -le dijo a Sir Fernando.
-Entonces me despediré de usted -repuso él. Sonrió y le hizo una reverencia-. Gracias por una velada de lo más interesante, señorita Villaroel.
-Yo... -Leticia se detuvo. Pero no era ese el momento de explicar que no se apellidaba Villaroel-. Sólo lamento lo que mi prima y mi tía han hecho.
-Y yo pido disculpas por... lo poco caballeroso que ha sido mi comportamiento.
Leticia notó que las mejillas volvían a encendérsele. Se giró, volvió a comprobar que no había nadie en el pasillo y se apartó para dejar salir a Sir Fernando.
Una vez a solas, se recostó sobre la puerta y suspiró. ¡Dios! ¿por qué había ocurrido todo aquello?, ¿esa noche entre todas las noches y con Sir Fernando Mendiola?
Leticia fue a la cama y se desplomó sobre ella. Le había costado mucho persuadir a su tía para que la llevara consigo, tras haberse enterado de que Sir Fernando acudiría a la fiesta. Y ahora se había desbaratado todos sus esfuerzos, ¿Cómo podría volver a mirar a la cara a Sir Fernando, sabiendo lo que Marcia había intentado hacerle?, ¿después, además, de la situación en la que se habían conocido?
Sintió una oleada de calor al recordar las cosas que había soñado: los besos profundos y apasionados, las sensuales caricias. ¿Habían sucedido de verdad? ¿los había transformado en sueños su cerebro narcotizado? Sir Fernando le había dicho que no había ocurrido hada, pero quizá sólo estaba siendo caballeroso...
No, Sir Fernando no había intentado protegerla al decir que no había pasado nada. Se había limitado a decir la verdad. Se había metido en su cama pensando que era la de Marcia y en seguida se había dado cuenta de que no era así. No la había estado besando y acariciando durante varios minutos antes de darse cuenta de que no la conocía.
Leticia suspiró aliviada. Podría mirar a Sir Fernando a la cara sin avergonzarse. De hecho, le había dicho que apreciaba su integridad. Y lo cierto era que necesitaba hablar con él, pues el futuro de su familia dependía de que estuviese de acuerdo con su plan.
“Mañana mismo lo haré”, decidió Leticia con firmeza. Luego se tapó con las sábanas y apagó la vela de un soplido.
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