Capítulo 20
Examinaron el papel mientras regresaban en el carruaje. Era evidente que la letra era la de Julieta, pero las indicaciones tenían tan poco sentido como la otra mitad del mapa.
-Quizá cuando juntemos los dos encontremos alguna relación -dijo Leticia.
Pero al llegar a casa, tía Alicia les anunció que tenían visita. A pesar de la impaciencia de ambos, se dirigieron al salón, donde encontraron a un hombre sentado junto a Marcia.
-¡Mira!, ¡Tu primo de Boston! -exclamó ésta mientras él se ponía en pie, sonriente.
-Qué sorpresa... -acertó a decir Leticia.
-¿Este es Miller? -quiso saber Fernando.
-A su servicio -respondió él.
-¿No había vuelto a Estados Unidos? -le preguntó Leticia después de realizar las presentaciones.
-Al final tuve que posponer el viaje de vuelta, por culpa de un retraso en una mercancía que quería llevar -explicó Miller-. Pero espero marcharme la semana que viene.
-¿Y qué ha hecho todo este tiempo? -preguntó Fernando-. ¿No ha salido de Londres?
-No mucho, salvo cuando me acerqué a ver a los Padilla -respondió David Miller-. La verdad es que ya no sabía qué hacer para entretenerme. Por eso, cuando me acerqué a la librería del señor Ariel y me dijo que estaba usted en Londres, me llevé una gran alegría.
-Si, estaba deseando verte -terció Marcia, tratando de poner celoso a Fernando para que rompiese con Leticia-. Cuando le dije que habías salido a ver unos libros a casa de ese Bigby, insistió en esperar a que volvieras.
Charlaron durante un rato, pero Leticia no lograba concentrarse en la conversación, pues estaba deseando examinar los mapas y, además, trataba de determinar si David tenía la misma altura y constitución que el ladrón de la noche anterior.
Cuando por fin, se despidieron de él, Leticia corrió a su dormitorio, sacó la copia que había hecho de la primera mitad del mapa y bajó al despacho de Fernando.
-No tiene sentido -murmuró éste después de estudiar ambas partes durante varios minutos.
-No... -Leticia se quedó pensativa-. Me pregunto por qué habría usado un papel diferente. El que encontramos en Chesilworth era de buena calidad, mientras que éste parece como si fuera a rasgarse en cualquier momento.
-Para poder doblarlo mejor en el lomo del libro -respondió Fernando con pragmatismo.
-Es posible -Leticia se quedó pensativa. De pronto, el corazón empezó a palpitarle con fuerza-. ¡Dios!
-¿Qué?, ¿Se te ha ocurrido algo?
-No estoy segura, pero este papel tan fino es... como el que puse para calcar la primera mitad del mapa.
Leticia agarró la segunda mitad y la colocó con nerviosismo sobre la copia de la otra. Los símbolos y los nombres se transparentaron y, de repente, todo encajó: la palabra riachuelo, de la segunda mita, apareció junto a Littlejohn; espesura cayó junto a árboles, el dibujo de un campanario coincidió con Saint Swithin; a no muchos metros de una carretera, junto al dibujo de una cabaña, salía una flecha bajo la que podía leerse quince pasos en dirección a un muro. Y al otro lado del muro aparecía la palabra dote.
-¡Conozco ese sitio, Leticia! -exclamó Fernando, eufórico-. ¡El tesoro en nuestro!
Al día siguiente partieron hacia Haverly House. Tía Alicia rezongó al enterarse de que regresaban tan apresuradamente, pero apenas protestó, pues se había tomado muy en serio la amenaza de Leticia sobre la posibilidad de perder contacto con los Mendiola.
Ya habían terminado de colocar el equipaje, estaban a punto de marcharse cuando llamaron a la puerta con vehemencia.
-¡Sir Fernando!, ¡no pienso tolerarlo! -exclamó el señor Bigby después de que el mayordomo le abriera.
-Parece usted disgustado -dijo Mendiola-. Quizá debamos entrar en mi despacho.
-¡Hablaré aquí y ahora! -bramó Bigby, encolerizado-. ¡Jamás pensé que podría hacer algo así!, ¡el devocionario de la Reina ha desaparecido!
-¿Y cree que se lo he robado? -contestó Fernando sin perder la serenidad.
-¿Quién si no? -repuso el coleccionista-. Como no accedí a vendérselo, decidió quitármelo sin que me diera cuenta.
-Le prometo que Sir Fernando no le ha robado el devocionario -terció Leticia-. A nosotros también nos ha visitado un ladrón en tres ocasiones últimamente: aquí, en mi casa, y en la casa de los Mendiola en las afueras.
-Creemos que andaba detrás de ese libro y sospecho quién es el culpable. Le aseguro que si lo detenemos y recuperamos el devocionario de la Reina se lo devolveremos en seguida -añadió Fernando.
-¿Estás investigando a David? -preguntó entonces Leticia.
-Desde esta mañana -contestó Fernando-. Te recuerdo que cuando vino ayer a visitarnos, la señorita Villaroel le había contado que habíamos ido a casa del señor Bigby a ver unos libros -añadió, dirigiéndose también a éste, ya mucho más calmado.
Tía Alicia y Marcia se negaron a creer que el señor Miller pudiera ser el ladrón. Por otra parte, no se explicaban cómo era posible que alguien se interesara tanto por un libro. En cualquier caso, Fernando y Leticia lograron apaciguar al señor Bigby y pudieron salir de Londres poco después, sin apenas retraso.
El viaje a Haverly House fue mucho menos aburrido que el de ida. Fernando se resignó a soportar a tía Alicia y a Marcia con el fin de estar cerca de Leticia, para la cual resultaba una exquisita tortura estar tan pegada a él y tener que mantener las normas.
Cuando llegaron a casa, todos salieron a recibirlos.
-No esperaba que volvieseis tan pronto -comentó Lady Teresa-. Precisamente le estaba diciendo a la señorita Carmina que tardaríais un par de semanas en regresar todavía. Me has hecho que quede como una mentirosa, hijo.
-Hola, mamá, abuela. Parece que hemos terminado antes de lo que esperábamos, sí -Fernando las saludó, les dio un beso en sendas mejillas y se dirigió a Sarah -¿Cómo está, señorita Carmina?
-Perfectamente, Sir Fernando. Igual que los niños. Ahora, si me disculpan, debo volver con ellos. Seguro que querrá hablar con su familia.
-No, espere -la retuvo él-. Usted es casi de la familia y tengo que anunciar una cosa. Será más fácil hacerlo de una vez.
Leticia se quedó pálida. Sabía que debería haber hablado antes con Fernando para convencerlo de que no tenía obligación de casarse con ella.
-Mamá, abuela -luego, miró al resto de los presentes-. Le he pedido a la señorita Padilla que sea mi esposa y me ha dado su consentimiento.
Sobrevino un tenso silencio. Leticia deseó que la tierra se la tragara.
-¡Hijo, llevaba años esperando este momento! -exclamó finalmente Teresa-. No sabes lo feliz que me haces.
-¡Lo sabía! ¡Lo sabía! -Carolina corrió abrazar a su hermano-. ¿Por qué habéis tardado tanto? Dos días después de que llegarais le dije a Paula Maria que nunca te había visto tan colado por una chica.
El resto de la familia los rodeó para darles la enhorabuena y hasta Lady Mendiola le ofreció una mejilla a Leticia y le dijo que su nieto tenía un gusto excelente.
-Pero... creí que estaría en contra -balbuceó ésta.
-¿Por qué? Los Padilla sois una familia noble. Eres la hermana de lord Chesilworth. Me parece un matrimonio muy apropiado.
-¡Y lo mejor de todo es que ahora tengo a una hermana y dos hermanos más! -exclamó Carolina.
-Señorita Padilla, le deseo lo mejor -dijo Sarah, tendiéndole la mano.
Estaba sonriendo, pero Leticia notó una veta de tristeza.
-Espero que seamos buenas amigas ahora que voy a vivir aquí -le dijo ésta con sinceridad.
-Parece que todo ha ido bastante bien ¿no te parece? -le susurró Fernando más adelante, cuando por fin lograron quedarse a solas.
-Fernando, yo no quiero obligarte. Sé que lo dijiste para hacer callar a mi tía.
-¿Obligarme? -la interrumpió él-. Tenía intención de casarme contigo desde que decidí ir contigo al mirador aquella noche.
-Pero yo fui por propia voluntad. No pretendía aprovecharme...
-Ya lo sé -aseguró Fernando-. ¿Es que no quieres casarte conmigo? -añadió, frunciendo el ceño.
-Sí, claro que sí.
-Perfecto -Fernando le dio un beso en la frente-. Una cosa, cariño, no dejes que mi madre ponga una fecha de boda lejana. Quiero que nos casemos cuanto antes.
Leticia lo miró a los ojos y sintió un fogonazo entre las piernas. Puede que hiciera mal permitiendo que Fernando se casara con ella, a sabiendas de que no la amaba; pero no fue capaz de oponerse. Se casaría con él, con la esperanza de que Fernando no se arrepintiese nunca y acabase aprendiendo a amarla.
Al día siguiente, salieron con los cuatro pequeños, mapa en mano, en busca de la dote. Llevaban una carretilla con palas para excavar y ropa adecuada para trabajar.
-Ahí está el arroyo Littlejohn -dijo Fernando, apuntando a un punto en el horizonte.
Una vez cubierta la distancia, localizada también la carretera que aparecía en el mapa, trataron de encontrar el resto de las referencias que habían de llevarlos hasta el tesoro; pero no lograron hallar los árboles ni la cabaña, ni el muro uqe Julieta había indicado.
-Puede que alguien talara los árboles, y que en algún momento tiraran la cabaña y el muro -comentó Leticia-. ¿Por qué no nos separamos y tratamos de buscar alguna señal que nos oriente?
Todos estuvieron de acuerdo y empezaron a desandar los pasos que había dado. Sin embargo, no consiguieron localizar ningún rastro que les fuera de utilidad.
-¿Por qué no hacemos una pausa y nos comemos lo que Henri ha preparado? -propuso entonces Leticia.
Fernando convino en que era una buena idea y todos se sentaron juntos bajo un grupo de árboles. Después, se recostaron contra los troncos de los árboles a descansar. Los gemelos hasta se durmieron un rato.
Luego siguieron buscando, con ánimos renovados, pero no vieron recompensados sus esfuerzos.
-Nunca lo encontraremos, ¿verdad? -preguntó Tomas, desolado.
-Seguiremos intentándolo -le prometió Fernando-. Leticia y yo volveremos esta noche. Y mañana iré a hablar con Jack Everson. Tanto él como su padre vivieron junto al arroyo varios años. Veré si se acuerdan de alguna cabaña.
-Pero si no se acuerdan, no podremos encontrar el tesoro -insistió Tomas.
-No veo cómo -reconoció Fernando.
Leticia estaba sentada frente al espejo de su coqueta, cepillándose el pelo. Estaba exhausta por el largo día de expedición, pero el agotamiento mental era peor. Tanto ella como su padre llevaban años detrás de la dote española, y desde que el año anterior habían conseguido los diarios, Leticia se había concentrado en encontrar el tesoro, para sanear la economía de la familia y dar una satisfacción, aunque póstuma, a su padre y a Julieta Padilla.
Y ahora, a pesar de haber encontrado las dos partes del mapa, parecía que el tesoro seguiría perdido para siempre.
Leticia sintió que los ojos se le poblaban de lágrimas. Sabía que ya no tendrían que vivir en casa de tía Alicia, pero seguirían a expensas de la caridad de Fernando, al que no podrían pedirle que se gastara lo que hacía falta para reformar Chesilworth.
De pronto, notó que unos labios de terciopelo rozaban la nuca.
-Fernando -dijo ella, de súbito sonriendo-. ¿cómo has entrado?
-Lo normal: por la puerta -contestó él-. ¿Estás triste? -añadió, al reparar en la expresión de su mirada.
-Un poco -reconoció Leticia.
-Procura no preocuparte. Haremos lo posible por encontrar el tesoro. Y si no lo conseguimos, no te quepa duda de que me ocuparé de proporcionar una buena dote para Paula Maria, los chicos irán a Eton, haré que Chesilworth recobre su antiguo esplendor.
-Eres muy amable -dijo Leticia, conmovida-. Pero no quiero que mi familia sea una carga para ti.
-No lo es. Y a partir de ahora sólo quiero que te preocupes por los preparativos de nuestra boda.
-Tu madre quiere una boda por todo lo alto -Leticia sonrió.
-Lo sé. Y le he dicho que será tan grande como quiera, con tal de que se celebre en un plazo máximo de un mes.
-¡Un mes! ¡Apenas habrá tiempo para enviar las invitaciones! -objetó Leticia, a pesar de lo ansiosa que estaba por convertirse en la mujer de Fernando-. Además...
-No te esfuerces -la interrumpió él-. Créeme, mi madre ya ha esgrimido todos los argumentos posibles. Dijo que una boda antes de seis meses daría lugar a todo tipo de rumores, pero la convencí cuando respondí que haría más rumores si acababas teniendo un bebé a los tres meses de casarnos.
-¿De verdad dijiste eso?
-Sí -contestó Fernando mientras le masajeaba los hombros-. Porque es absolutamente imposible que espere seis meses para volver a tenerte en mi cama. Eres tan guapa... No puedo dejar de pensar en ti. Te miro y te imagino desnuda -susurró mientras le acariciaba los pechos, mirándola a los ojos a través del espejo. Siguió acariciándola hasta que se le endurecieron los pezones.
Leticia se levantó, se apretó contar él y fueron besándose y desnudándose hasta llegar a la cama. Hicieron el amor con ternura al principio, con más y más ardor con el paso de los minutos, hasta que no pudieron esperar más y Fernando la penetró y culminaron aquel clímax de placer.
Fernando cayó sobre el colchón y una deliciosa pereza los adormiló. Horas más tarde Fernando abrió los ojos, estrechó a Leticia entre sus brazos y, de pronto, se incorporó.
-¡Ya lo tengo! -exclamó-. ¡Leticia, ya lo comprendo!
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