Capítulo 18
Partieron hacia Londres al día siguiente, pues.
Leticia insistió en que no necesitaba descansar más y quería terminar con todo cuanto antes para poder lamerse en Chesilworth las heridas de su corazón.
Marcia notó la repentina frialdad en el trato entre su prima y Sir Fernando, circunstancia que aprovechó para coquetear con él. Por su parte, a Leticia le habría gustado poder decirle que se había equivocado, pero lo cierto era que seguía sin confiar plenamente en Fernando.
La casa que los Mendiola tenían en la ciudad era espaciosa y elegante, pero aquellas comodidades no le importaban lo más mínimo en esos momentos.
A la mañana siguiente de llegar a Londres, Fernando la llevó al despacho de su administrador, el señor Satley, el cual le prometió que miraría los registros de cuando era su padre quien dirigía los negocios con la familia Mendiola y se produjo la venta del devocionario para comprar los caballos.
Luego se fueron a la librería de Priman Ariel, el librero que le había comprado los diarios de Julieta a David Miller.
-¡Leticia! -exclamó nada más verla- ¡Qué alegría! Lamento lo de tu padre. Era un buen hombre. Un auténtico erudito.
-Sí, gracias.
-¿Buscas algún libro? -preguntó Ariel, mirando de reojo hacia el acompañante de Leticia, la cual no dudó en satisfacer la curiosidad del librero y pasó a realizar las presentaciones.
-Sir Fernando está buscando un libro que ha pertenecido a su familia durante muchas generaciones -dijo luego Leticia mientras Ariel los guiaba a la trastienda para que pudieran hablar más a gusto-. Es un devocionario firmado por la Reina Isabel.
-Con tres joyas en el lomo y perlas en la portada-añadió Fernando.
-¡Sí, ojalá tuviera yo ese libro! -exclamó Ariel-. A ver... Samuel Arrington podría saber su paradero. O si no, en la tienda de Cohn.
Abandonaron la tienda con las direcciones de otros tres libreros, pero ninguno de ellos había oído hablar siquiera del devocionario. Leticia regresó a casa de los Mendiola deprimida y se acostó de inmediato.
Al día siguiente, mientras esperaba en el salón para salir en busca del libro, el mayordomo le comunicó que Sir Fernando quería verla en su despacho.
-El señor Staley está con él -añadió.
Leticia corrió al despacho de Fernando, el cual esbozó una sonrisa que la hizo concebir ilusiones.
-Señorita Padilla, Staley tiene buenas noticias -dijo Fernando con formalidad.
-Encontré un libro de contabilidad de hace veinte años. En él aparece una transacción de unos caballos por varios objetos valiosos, entre los que se encontraba un libro con joyas, según la anotación que hizo mi padre -arrancó Staley-. Se lo vendió a un librero llamado Harrington Jones. Su tienda sigue en funcionamiento.
Fernando prometió recompensar a su administrador por la eficiencia de su gestión, y, acto seguido, salió con Leticia a la caza del libro.
-¿En qué puedo ayudarles? -los recibió un dependiente de la librería nada más verlos entrar.
-Estamos buscando un libro que mi padre le vendió al señor Jones, hace veinte años. ¿Podríamos verlo? Soy Sir Fernando Mendiola -dijo éste.
-Por supuesto. En seguida le anuncio su visita -contestó el dependiente.
Los condujo hasta un despacho y les pidió que esperaran fuera mientras él entraba para hablar con el señor Jones. Segundos después, un hombre mayor salió, se presentó como Harrington Jones y los invitó a pasar.
-Siéntese, por favor -le dijo a Leticia mientras le ofrecía la única silla del despacho-. ¿En qué puedo ayudarles? -añadió, dirigiéndose a Sir Fernando.
Éste le describió de nuevo el libro que buscaban, le prometió una recompensa generosa si les proporcionaba información sobre el devocionario y, tras unos minutos de negociación, el señor Jones se decidió a hablar.
-No recuerdo cuándo compré el libro, pero sí que se lo vendí hace unos años a uno de mis mejores clientes -arrancó Harrington-. Le advierto que no querrá desprenderse de él. Es un gran coleccionista y tiene mucho dinero. Se llama Ernest Bigby. Si quieren, puedo darles su dirección.
-Por favor.
Salieron dela tienda a los pocos minutos, después de satisfacer la cantidad que habían acordado a cambio de la información.
-¡Fernando!, ¡Ya casi lo tenemos! -exclamó Leticia-. ¿Crees que lograremos convencerlo para que nos venda el libro?
-Por lo menos, seguro que podremos echarle un vistazo. Me consta que a los coleccionistas les gusta presumir de sus joyas. Y cuando se descuide, intentaremos quitarle el mapa... si es que sigue ahí.
-Tiene que estar -afirmó Leticia con fe-. No es posible que nos hayamos tomado tantas molestias para que el mapa se haya perdido.
Regresaron a casa, donde Fernando escribió una nota a Ernest Bigby, comunicándole su interés por recuperar el devocionario. Después de ordenarle a un criado que la enviase, sólo quedaba esperar, así que cuando Marcia propuso ir de compras, Leticia aceptó, pensando que así se distraería.
Lo que no imaginó, en cambio, fue que Fernando decidiese unirse a ellas.
-¿Por qué vienes con nosotras? -espetó Leticia mientras su prima se cambiaba de ropa para salir.
-Por desagradable que le resulte mi presencia, señorita Padilla -replicó él con frialdad-, le recuerdo que alguien intentó hacerle daño hace unos días. Sé que usted me considera culpable de su secuestro, pero dado que yo sé que no lo soy, también sé que su agresor está fuera y que no pienso permitir que salga de esta casa sin mi ¿Está claro?
-Cristalino -respondió Leticia. Me parece que me duele la cabeza. Creo que al final no acompañaré a Marcia -añadió.
Luego se fue a su habitación y se puso a mirar por la ventana. ¿Cómo podían haberse torcido tanto las cosas entre ellos? Alegó encontrarse mal y no salió en todo el día, ni siquiera para asistir a la ópera, tal como había planeado el resto.
Se puso el camisón y se acostó, pero no logró dormirse ni cuando oyó a tía Alicia y a Marcia regresar de la ópera. No podía conciliar el sueño pensando que Fernando había pasado la velada junto a su prima, en vez de con ella.
Los ojos le arrasaron de agua. Se dijo que era una locura amar a alguien del que desconfiaba... y, de pronto, lo comprendió.
Comprendió que tenía razones para desconfiar de Fernando,. Pero que en el fondo de su corazón jamás lo había creído capaz de hacerle daño. De haberlo creído, no habría accedido a ir con él a Londres, con la exigua protección de su tía y su prima.
Leticia se levantó de la cama y empezó a dar vueltas por el dormitorio. ¿Cómo no se había dado cuenta antes de que, a pesar de lo que le dictara la lógica, en realidad nunca había sospechado de él?
Soltó un sollozo, mezcla de alivio, arrepentimiento y amor, abrió la puerta y salió corriendo hacia la habitación de Fernando. Entró sin detenerse siquiera a llamar y lo encontró preparándose para acostarse, con la camisa desabotonada.
-¿Te pasa algo Leticia? -preguntó él, tan sorprendido como preocupado por tan intempestiva irrupción.
-Yo... no sé cómo decir esto. Tengo miedo de que me odies, pero ... he venido a pedirte disculpas -dijo Leticia, con los ojos aún húmedos de lágrimas-. Siento haberme equivocado. Sé que había razones para sospechar que eras tú quien me había secuestrado; pero esta noche he escuchado a mi corazón y he comprendido que tú jamás intentarías hacerme daño.
-Por supuesto que no -Fernando dio un paso hacia ella y abrió los brazos-. ¡Leticia!
Ésta se fundió contra su pecho y sellaron la reconciliación con un beso fogoso. En esta ocasión fue ella quien tomó la iniciativa de desnudarlo y empujarlo hacia la cama hasta tirarlo sobre el colchón. Luego se quitó el camisón, se colocó a horcajadas sobre Fernando y fue lamiéndole el pecho, acariciándole el abdomen y los muslos, el centro de su masculinidad, hasta situarse encima de él y bajar para consumar la unión. Leticia gimió de placer y se movió con lentitud hasta que la pasión la descontroló y la obligó a acelerar más y más. Finalmente una explosión de placer los mandó a un vacío oscuro de sensaciones inefables.
Permanecieron juntos mucho tiempo, callados pero expresando todo lo importante con caricias, hasta que Fernando le recordó que debía regresar a su habitación, no fueran a descubrirlos.
Leticia se vistió y, después de que él comprobase que no había nadie, salieron al pasillo y la acompañó hasta su dormitorio. Le abrió la puerta galantemente...y vieron a un hombre registrando la cómoda de Leticia.
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