Capítulo 16
Leticia sabía que debía resistirse, pero los últimos días trabajando junto a Fernando constantemente habían avivado las llamas de su deseo. Agradecía que él se hubiese controlado par demostrarle que la respetaba, pero también le habría gustado que se hubiese dejado arrastrar un poco más por la pasión.
Una vez en el mirador, Fernando se giró y la besó con ardor. Se apartó lo justo para desabotonarle el corpiño y despojarla a continuación de la camisa, tras lo cual empezó a pellizcarle los pezones hasta que éstos se endurecieron excitados.
-Llevo deseando este momento desde que te conocí -susurró Fernando sin dejar de acariciarle los pechos, mientras ella le desabrochaba la camisa para poder tocar su torso desnudo.
Fernando la abrazó para volver a besarla, apretándola con fuerza para sentirla piel contra piel. Leticia terminó de quitarle la camisa y la tiró al suelo. Se había humedecido y quería sentir a Fernando dentro de ella.
Siguieron besándose y desnudándose con fervor. Cuando todas las prendas se hubieron amontonado sobre el suelo, Leticia sintió una mezcla de pudor ante su propia desnudez y miedo y excitación por la de Fernando, cuyas manos la recorrieron metódicamente de arriba abajo, hasta enredarse en el vello de su pubis.
Luego empezó a besarle un hombro, el cuello, mientras le acariciaba las nalgas con una mano y avanzaba con la otra hasta el interior de sus piernas.
Leticia se ruborizó, pensó que se caería al suelo de la excitación, pero Fernando la sujetó, le dio media vuelta para que se apoyara sobre el pecho de él y siguió acariciándola íntimamente, apretando su erección contra el trasero de ella.
Fernando le lamió el lóbulo de una oreja, continuó frotándola con ambas manos por el pecho, por el abdomen, por el miembro ardiente de su virilidad.
-¿Estás segura de que quieres seguir adelante? -susurró Fernando mientras la tumbaba sobre un mullido y largo asiento del mirador.
Leticia respondió separando las piernas y dio la bienvenida a la primera arremetida de Fernando, que la besó con ternura hasta notarla relajada. Luego empezó a empujar y Leticia experimentó una mezcla deliciosa de dolor y placer. Se hundió en ella hasta llevarla allá adonde nunca antes la habían llevado, moviéndose despacio al principio y más y más de prisa a medida que las garras de la pasión se apoderaban de ambos. Leticia estaba transportada, sintió un espasmo, una explosión de deseo que la estremeció, justo a la vez que Fernando se derramaba en su interior y caía rendido encima de ella.
Poco a poco regresó a la realidad y fue tomando consciencia de quién era y dónde estaba. Fernando suspiró, rodó para no aplastarla y la colocó encima de él. La estrechó entre los brazos y Leticia reposó la cabeza sobre su pecho, oyó el latir furioso de su corazón y sintió una paz inefable, como si allí, junto a Fernando, hubiera hallado su hogar.
Un rayo de sol despertó a Leticia a su pesar. Se dio media vuelta, suspiró y hundió la cabeza en la almohada recordando la noche anterior.
No habían permanecido apenas tiempo en el mirador, pues no había querido Fernando que tía Alicia o Marcia fueran a buscar a Leticia por cualquier motivo y no la encontraran en su dormitorio. Ella había obedecido sin rechistar, demasiado feliz como para preocuparse por nada. Había entrado en casa primero y, por suerte, no se había cruzado con nadie de camino. Se había dormido nada más caer en la cama y ahora era el primer momento en que reflexionaba sobre lo que había ocurrido.
Sonrió al recordar cómo habían hecho el amor y tuvo la certeza de que amaba a Fernando. Y aunque sabía que su tía tenía razón cuando decía que los hombres como él no se casaban con mujeres sin dinero, lo único que le importaba era el amor que le llenaba el pecho.
Se levantó y se tomó tiempo para bañarse y vestirse. Cuando por fin bajó, ya habían retirado el desayuno, de modo que le pidió una taza de té y una tostada a un criado, el cual la informó de que Fernando había salido a una reunión con su agente inmobiliario y no volvería hasta la hora de cenar.
Pasó el día preparando el equipaje par Londres y charlando con los gemelos y Paula Maria. Cuando por fin regresó Fernando, tuvieron que mantener las apariencias durante la cena y la posterior sobremesa.
Leticia se preguntó qué ocurriría esa noche, si Fernando se arriesgaría a buscarla, a pesar deque sus dormitorios estaban en extremos opuestos y cualquiera podría sorprenderlo en el intento.
Por si acaso, cuando llegó la hora de retirarse, se echó más perfume y se puso su mejor camisón para recibirlo. Se metió en la cama, dejó dada la luz de la mesilla de noche... y se quedó dormida.
Una caricia en la cintura la despertó al cabo de un buen rato.
-Soy yo, no grites -susurró Fernando mientras se acomodaba en la cama-. He tardado mucho porque quería asegurarme de que todos estuvieran dormidos.
-Me alegra que hayas venido -dijo Leticia, sonriente.
-Y yo me alegro de que te alegre -Fernando le dio un beso fugaz en los labios-. Tenemos que hablar. Mañana estaré ocupado con mi agente inmobiliario y luego será difícil deshacernos de las Villaroel. Tenemos que hablar ahora -añadió mientras le acariciaba los pechos con las puntas de los dedos.
-Ya habrá tiempo después -murmuró Leticia, que no sabía si quería oír lo que él quería decirle.
-¿Qué? Ah, sí... después -entonces la besó y ya no pudieron hablar.
Despertó sola. Agradecía que Fernando se preocupara por su reputación, y no podía evitar fantasear con lo agradable que sería amanecer junto a él cada mañana.
Al igual que el día anterior, no se le ocurría qué hacer en ausencia de Fernando. Ultimó la preparación del equipaje, bajó a comer y, poco después, una doncella llamó a su dormitorio y le entregó una nota. Leticia la leyó y sonrió. Era de Fernando, el cual le comunicaba que estaría libre por la tarde y le proponía que quedaran a las dos en las ruinas del monasterio.
Se cambió de ropa y se dirigió al establo acato seguido. Llegó al lugar de encuentro un poco pronto, ató al caballo a la sombra de un árbol y dio una vuelta por los alrededores.
Entonces oyó algo, se giró pensando que Fernando había llegado y salió de la habitación en que se encontraba. Un destello extraño le llamó la atención, pero antes de que pudiera distinguirlo, algo le golpeó por detrás y la tiró la suelo. Sintió un latigazo de dolor en la cabeza. Luego nada.
Leticia recuperó la consciencia poco a poco. Yacía sobre una superficie dura, pero no reconocía dónde estaba. Recordaba haber recibido un golpe mientras paseaba por el monasterio, pero no se hallaba allí, sino en una habitación muy alta, con una escalera de caracol que llegaba hasta un hueco del techo.
El suelo estaba cubierto de polvo y Leticia vio las huellas de quien debía haberla arrastrado hasta allí. Era evidente que alguien le había hecho daño adrede y la había ocultado en aquel extraño lugar.
Se fue incorporando lentamente hasta ponerse de pie y se dirigió hacia la puerta, la cual no pudo abrir, tal como esperaba. ¿Dónde podía estar? Aquel sitio era tan extraño que Leticia se sentía como si la hubieran transportado a otro mundo.
Decidió sentarse y, después de pensar un rato, se le ocurrió que podría estar en uno de los molinos de viento que rodeaban Haverly House. Se preguntó cuánto tiempo tardarían en echarla de menos, pero trató de encontrar una salida por su cuenta, aunque sólo fuera por si acaso.
Aporreó la puerta y pidió auxilio a gritos, pero se cansó al cabo de unos minutos. Apenas entraba ya luz por las ventanas, de modo que debía de haberse perdido la cena. Pensó en escaparse por una de las ventanas, pero al ver el estado decrépito de las escaleras que conducían hacia el techo, comprendió que sería una locura intentar encaramarse hasta ahí arriba.
Echó un vistazo a los pocos objetos que había en la habitación: una escoba con la que podría atacar a su agresor si regresaba, una cuerda, una silla rota, unos pocos tornillos y una extraña máquina cuya utilidad desconocía.
Aunque le pareció improbable, se le ocurrió que podría tirar algo por la ventana, por si tenía la suerte de que alguien pasara por allí y lograra captar su atención. Así que rompió una pata de la silla y, después de estrellarla repetidamente contra el cristal de una de las ventanas, consiguió romperlo... pero nadie reaccionó afuera.
La habitación oscurecía por segundos. Rompió otra pata de la silla, pensando que sería un arma de defensa más contundente que la escoba, y se preguntó quién podría estar interesado en secuestrarla. Sólo se le ocurría que Marcia estuviese celosa de ella, pero era demasiado perezosa para llevar a cabo algo así.
No, seguro que no había sido Marcia.
Debía de tratarse de la misma persona que había entrado a robar en Chesilworth y en Haverly House. ¿Pero qué ganaba el ladrón secuestrándola? Entonces pensó que quizá quería ir a Londres antes que ella para encontrar el libro por su cuenta... aunque eso implicaba que sabía qué libro era el que estaban buscando, y ellos sólo se lo habían dicho a sus familiares.
Ya había anochecido por completo, cualquier ruido multiplicaba su volumen en las tinieblas. Por más que procuró serenarse, no podía evitar sentir miedo. Lo que era lógico: ¿acaso no la habían secuestrado?, ¿la dejaría encerrada su agresor hasta que se muriese de sed o hambre?
Prefirió olvidarse de tan lúgubres vaticinios y trató de centrarse en quién y por qué la había capturado. Puede que Fernando no se hubiese equivocado al desconfiar de David Miller. Quizá había vendido los diarios de Julieta con la esperanza de descubrir a algún Padilla y de usarlo como cebo para dar con el tesoro de la dote española.
Sin embargo, ¿cómo podía haberse enterado David Miller del libro donde debía estar la otra mitad del mapa? No tenía sentido. La única persona que podía beneficiarse... Leticia se detuvo, dio marcha atrás, incapaz de dar crédito a lo que estaba pensando... Pero tenía que afrontar la verdad: la única persona que podía beneficiarse de aquel secuestro era Fernando.
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