Thursday, February 10, 2011

FF: La dote Española- capitulo 2

Como ya pueden ver.. voy a poner este FF diario. espero que lo disfruten mucho:)

Capítulo 2

Sir Fernando Mendiola paseaba por el jardín sin apenas advertir la fragancia de las rosas. Estaba pensando en la joven a la que había conocido la noche anterior en tan extrañas circunstancias. ¡Y pensar que era pariente de las otras dos Villaroel!

Le costaba encontrarle el menor parecido con Marcia. Puede que los demás consideraran más guapa a esta, pero la belleza de Leticia era innegable. ¿Cómo no se había fijado en ella el día anterior?

No podía creer que la hermosura de Marcia lo hubiese cegado. Puede que las sonrisas y miradas descaradas que le había lanzado lo hubieran excitado, pero no lo habían descerebrado. Le aburría su conversación y, antes de aceptar su invitación, se había planteado muy en serio si merecería la pena aquella satisfacción física pasajera, si a cambio tendría que soportar el insustancial parloteo de aquella mujercita.

Pero se alegraba de haber ido, pues gracias a eso había conocido a Leticia. Sir Fernando recordó el sabor de sus labios, el roce de su tersa piel, el placer sincero que había experimentado ella.

No era la primera mujer que sonreía y gemía para él, pero Fernando nunca estaba seguro de si el placer de sus amantes era auténtico o una mera interpretación, para complacerlo.

Había heredado una buena fortuna siendo pequeño, legada por su abuelo materno. Y tras la muerte de su padre, años más tarde, había adquirido las extensas propiedades de los Mendiola. Aunque él sólo era barón, su familia contaba con uno de los linajes más nobles y antiguos de Inglaterra. De modo que su riqueza y su apellido lo habían convertido en objetivo prioritario de las mujeres depredadoras. Por suerte, había aprendido a cuestionar la atracción que despertaba en ellas antes de cumplir los veinte.

Pero la noche anterior no había habido engaños. La excitación de Leticia había sido inconsciente, espontánea e indudable. El mero hecho de recordarlo hizo que volviese a excitarse otra vez.

Se detuvo y se giró para mirar hacia la casa, con esperanza de ver a la señorita Villaroel de nuevo. Justo mientras aguzaba la vista tratando de localizarla, oyó una pisada por detrás.

-Sir Fernando, volvemos a encontrarnos -oyó decir a una mujer.

Era su voz. Se giró hacia ella. Era más alta que muchos hombres, esbelta, de pechos firmes, apetecibles, aunque escondía su cuerpo bajo un vestido marrón y ocultaba su cabello con un sombrero de paja, cuyas anchas alas le ensombrecían el rostro.

-¡Señorita Villaroel!, ¡qué agradable sorpresa! Mis paseos matutinos suelen ser muy aburridos, pero estoy seguro de que usted me lo amenizará -Sir Fernando le ofreció un brazo-. ¿Me acompaña?

Leticia aceptó, sonriente. Lo había visto unos minutos antes y había estado dando vueltas, haciendo acopio de valor para hablar con él. Cuando por fin lo había abordado, el corazón le había dado un extraño vuelco ante la sonrisa que Sir Fernando le había dedicado.

Procuró no hacer caso de cómo le latía el corazón mientras dejaban atrás un emparrado y salían a la parte trasera del jardín.

-No me apellido Villaroel -le comunicó Leticia.

-Disculpe, lo había dado por supuesto. Como su tía se apellida Villaroel...

-Por supuesto. Pero ella es la esposa del hermano de mi madre.

-Entiendo. ¿Cómo se llama entonces?

Se acobardó en el último segundo y se limitó a responder:

-Leticia.

-Leticia -repitió Sir Fernando, cuyos ojos marrón dorado destellaron al son de su sonrisa.

-Pero mis hermanos me llaman Lety -añadió esta.

-¿Y cómo se llaman sus hermanos, si me permite la indiscreción? -quiso saber él.

-Mi hermana se llama Paula Maria. Y los gemelos, Tomas y Jaime -respondió Leticia. Se estaban aproximando al laberinto y apuntó hacia él con la barbilla-. ¿Entramos? Lo recorrí ayer y conseguí salir. Hay una fuente preciosa en el medio.

-Sí -respondió Sir Fernando con voz rugosa, ante la perspectiva de pasear entre las altas y verdes paredes del laberinto, a solas con Leticia-. Buena idea.

-Es bonito... aunque no muy difícil. El que teníamos en casa era complicadísimo. Era muy fácil perderse, hasta para nosotros. Una vez, cuando Jaime y Tomas eran pequeños, entraron y nos costó horas dar con ellos. Papá amenazó con cerrarlo, pero lo convencí de que se limitara a bloquear la entrada hasta que fueran mayores.

Lo que no le contó a Sir Fernando fue que en los últimos años habían descuidado el laberinto, porque no tenían dinero para seguir pagando a un jardinero.

-¿Dónde está su casa?

-En el condado de Gloucester, cerca de Faitbourne. En realidad, vivimos con tía Alicia desde que papá murió. No está muy lejos de nuestra casa, pero la echamos de menos -Leticia sonrió y añadió con convicción-. Aunque las cosas van a cambiar pronto. Y entonces podremos volver a nuestra casa.

Entraron en el laberinto y empezaron a doblar esquinas. Aislados por sus verdes paredes, parecía que estaban en un mundo aparte.

-No le he dicho mi apellido -dijo Leticia después de pasear unos segundos en silencio.

-No, no lo ha hecho -repuso él, intrigado.

-Pues, como decía, no me apellido Villaroel... sino Padilla.

-Una Padilla desleal -dijo Sir Fernando en broma.

-Un Mendiola despiadado -respondió ella con los brazos en jarra.

-¿Y qué quiere una Padilla de un Mendiola?

-Sé que hace años que nuestras familias están...

-¿Enfrentadas?

-Creo que es una palabra demasiado fuerte -repuso Leticia-. Hace más de un siglo que los Padilla y los Mendiola enterramos el hacha de guerra.

-Un gran logro.

-Espero que no sea tan obtuso como para echarme en cara mi apellido -lo desafió Leticia.

-De pequeño me decían que si era malo, los Padilla vendrían por mí -Sir Fernando sonrió-. Sin embargo, confío en poder contenerme en esta ocasión.

-He venido a pedirle ayuda, no en busca de pelea.

-¿A pedirme ayuda?, ¿un Padilla pidiéndole ayuda a un Mendiola?

-¿Tiene intención de seguir jugando a esa tontería? He venido a esta fiesta exclusivamente a hablar con usted, pero a veo que es incapaz de olvidarse de sus prejuicios.

-Disculpe, señorita Padilla- Sir Fernando borró la sonrisa de sus labios-. Me esforzaré por comportarme con seriedad. Aún así, me resulta muy extraño que me pida ayuda una Padilla, y dudo que vaya a estar dispuesto a ofrecérsela.

-Espero que sea razonable. Comprenderá que es beneficioso para los dos.

-¿Qué sería beneficioso?

-Eso es lo que estoy a punto de contarle. Ah, este es el centro del laberinto. ¿Verdad que es un lugar tranquilo? ¿Por qué no nos sentamos en el banco mientras intento explicarme?

-Usted primero -dijo Sir Fernando, tras limpiar el banco con un pañuelo.

-Estoy buscando la dote española -anunció entonces Leticia.

-¿Qué?

-Seguro que ha oído hablar de ella. Es la culpable de la rivalidad entre nuestras familias.

A finales del siglo diecisiete, los Mendiola y los Padilla habían acordado que Sir Humberto Mendiola se casaría con la hija de Richard Padilla, Lord Chesilworth en aquel entonces. La hija se llamaba Julieta, la cual, en vez de casarse con Sir Humberto, terminó fugándose a Boston con el hombre al que realmente amaba, en la misma víspera de la boda. Había sido un escándalo enorme; entre otras razones, porque la cuantiosa dote que los Padilla habían ofrecido a los Mendiola también desapareció.

-¿Se refiere a la dote de Julieta la Pirata? -exclamó Fernando.

-A la dote de Julieta Padilla -corrigió ella.

-Debe de estar bromeando -afirmó Sir Fernando-. Todo el mundo sabe que no existe ninguna dote. Se trata de una leyenda.

-¿Una leyenda? ¿Cómo va a ser una leyenda? La dote española es real. ¿Por qué, si no, la reclamaron sus antepasados tanto dentro como fuera de los juzgados?

-No niego que Lord Chesilworth tuviera algunas joyas, pero la cantidad y su valor se han magnificado con los años. Además, ¿quién me dice a mí que de veras ofreció esa dote para la boda de su hija? Quizá todo fue una argucia para engañar a Sir Humberto.

-¡Tonterías! -espetó Leticia-. He leído la lista de bienes que formaron esa dote: esmeraldas y rubíes, monedas de oro, una estatua de oro macizo con forma de leopardo, con ojos de esmeralda y un collar de rubíes. Era una obra de arte.

-En caso de que llegaran a enviar ese tesoro a Haverly House junto con Julieta la Pirata, ésta se lo llevó consigo cuando se fugó a Boston -contestó Sir Fernando-. Es evidente que Sir Humberto no lo tenía, pues se lo habría reclamado a su padre de lo contrario. Y este afirmaba que tampoco lo tenía. De modo que, una de dos, o estaba mintiendo, o Julieta la Pirata se lo llevó cuando se fue con su amante.

-¿Le importa dejar de llamarla así? Julieta Padilla no era una ladrona, y no se llevó el tesoro español. Lo dejó en tierras de los Mendiola -aseguró Leticia.

-Habla como si la conociese -observó él-. Y lleva muerta más de ciento cincuenta años.

-Ciento cincuenta y cinco, para ser más exactos -precisó Leticia-. Pero siento como si la conociera, sí. Porque he leído sus diarios.

Sir Fernando la miró en silencio unos segundos.

-La cosa se pone interesante por segundos -dijo por fin.

-Le aseguro que digo la verdad -repuso Leticia, molesta por el tono irónico de Sir Fernando-. Tengo los diarios de Julieta Padilla.

-¿Cómo se ha hecho con ellos?

-Gracias al señor Ariel, Perryman Ariel... tiene una tienda de libros antiguos. Se los vendió a mi padre. Por si no lo sabe, a él siempre le interesó todo lo relacionado con la dote española.

-Había oído que estaba... apasionado con el tema.

-A juzgar por su expresión, supongo que habrá oído que estaba obsesionado.. Creo que chiflado es el adjetivo habitual -dijo Leticia-. Pero digan lo que digan, mi padre era un hombre inteligente y muy sabio. Basaba sus juicios en hechos comprobables, no en vanas suposiciones. Estaba muy informado y sabía que Julieta Padilla no era el tipo de mujer capaz de marcharse con la dote. Los Padilla siempre hemos tenido a gala nuestro sentido del honor.

-Sentido que debió olvidar Julieta cuando rompió su matrimonio y dejó plantado a Sir Humberto en el altar.

-¡Estaba enamorada de otro! -estalló Leticia-. Tenía derecho a casarse con el hombre al que amaba, en vez de someterse a un matrimonio de conveniencia. Además, puede que Sir Humberto fuese rico y poderoso, pero a ella tampoco le faltaba dinero. Y mi familia no amasó sus fortunas mendigando favores -remató desafiante.

-¿Está diciendo que los Mendiola, sí? -Sir Fernando se puso de pie, súbitamente indignado-. Siempre hemos sido astutos, pero no nos hemos rebajado a mendigar, como usted dice. Lo que ocurre es que hemos sabido invertir nuestro dinero, mientras que los Padilla son soñadores, irreflexivos, incapaces de tomar una decisión de negocios inteligente.

-Soñar no tiene nada de malo -replicó Leticia -. Son los soñadores los que levantan imperios y crean obras maestras. Los Padilla son eruditos y se interesan más por el arte y la belleza que por el precio del té o del café.

-Ya, pero conviene saber el precio del té o del café si uno quiere seguir adquiriendo arte y belleza -contestó Sir Fernando. En seguida se dio cuenta de que había sido una grosería echarle en cara a Leticia los disparatados proyectos y fracasos de su padre-. Perdone, no pretendía...

-Claro que lo pretendía -Leticia lo miró a los ojos-. Sé que a mi padre no se le daba bien gestionar el dinero. Ni a mi abuelo. El amor por la belleza no nos ha enriquecido. Pero me alegro de que mi padre no haya sido de otro modo. Era un hombre admirable y yo lo quería mucho.

-Tenía suerte de tener una hija como usted -concedió Sir Fernando.

-Espero que él pensara lo mismo -Leticia esbozó una débil sonrisa.

-No me cabe la menor duda. Todo el mundo sabe que Chesilworth era un hombre hogareño, amante de su familia.

-Sí, nos quería mucho -afirmó ella con la voz quebrada-. Disculpe, me temo que aún lo echo mucho de menos.

-Perdóneme, no quería...

-No, soy yo quien tiene que disculparse, por desviarme de la cuestión -atajó Leticia, forzándose a sonreír-. Estábamos hablando de los diarios.

-Ah, sí, los diarios -Sir Fernando no pudo evitar usar un tono sarcástico-. Por supuesto -añadió mientras volvía a sentarse en el banco.

-Hay siete en total. Como decía el señor Ariel se los vendió a mi padre poco antes de... su muerte -arrancó Leticia. Pero no se molestó en añadir que su padre se había gastado más dinero del que a familia podía permitirse entonces-. Después... al final fui yo quien los leyó. Y en ellos Julieta dice que dejó su dote en las tierras de los Mendiola. Y no sólo eso, sino que dejó instrucciones de cómo recuperarla. Si trabajamos juntos, podremos encontrar el tesoro español.

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