La Dote Espanola
Según la leyenda, "la dote española" era un tesoro repleto de joyas y monedas de oro.
A finales del siglo XVII, Julieta Padilla contrajo nupcias con Sir Humberto Mendiola en un intento de sus padres por unir a ambas familias. Pero ella se fugó a Estados Unidos con otro hombre, y la dote desapareció. Los Padilla y los Mendiola se habían peleado y odiado desde entonces.
Ahora, ciento cincuenta años después, otra mujer de la familia Padilla pretendía encontrar la dote. Descubrirla era la única esperanza de Leticia Padilla de proporcionarles un futuro a sus hermanos pequeños... Y a sí misma. Por desgracia, necesitaba la ayuda de un Mendiola. Pero confiar en uno de ellos era algo inconcebible.
Prólogo
Según la leyenda, "la dote española" era un tesoro repleto de joyas y monedas de oro. A finales del siglo XVII, Julieta Padilla contrajo nupcias con Sir Humberto Mendiola en un intento de sus padres por unir a ambas familias. Pero ella se fugó a Estados Unidos con otro hombre, y la dote desapareció. Los Padilla y los Mendiola se habían peleado y odiado desde entonces. Ahora, ciento cincuenta años después, otra mujer de la familia Padilla pretendía encontrar la dote. Descubrirla era la única esperanza de Leticia Padilla de proporcionarles un futuro a sus hermanos pequeños... Y a sí misma. Por desgracia, necesitaba la ayuda de un Mendiola. Pero confiar en uno de ellos era algo inconcebible.
Prólogo
La puerta de la habitación se abrió con suavidad y entró un hombre. Llevaba una vela que apenas penetraba la oscuridad. Se acercó sigilosamente hasta la cama, pero la mujer que yacía sobre ella no pareció advertir su presencia. Se detuvo, algo desconcertado. Había imaginado que la encontraría despierta. Se detuvo, algo desconcertado. Había imaginado que la encontraría despierta y que se giraría hacia él para darle la bienvenida con la misma efusividad que había mostrado horas atrás. Arrimó la vela a la cama y la llama iluminó su cabello, suelto y extendido sobre las sábanas y la almohada. Era ese cabello dorado lo que había llamado su atención por la tarde, más que la perfección de sus facciones.
Dejó la vela, la apagó de un soplido, se descalzó y gateó sobre la cama hacia la mujer. Que no dijo nada. Resultaba extraño que se hubiera ido a dormir sin más después de haberlo citado para medianoche. Se le ocurrió que estaba simulando dormir, quizá porque pensara que él lo encontraría excitante. Debía reconocer que tumbarse junto a su cálido cuerpo, indefenso, dócil e inconsciente, tenía algo bastante intrigante.
Hundió la cabeza en el fragante cabello de la mujer y la rodeó con un brazo delicadamente. Luego le retiró el cabello y posó los labios sobre su nuca con ternura.
La mujer exhaló un suspiro trémulo, y él sonrió contra su piel. Recorrió su cuello beso a beso hasta encontrar una oreja. Le mordisqueó el lóbulo mientras introducía una mano bajo las sábanas. Las apartó y descubrió que llevaba puesto un camisón de algodón. Una prenda recatada que le pareció, sin embargo, mucho más excitante que otras mucho más provocativas. Le entraron ganas de reír. No había supuesto que la joven fuese tan sabia y experimentada. Quizá lo pasara mucho mejor de lo que había pensado en un principio.
Conquistó su cuerpo con las manos mientras seguía lamiéndole la oreja. Le acarició los pechos y las caderas por encima del camisón. Dejó que sus dedos jugaran sobre sus muslos, su estómago. Comenzó entonces a besarle el cuello, le desabrochó los primeros botones del camisón, y, al mirar un segundo sus turgentes senos, sintió una excitación abrumadora. Inclinó la cabeza y le besó los hombros.
La respiración se le aceleró, apretó el cuerpo contra el de ella y frotó de arriba abajo su redondeado trasero. Deslizó una mano por su abdomen y luego bajó hasta el vértice de sus piernas. Ella gimió, separó los muslos, entregada. Había algo tremendamente excitante en esa aceptación silenciosa, en el modo en que la respiración se le iba entrecortando. Movió los dedos rítmicamente, apretando y soltando, recorriendo sus labios menores sobre la tela, y obtuvo la recompensa de un segundo gemido, que pareció nacer de lo más profundo de ella.
Cerró los ojos y avanzó a besos por su piel hasta llegar a una de sus mejillas. La mujer se giró hacia él, levantó los brazos, le rodeó el cuello mientras el hombre la besaba, azotado por el deseo.
Le subió la falda del camisón por encima de los muslos, le acarició con delicadeza, fue subiendo hasta sentirla húmeda y mojarse los dedos con el rocío perlado de su feminidad. La mujer se estremeció cuando notó que tocaban su región más íntima, pero luego se movió, instándolo a que siguiera rozándola, celebrando las maniobras de aquellos dedos tan sabios.
La necesidad latía en sus ingles. Quería saborearla y tocarla por todas partes. No había imaginado algo así al aceptar la invitación de Marcia, la hija de la señora Villaroel. Le había parecido una descarada y, en un principio, había pensado que no acudiría a la cita. Al final, una vaga inquietud lo había hecho salir de su habitación para entrar en la de Marcia. Y ahora...
Ahora, al tocarla y aspirar su aroma, no estaba encontrando la pasión vulgar y premeditada que había esperado. El calor de su cuerpo, el modo en que ella lo besaba y gemía y suspiraba, hablaban de una falta de experiencia más excitante que... NO recordaba haber sentido algo tan intenso entre los brazos de una mujer nunca.
Abandonó su boca y descendió hasta los pechos temblorosos. La mujer se arqueó para pegarse a él, que empezó a chuparle los pezones.
Gimió, movió las caderas agitada y, de pronto, notó una sacudida. Gritó. Abrió los ojos de par en par y él la miró a la cara, sonriente y lleno de orgullo. Entonces vio el desconcierto de la mujer, el horror que asomaba a sus ojos... y descubrió que la mujer que hacía debajo de él no era Marcia Villaroel.
No comments:
Post a Comment
Note: Only a member of this blog may post a comment.