Capítulo 9
Era Sir Fernando.
Leticia respiró aliviada, pero antes de salir de su escondite advirtió recelosa que Mendiola había llegado casi dos horas antes de la hora a la que había quedado con ella.
¿Y si se había adelantado par robarle las cartas?
-¿Señorita Padilla? -la llamó él-. Leticia ¿está ahí?
Esta permaneció oculta sin hacer un solo ruido.
-¡Maldita sea! ¿dónde se habrá metido? -exclamó Sir Fernando-. ¡Leticia!
Sobrevino un silencio tan profundo que Leticia tuvo miedo de que la oyera respirar. Finalmente, Sir Fernando, soltó un improperio y fue hacia la salida del desván.
¡Se iba sin buscar las cartas! Leticia suspiró satisfecha y salió de su escondite.
-Estoy aquí...
-¿Se puede saber qué hacía? -preguntó él tras darse la vuelta y verla-. ¿Por qué no respondía?, ¿estaba escondida?
-Sí -reconoció avergonzada-. Estaba sola, oí que subía alguien y... me asusté un poco.
-Lógico -contestó él-. No sé cómo se le ocurre venir sola. No podía creérmelo cuando me lo comunicó el mayordomo de su tía.
-¿Ha ido a casa de tía Alicia esta mañana?
-Sí, tenía que agradecerle la invitación de anoche y esperaba llegar pronto para que las Villaroel estuvieran aún dormidas, y así poder salir y charlar con usted un rato en algún lugar menos polvoriento -contestó Sir Fernando.
-Así que este sitio no le parece elegante -dijo Leticia, sonriente, simulando una pose arrogante.
-Nada más lejos de mi intención, señorita Padilla -Sir Fernando se llevó una mano hacia el corazón teatralmente-. Cualquier pieza será elegante con tal de que esté usted en ella.
Leticia rió y volvió hacia el baúl en el que había estado trabajando. Era sorprendente lo alegre que se sentía tras haberse desvanecido sus sospechas sobre Sir Fernando.
Este se aproximó hacia ella para ayudarla a buscar en el baúl. Trabajaron entre risas, amenamente, mientras se acercaban a las cajas que Paula Maria había descubierto el día anterior. Mendiola abrió un nuevo baúl y sacó un traje de hombre que, a juzgar por su estilo, podía pertenecer a Richard Padilla, el padre de Julieta.
Se arrodilló junto a Sir Fernando y registraron a fondo el baúl, pero sólo encontraron ropa.
-Al menos nos vamos acercando -la consoló él-. Vamos a correr esas cosas y abrimos el baúl de ahí.
Movieron el armazón de una cama, una silla, una mesa pequeña, bajo la cual había una caja metálica. Fernando desplazó un último mueble mientras Leticia intentaba abrir la caja. Pero tenía un cerrojo y no veía la llave.
Era el tipo de caja donde podían guardarse documentos importantes, de modo que miró en derredor, agarró el atizador de una chimenea y empezó a golpear el cerrojo, hasta que lo hizo saltar.
Encima de todo había un libro. Leticia lo abrió y vio la fecha que aparecía en la primera página: once años después de que Julieta se fuera con su amante. Apartó el libro y alcanzó los papeles de abajo, entre los que había recibos de diversas ventas de animales, y también de algunas deudas.
Entonces, encima de un libro con más anotaciones contables, vio un fajo de cartas, unidas por un lazo negro, escritas por una letra familiar.
-Fernando...-dijo mientras agarraba el fajo.
-¿Son las cartas? -preguntó ilusionado al ver la expresión de Leticia.
-Es su letra -respondió ella con la voz quebrada-. Casi no me lo creo. ¡Son las cartas que Julieta le mandó a su padre!
-Entonces es verdad -Sir Fernando parecía asombrado-. No puedo creérmelo. Los diarios, las cartas, el mapa... todo es verdad.
-¿Acaso seguía sin creerlo? -preguntó Leticia, extrañada.
Estaban sentados bajo la sombra de un roble, frente a Chesilworth. El fajo de cartas, de nuevo atado, yacía junto a la cesta de picnic de Leticia, cerca de Mendiola, que de vez en cuando las tocaba, como para convencerse de que existían de verdad.
Habían leído todas las cartas, una serie de emotivos intentos de Julieta por reconciliarse con su imperturbable padre.
-No, en realidad no me lo creía -reconoció Sir Fernando-. Creo que deseaba que fuese cierto y, después de que el ladrón se colara en Chesilworth, me convencí de que los diarios eran auténticos. Pero no podía creerme que las cartas siguieran aquí después de tanto tiempo, ni que en una de ellas hubiese un mapa del tesoro.
-Una especie de mapa -corrigió Leticia mientras sacaba el documento para estudiarlo.
-Sigue teniendo tan poco sentido como la primera vez que lo miramos -comentó él.
Había unas líneas aquí y allá, un bloque que podía representar algún tipo de edificio, una flecha. En un sitio podía leerse Little John, Había varias pistas, pero ninguna resultaba esclarecedora.
-Esperaba que fuese más concreto -comentó Leticia-. Seguro que cuando encontremos la otra mitad podremos entenderlo todo. ¿Conoce algún sitio cerca de su casa que le llame LittleJohn? -añadió.
-Demasiados. No es una gran referencia.
-Vaya -lamentó Leticia mientras doblaba el mapa y lo colocaba junto con las cartas-. Da igual, seguro que lo descifraremos. Me niego a desanimarme hoy, cuando por fin hemos encontrado lo que ya casi había perdido la esperanza de conseguir.
Fernando se acercó. Sus cabezas casi se rozaban, sus rostros estaban a escasos centímetros. Leticia lo miró a los ojos y deseó que Mendiola la besara, pero se retiró.
-Será mejor que nos vayamos -dijo ella mientras se ponía de pie -. Hay... cosas que hacer... ahora que tenemos el mapa.
-Por supuesto -Sir Fernando se levantó con desgana-. Déjeme que la acompañe. Tenemos que... concretar los detalles de su estancia en Haverly House.
El corazón le dio un vuelco ante la idea de viajar a la casa de Sir Fernando, el cual agarró las riendas de su caballo y lo guió mientras paseaban hacia Villaroel House.
-Por supuesto -aceptó Leticia-. ¿Cuándo... cuándo cree que podemos ir?
-¿Cuándo puede tener listo su equipaje?
-Esta tarde -Leticia sonrió-. No necesito llevarme muchas cosas.
Sir Fernando la miró sin creérselo del todo. Jamás había visto a su madre ir a Londres sin preparar el equipaje con una semana de antelación.
Poco después, cuando llegaron a Villaroel House, encontraron a tía Alicia y a Marcia en el salón.
-¡Sir Fernando!, ¡qué agradable sorpresa! -exclamó tía Alicia, sonriente, levantándose a saludarlo al instante.
-¡Qué bien acompañada vienes, prima! -dijo Marcia mientras batía los párpados para sir Fernando.
-Nos encontramos mientras volvía de dar un paseo -comentó Leticia-. Sir Fernando venía de camino.
-Quería darles las gracias por la maravillosa fiesta de anoche -aseveró él-. Sir Fernando venía de camino.
-Quería darles las gracias por la maravillosa fiesta de anoche -aseveró él. También he venido por una carta que he recibido de mi madre esta mañana -añadió después de varios minutos alabando la excelencia de la comida y los invitados.
-¿Y cómo se encuentra su querida madre? -preguntó tía Alicia.
-Perfectamente. Me ha escrito para decirme que está encantada con que haya decidido pasar unos días por aquí de vuelta a casa. Y me ha rogado que le permita a la señorita Padilla que vaya a visitar Haverly House.
-¿A Leticia? -preguntó tía Alicia, súbitamente pálida-. ¿Su madre ha invitado a Leticia?
-Sí. Como sabrá, mi abuela y la abuela de la señorita Padilla eran amigas -mintió Sir Fernando.
-¿De veras? -vaciló tía Alicia.
-Sí. Grandes amigas, de hecho. Mi abuela está deseando ver a la nieta de su amiga. Así que mi madre me ha pedido por favor que lleve a casa a la señorita Padilla.
-¡No puede llevarse a Leticia! Explotó Marcia, furiosa.
-Pobre Marcia -intervino tía Alicia-. No soportaría separarse de su prima. Pero estoy segura de que la invitación de Lady Mendiola nos incluye también a nosotras, Marcia. Después de todo, no esperará que una joven vaya sola a una casa desconocida sin que la acompañe ningún familiar. Yo jamás permitiría que Leticia viajara con un caballero sin carabina.
Sir Fernando captó la amenaza.
-Por supuesto, señora Villaroel -contestó por fin-. Me temo queme he expresado mal. Mi madre ha invitado a toda la familia. A usted y a la señorita Villaroel, y también a Tomas, Jaime y a Paula Maria. Mi abuela quiere conocer a todos los nietos de su amiga.
-¿A los niños? -tía Alicia alzó la voz sin control-. Sir Fernando, debe de estar bromeando. Los niños son demasiado jóvenes.
-Doce años tienen los gemelos y catorce Paula Maria, según creo. Una edad perfecta para disfrutar de un buen viaje.
Leticia tuvo que contenerse para no romper a reír ante la expresión enrabietada de su tía.
-Pero, Sir Fernando, no puede... no habrá espacio suficiente en el carruaje para tantas personas -se resistió tía Alicia-. Los niños son muy ruidosos. No podría soportarlo.
-Tranquilícese, ya había pensado en eso. Usted y la señorita Villaroel irán en un carruaje. Yo he venido con el mío, y hay sitio suficiente para los Padilla -contestó Mendiola-. Todo arreglado. ¿Cuándo salimos? ¿mañana por la mañana?
-¿Mañana? -gritó tía Alicia-. No podemos preparar el equipaje en menos de unos días.
-Yo os ayudaré -terció Leticia-. Estoy segura de que podremos marcharnos pasado mañana.
-¡Excelente! -Sir Fernando sonrió a tía Alicia-. Lo espero con impaciencia. Y ahora, si me disculpan, tengo que encargarme de mi propio equipaje -añadió. Lo que no dijo fue que tenía que enviar un mensaje urgente a su madre, advirtiéndola de la llegada de seis desconocidos durante un tiempo indefinido... e informar a su abuela de que debía fingir ser amiga de la abuela de los Padilla.
Finalmente, después de que Sir Fernando se despidiera, Leticia dejó a tía Alicia y a Marcia hablando animadamente sobre aquel viaje tan inesperado, y subió a comunicarles las novedades a sus hermanos.
Leticia dobló el último de sus vestidos y lo colocó en el baúl. Después de hablar con los gemelos y Paula Maria, se había pasado el resto del día preparándose para el viaje. Había dado instrucciones al personal de servicio, había hecho el equipaje de sus hermanos y había supervisado el de su tía y de Marcia.
Ya era la hora de acostarse, pero antes quería hacer varias copias del mapa que habían encontrado. No sólo pro temor a que se perdiera, sino a que se deteriorase si andaban abriéndolo y cerrándolo con frecuencia.
Sin embargo, justo cuando iba a echar el cerrojo de la habitación, tía Alicia llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta. Estaba embutida en una bata de satén, tenía la cara cubierta por una crema y estaba despeinada.
-¿Puedo ayudarte en algo? -preguntó Leticia, sorprendida.
-No, cariño. Soy yo la que viene a ayudarte
-¿A mí?, ¿en qué sentido?
-Sabes que yo sólo quiero lo mejor para ti -arrancó tía Alicia-. Por eso debo prevenirte contra Sir Fernando.
-¿En qué sentido? -preguntó Leticia.
-Puede que ya no seas una jovencita, Leticia, pero me consta que no tienes mucha experiencia y quizá no te des cuenta de lo que Sir Fernando persigue.
-¿Quieres decir que Sir Fernando es... libertino? -preguntó Leticia.
-Exacto. Sé que sueles ser una mujer sensata, pero un hombre guapo, encantador y con dinero como Sir Fernando podría confundirte.
-Te aseguro que para mí no es más que un amigo -contestó Leticia.
-Espero que así sea. Sir Fernando ha sido amable contigo estos días y sé que una chica poco acostumbrada a ese tipo de atenciones podría hacerse falsas ilusiones.
-No me he hecho ningún tipo de ilusión -replicó Leticia con voz neutra-. No creo que Sir Fernando sienta afecto por mí. Tranquila.
-No me refería al afecto -insistió tía Alicia-. Algunos hombres persiguen a las mujeres aunque no sientan afecto por ellas, sólo para obtener ciertos favores.
-¿Y Sir Fernando es de esa clase de hombres?
-He oído rumores...
-¿Rumores?, ¿no tienes ninguna prueba?
-Cuando los rumores se extienden será por algo. La gente dice que tiene una querida.
-Muchos hombres las tienen -lo defendió Leticia-. Al fin y al cabo, no está casado.
-Cierto, pero he oído que va detrás de muchas mujeres, que lo pueden los apetitos más bajos -repuso tía Alicia-. En la mansión de Lady Arrabeck oí que tiene una casa en Haverly House... para sus hijos ilegítimos.
-¿Qué?, ¿no hablarás en serio?
-Muy en serio. YO tampoco me lo podía creer, pero Lady Arrabeck no lo desmintió. La señora Livenham me juró que en total son seis o siete -prosiguió tía Alicia.
-No me lo creo -contestó Leticia, desafiante-. Puede que sea cierto que sea un hombre que se deje acompañar por mujeres de la noche, pero no me creo que sea una persona ruin, capaz de arruinar la reputación de siete mujeres.
-En ocasiones, el diablo tiene cara de ángel -repuso tía Alicia.
-En cualquier caso, él no intenta seducirme. De hecho, pasamos casi todo el tiempo discutiendo -dijo Leticia-. Y si es tan vil y tan libertino, no entiendo por qué fomentas el trato de tu propia hija con él. ¿No te da miedo que Sir Fernando intente seducirla?
-Tu situación y la de Marcia es totalmente diferente -tía Alicia soltó una risilla-. Marcia está en edad de casarse y algún día tendrá una buena herencia. Si un hombre como Sir Fernando se interesa por ella y la seduce, su familia lo obligará a que se case. En fin, lo que quería decirte era eso: que cuando ya no se es tan joven, como es tu caso, y no siendo especialmente bella y sin tener dinero, un partido como Sir Fernando no puede estar interesado en casarse contigo. Menos aún cuando tienes tres hermanos sin un centavo a los que criar. Eres la típica víctima de esta clase de hombres.
-¡Me alegra saber lo que opinas de mí! Pero puedes descansar tranquila: te aseguro que Sir Fernando no tiene intención de seducirme -contestó Leticia, enfurecida, poniéndose en pie-. Me niego a creer que sea un hombre tan vil como dices, pero aunque fuera así, no me dejaría atrapar en sus redes. Respecto a mis hermanos, no a todo el mundo le parecen una carga unos chicos inteligentes y divertidos. Es obvio que a Sir Fernando le caen bien, pues lo ha invitado a su casa, ¡algo que no os ha ofrecido ni a Marcia ni a ti!
-¡Lo que hay que oír! -exclamó tía Alicia, totalmente roja-. Con todo lo que he hecho por vosotros, ¿cómo tienes la desfachatez de hablarme en ese tono?
-Sólo estoy diciendo la verdad.
-Te diré una cosa: nunca atraparás a un marido mientras no controles esa lengua tan larga que tienes.
-No pretendo atrapar a ningún marido que no soporte oír la verdad.
-Espero que mañana me pidas disculpas -dijo tía Alicia, justo antes de marcharse y cerrar de un portazo.
-¡Ja! -replicó Leticia. Aunque sabía que acabaría haciéndolo... al día siguiente. En esos momentos, estaba demasiado enojada por la advertencia de su tía.
Se negaba a aceptar que Sir Fernando fuese un hombre tan malvado, capaz de ir dejando un reguero de doncellas seducidas en sus viajes. Puede que fuese un hombre apasionado, pero no perverso. ¿O sí?
Debía reconocer que el modo en que Sir Fernando la había besado la otra noche no se correspondía con el de un caballero. ¿Qué habría ocurrido si Chumley no hubiese aparecido? Nada indicaba que Sir Fernando se hubiera detenido.
Y, sin embargo, no podía tener tan mal concepto de él. Sir Fernando no hablaba y se reía con ella y simulaba que disfrutaba con su compañía, porque estuviera intentado llevarla a la cama.
Con todo, ¿por qué otro motivo, si no, podía estar interesado en ella?
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