Capítulo 11
Leticia se puso su mejor vestido para la cena, pero aún así se sintió poco elegante en la enorme mesa de Haverly House. Una inmensa superficie de madera de teca, reluciente como un espejo. Un centro de fruta plateado dominaba el centro, y tanto la vajilla como la cubertería eran exquisitas. Encima, una araña de cristal los bañaba con una suave luz.
Leticia sabía que Chesilworth también había sido una casa distinguida, pero de eso hacía muchísimos años. Habían vendido los objetos de plata y el techo del salón se había manchado tanto por fugas en las cañerías que habían acabado comiendo en una pieza mucho más pequeña, pegada a la cocina. Ni Villaroel House, que tanto enorgullecía a tía Alicia, podía competir en elegancia con Haverly House.
El mejor vestido de Leticia, fuera del que había lucido en la fiesta de su tía, era un arreglo que ella misma había hecho a partir de un vestido de seda negro de su madre. Le había añadido algún lazo beige y había conseguido que no pareciese pasado de moda, pero no combinaba con su delicada piel ni con su pelo rubio, ni había conseguido que el escote le sentara bien, por más retoques que había hecho. Además, era el tipo de color que llevaban las mujeres mayores, como lo demostraba el hecho de que la abuela Mendiola luciera un vestido de un tono similar.
Por supuesto, a Lady Mendiola le sentaba de maravilla, y más con las cuentas de topacio que le adornaban el cuello. También ayudaba que el diseño lo hubiera confeccionado un modista profesional, en vez de Leticia misma, con ayuda de su hermana.
Al principio, la había chocado encontrarse sentada a la derecha de Sir Fernando, cuya abuela lo acompañaba al otro lado. Y luego la madre, tía Alicia y Marcia. Pero al final se había dado cuenta de que, en cuanto a nobleza, su rango no sólo era superior al de su tía y su prima, sino también al de la madre y la abuela de Sir Fernando.
-Así que eres tú a quien tantas ganas tenía de conocer -dijo la mayor de las Mendiola, mirando a Leticia.
-Sí, señora -contestó ésta, agradecida porque la familia de Sir Fernando estuviera dispuesta a proseguir la mentira.
-Sí -intervino tía Alicia-. Había olvidado... era usted amiga de la abuela de Leticia, ¿verdad?
-Sí -la mujer suspiró y miró al vacío, como en busca de un tiempo ya pasado-. Querida Caroline.
-¿Caroline? -preguntó tía Alicia, confundida-. Creía que tu abuela se llamaba Emma, Leticia.
-Sin duda se confunde -le dijo Lady Mendiola a tía Alicia con tono indulgente.
-Creo que la abuela se cambió el nombre cuando se hizo mayor -comentó Leticia-. Conoció a una prima que también se llamaba Caroline, así que empezó a usar Emma, su segundo nombre, que es por el que la conoció el abuelo, y que es por el que la conoció, por tanto, el resto de la familia.
-Exacto -convino Lady Mendiola-. Ahora me acuerdo de la prima. No era ni la mitad de bella que Caroline... ¿Le has contado a Fernando lo del ladrón, Teresa? -preguntó entonces la mujer, dirigiéndose a su hija.
-¿Qué? -dijo Fernando con interés.
-Se me había olvidado -dijo la madre de éste-. Pasó hace varios días.
-Tres días, Teresa. Tal como lo dices parece que fuera hace una eternidad -observó la abuela.
-¿Por qué no me lo contasteis? ¿Qué pasó?, ¿entró alguien en casa?
-En realidad no ocurrió casi nada. Por eso se me ha olvidado comentártelo -dijo Lady Teresa, que lucía un bello vestido morado-. Yo no me enteré. Me lo dijo Shivers al día siguiente. Alguien entró en medio de la noche, pero, por suerte, uno de los criados oyó un ruido extraño y fue a investigar. Encontró al hombre en la biblioteca, forcejearon y el intruso salió corriendo. No se llevó nada.
-¿En la biblioteca? -repitió Fernando, que no pudo evitar dirigir la mirada a Leticia.
-¿Verdad que es raro? No intentó llevarse dinero ni nada de valor.
-¿Estás segura de que no se llevaron nada? -quiso saber Fernando.
-No he revisado la biblioteca personalmente, aunque tampoco me daría cuenta aunque lo hiciese -respondió Lady Teresa-. Te digo lo que Shivers me contó. Creo que el hombre que lo sorprendió fue Michael. Puedes preguntarle a él si quieres asegurarte.
A Leticia le habría gustado seguir con ese tema, pero las dos mujeres Mendiola llevaron la conversación por otros derroteros menos sórdidos. Después de cenar, Lady Teresa invitó Marcia a que tocara algo en el piano para ellas, y Marcia, que no era una gran pianista y estaba nerviosa por la presencia de la abuela de Fernando, martilleó una sonata que resultó un castigo para todos.
Lady Mendiola dictaminó que ya habían oído suficiente piano esa velada, así que empezaron a charlar. Sólo cuando la abuela se retiró a su dormitorio y Lady Teresa le ofreció a Marcia tocar otra pieza, pudo Leticia hablar a solas un momento con Fernando.
-¿Qué piensa? -le preguntó él.
-Que alguien estaba buscando el Libro de la Reina.
-Es muy sospechoso. Me extrañaría que no se tratara del mismo hombre que entró en Chesilworth.
-Cierto, aunque no tenemos ninguna prueba de nada. No se llevó nada de Chesilworth... al menos que nosotros sepamos.
-Y estoy convencido de que tampoco se llevó nada de aquí. Aproveché mientras Marcia tocaba la primera sonata para salir un momento y le pregunté a Michael sobre su pequeña aventura. Dijo que lo sorprendió momentos después de que el hombre se colara. Michael no se había acostado todavía, oyó que rompían un cristal y fue a investigar al instante. Le he preguntado que qué aspecto tenía, pero dice que había muy poca luz.
Marcia tiró el cuadernillo de la partitura adrede, para forzar a Fernando a que le pasara él las páginas.
-Hijo, ve a ayudar a la señorita Villaroel -le pidió Lady Teresa.
-¿Qué? -preguntó Fernando, distraído-. Ah -puso un gesto de desagrado, pero obedeció a su madre si vacilar.
Después de que Marcia terminara de tocar esa pieza, Leticia se retiró a su dormitorio, donde la estaban esperando sus tres hermanos. La sorprendió encontrarse también con Carolina, que estaba jugando a las damas con Paula Maria.
-¡Leticia!
-¡Señorita Padilla! -Carolina saltó de la cama, al igual que Paula Maria, y corrieron a recibir a Leticia-. Espero que no me considere una descarada por venir aquí así.
-Le dije que no había ningún problema -comentó Paula Maria.
-Muy bien hecho -dijo Leticia-. Me alegro de poder charlar contigo.
-Bien -Carolina sonrió y aceptó el tuteo con gusto-. Quería haber hablado contigo antes: es tan raro y misterioso que Fernando mandara esa nota para avisar de vuestra llegada, pidiéndole a la abuela que mintiese con lo de la tuya. No sabíamos qué pasaba. Mamá estaba segura de que Fernando estaba enamorado. La abuela decía que era muy peculiar invitar a una Padilla de ese modo. Es lo más raro que ha hecho Fernando en su vida.
Leticia se calló su opinión al respecto. Le parecía bastante más excéntrico tener siete hijos ilegítimos y haberles puesto una casa junto a la de su madre.
-Pero no he podido acercarme a ti en toda la tarde, porque la señorita Villaroel no paraba de hablarme. No quiero decir nada en contra de tu prima, ¿pero es siempre así de amistosa ?
-No, sólo intenta ganarse tu favor, para que le hables bien de ella a tu hermano -contestó Paula Maria sin rodeos-. O quizá piensa que si se muestra amabilísima contigo, le pedirá que se case con él.
-¿Y eso qué importa? -terció Jaime -Aquí lo único importante es el tesoro.
-¡Sí! ¡la dote española! -exclamó Carolina emocionada-. Gracias a Dios que he decidido no bajar a cenar. Mamá me había dicho que podía, por ser una ocasión especial, pero después de pasar tanto tiempo con la señorita Villaroel, pensé que no podría soportarla un minuto más. Así que le dije a la señorita Pritchard que prefería comer con tus hermanos. Me alegro mucho de haberlo hecho. Paula Maria, Jaime y Tomas me han contado todo sobre Julieta Padilla y la dote española. Quiero ayudaros a buscarla. ¿Puedo?
-Por supuesto. Si a tu hermano le parece bien.
-Seguro que no le importará -contestó Carolina. Fernando es un hermano maravilloso.
-Estupendo. Cuantos más seamos, mejor. ¿Te ha enseñado Paula Maria el mapa que encontramos?
-No, no he podido abrir tu maleta -protestó Paula Maria, dolida.
-Es verdad, le puse un candado -Leticia se llevó la mano a un bolsillo del corpiño y sacó una llavecita-. Puede que sea demasiado precavida, pero después de lo que he oído esta noche...
-¿Sobre el robo? -intervino Tomas-. ¿Verdad que es increíble? Carolina nos ha contado que alguien estaba buscando el libro que necesitamos.
-No sabemos si buscaba ese libro. Sólo sabemos que fue a la biblioteca.
-¿Y qué otra cosa iba a querer de allí -respondió Tomas-. Esto se está convirtiendo en una aventura emocionantísima.
- A mí, personalmente, ya me parece emocionante buscar el tesoro -repuso su hermana-. No necesito que además haya ladrones.
Leticia abrió la maleta y le enseñó el mapa a Carolina, la cual frunció el ceño, pues tampoco ella encontró nada que le resultara orientativo. Luego echó un vistazo a las páginas del diario donde hablaba de la mitad del mapa de los Mendiola, pero no sabía qué podía ser el Libro de la Reina.
Poco después, Leticia echó a los chicos de la habitación, para poder irse a la cama. Se sentía cansada, pero sabía que era el espíritu lo que le pesaba, más que el viaje que habían hecho. Confirmar que Sir Fernando tenía siete hijos ilegítimos la había desanimado. Los besos que habían compartido, las caricias, no habían significado para él sino una oportunidad más de acostarse con otra mujer.
Ocupada con estos pensamientos, transcurrió un buen rato hasta que logró conciliar el sueño. Y cuando por fin se durmió, la asaltaron diversas pesadillas, de modo que al despertar al día siguiente, no se sintió mucho más descansada que al irse a la cama la noche anterior.
Abajo, se encontró con Carolina y Paula Maria en la mesa, las cuales estaban desayunando. Daba la impresión de que se habían hecho buenas amigas. Carolina la saludó y le comunicó con alegría que la señorita Pritchard había preparado una excursión para ellas.
-Iremos al mercado de Downham. La vida es mucho más entretenida cuando uno tiene invitados -comentó Carolina.
-¿Dónde están los gemelos?, ¿ellos también van?
-¡No! ¡Si vamos de compras! -dijo Paula Maria, horrorizada-. Serían un incordio. Además, Sir Fernando les ha prometido que uno de los mozos del establo los llevará a ver los caballos cuando vuelvan.
-¿Cuándo vuelvan?
-Sí, se han ido con Fernando a Silverwood.
-¿De veras? -preguntó Leticia, aún extrañada por la naturalidad con que se hablaba en esa casa de los hijos ilegítimos de Fernando.
-No te importa, ¿verdad? -preguntó Carolina.
-¿El qué?, ¿qué se haya llevado a Tomas y a Jaime con él? No, se lo agradezco. Seguro que ellos estarán encantados.
-Hay personas a las que no les gustaría que sus hermanos jugaran con niños así. Les parecería incorrecto -dijo Carolina-. La señora Cartes dice que es una vergüenza que esos niños vivan aquí; que son una mala influencia.
A Leticia le pareció una injusticia. Después de todo, los niños no tenían ninguna culpa y nadie debía condenarlos, no dejándolos jugar con otros chicos, por las circunstancias en que habían sido concebidos.
-Pero mamá dice que está muy orgullosa de Fernando, porque la mayoría de los hombres no se ocupan de los niños así -prosiguió Carolina-. Y no tendrían ninguna oportunidad en la vida si Fernando no los protegiera.
-Eso es verdad -reconoció Leticia. La mayoría de los hombres no habría reconocido un hijo bastardo y habría abandonado a la mujer embarazada. Aún así, Leticia no comprendía cómo podía enorgullecerse Lady Teresa de tener un hijo tan lascivo.
Oyó que alguien se acercaba por su espalda, y supo de quién se trataba por la cara que la hermana de Fernando puso.
-¡Carolina! -la saludó Marcia con entusiasmo-. ¡Cómo me alegro de volver a verte! ¿Dónde está tu querida mamá?
-Hola, señorita Villaroel -respondió Carolina con menos alegría.
-Estoy deseando seguir hablando contigo -dijo Marcia.
-No puedo. Mi tutora... tengo que pasar el día con ella.
-Seguro que esta vez podrás librarte de tus estudios -intervino tía Alicia, que apareció entonces tras su hija-. Al fin y al cabo, no todos los días se tiene visita.
-Fernando es muy estricto con mis estudios -replicó Carolina-. No creo que le gustara que me los saltase.
-Ah, bueno. Si lo dice Fernando... -cedió Marcia.
-De hecho, será mejor que suba ahora mismo -Carolina se levantó del asiento.
-¿Adónde va Paula Maria? -preguntó tía Alicia, al ver que su sobrina seguía a Carolina.
-Creo que la señorita Pritchard le ha ofrecido que participe en.... los estudios de Carolina -respondió Leticia.
-¿Y Paula Maria quiere? -preguntó Marcia.
-Eso parece.
-Siempre he dicho que tu padre os educó de un modo muy raro -sentenció tía Alicia.
-¿Dónde está Fernando? -quiso saber Marcia-. ¿Ha bajado ya a desayunar?
-Estoy segura de que llegará en seguida, ahora que estás tú aquí -contestó su madre-. Creo que es evidente lo interesado que está por ti.
Leticia no comprendía cómo podía engañarse de esa manera tía Alicia. Poco menos que le había retorcido el brazo a Fernando para que las invitara a ir a Haverly House y ahora lo veía interesado en su hija.
Tuvo que soportar la compañía de las dos Villaroel durante el resto de la mañana, y tu tormento sólo se vio un poco aliviado cuando Lady Teresa se unió a ellas en el salón. La madre de Fernando era una mujer agradable. Tanto que no era capaz de cortar la retahíla de alabanzas que Marcia le hacía de Haverly House. También accedió a ir de picnic al día siguiente, cuando Marcia sugirió que podrían hacer una excursión.
-Los chicos se divertirán -comentó Lady Teresa.
-¿Se refiere a Tomas y a Jaime? -preguntó Marcia, desilusionada.
-Sí, y a Paula Maria y a Carolina.
-Por supuesto -Marcia se obligó a sonreír-. Carolina es una chica encantadora. Pero no creo que sea ninguna niña.
-¿No? Sólo tiene quince años -Teresa suspiró-. Aunque es cierto que crece muy rápido. Dentro de dos años habrá que presentarla en sociedad. Odio tener que celebrar fiestas. Prefiero la vida tranquila y relajada que llevo normalmente.
-Es comprensible -terció Leticia-. Este sitio respira tranquilidad.
-Quizá para entonces ya se haya casado su hijo, y su esposa pueda ocuparse de las fiestas de Carolina -comentó Marcia.
-No lo creo.
-No sería tan sorprendente -insistió Marcia.
-Ya me extrañaría -respondió Lady Teresa-. Fernando parece muy a gusto de soltero.
-Todos los hombres lo están hasta que encuentran a la mujer adecuada -repuso Marcia.
-Cierto... Creo que invitaré a la señorita Carmina a que venga mañana con nosotros -dijo entonces Teresa-. Es una mujer muy dulce.
-¿La señorita Carmina? -repitió Marcia con cara de disgusto.
-Sí, la mujer que se encarga de la educación de los niños -Lady Teresa se levantó-. Ahora, si me disculpan, voy a escribir la invitación. Y avisaré a Henri del picnic, aunque no tengo claro si lograré hacerme entender, porque es francés y no habla una palabra de nuestro idioma. No sé por qué lo contrató Fernando... salvo por las salsas tan ricas que prepara. ¡Y los postres! A Lady Mendiola la encantan... Pero a mí me intimida. No le entiendo nada, gesticula mucho y se pone rojo.
-Estoy segura de que Leticia hablará con él -dijo Marcia-. Mi prima sabe francés.
Leticia miró sorprendida a Marcia. No estaba acostumbrada a que ésta destacase ninguna de sus virtudes, pero en seguida comprendió que lo que pretendía era degradarla, hacer que se ocupara de la cocina, y dejarle vía libre con Fernando.
-¿De veras? -preguntó Teresa con admiración.
-Sí, y estaré encantada de hablar con él si usted lo quiere -se ofreció Leticia.
-¡Sería estupendo! -exclamó Lady Teresa, radiante-. No quisiera forzarla, pero...
-No es molestia en absoluto -le aseguró Leticia.
-¡Perfecto1 Acompáñeme entonces -Lady Teresa se levantó-. Vamos ahora mismo y le traduce todo lo que yo diga. ¡Es usted una joya! Encontraron a Henri en la cocina, supervisando los preparativos de la comida. No pareció alegrarse de verlas, pero les hizo una reverencia y soltó algo en francés que Lady Teresa no comprendió. Leticia le devolvió el saludo y al chef se le iluminó la cara.
-¡Mademoiselle! -exclamó emocionado, como si acabara de descubrir un tesoro.
Les bastaron unos minutos para simpatizar. Leticia dejó que el hombre se desahogara, que le contase cuánto echaba de menos su país, y le aseguró que Lady Teresa estaba fascinada con su maestría culinaria. Cuando por fin le encargó la comida del picnic para el día siguiente, Henri contestó que no habría el menor problema.
Nada más salir de la cocina, yendo hacia la entrada de la casa, vieron que Sir Fernando entraba por una puerta lateral.
-¡Mamá! Señorita Padilla. Justo a quienes quería ver.
-¡Hola, mi niño! -Lady Teresa le ofreció una mejilla para que él se la besara-. Hemos estado hablando con el chef. La señorita Padilla sabe francés, ¿no es maravilloso?
-La señorita Padilla es una chica maravillosa -respondió él, sonriente.
-De chica tengo poco -corrigió Leticia con frialdad. Le había dado un vuelco el corazón al verlo, pero estaba decidida a no dejarse seducir por él.
-Si no necesitas los servicios de la señorita Padilla -le dijo Fernando a su madre-, le había prometido enseñarle la biblioteca.
-Adelante, cariño. Yo tengo que mandarle una invitación a la señorita Carmina.
-¿Para qué?
-Explíqueselo usted, querida -le dijo Teresa a Leticia.
-¿Qué hay que explicar? -preguntó Fernando cuando su madre los hubo dejado a solas.
-Mañana iremos de picnic a un sitio llamado Linning Broad.
-¿Todos?
-Sí, incluida la señorita Carmina.
-Debí imaginarme que mamá trataría de entretenernos. En fin, tenemos que ponernos a trabajar, ya que mañana no podremos aprovecharlo. ¿Lista?
-Por supuesto.
Fernando la guió por un pasillo que daba a la biblioteca. Era enorme, tenía dos plantas y un pequeño balcón en la de arriba, al que se accedía por una escalera de caracol. La luz se filtraba por los amplios ventanales de una de las paredes, había tres mesas y varias sillas donde sentarse a leer. Pero, sobre todo, había hileras e hileras de libros.
-¡Qué maravilla! -exclamó Leticia-.¡Nunca había visto una biblioteca igual!
-Sabía que te gustaría -dijo Fernando con satisfacción-. Me alegro -añadió sonriente.
-Bueno, pongámonos a trabajar -propuso ella, temerosa de caer en las redes de aquel hombre.
-Si, ¿por dónde empezamos?
-No estoy segura. Es tan grande...
-Sugiero que por la planta de arriba. Los libros más recientes suelen estar aquí abajo.
-De acuerdo -Leticia echó a andar hacia la escalera de caracol-. ¿Por qué no empieza cada uno por un extremo y nos encontramos en el centro?¿
-¿Te pasa algo, Leticia? -preguntó Fernando, extrañado por el distanciamiento de ésta.
-No sé a qué te refieres.
-Te estás comportando de un modo muy raro.
-¿En qué sentido?
-Ya lo sabes -contestó Fernando, frustrado-. Como si estuvieras enfadada conmigo, y no tengo ni idea de qué es lo que he hecho.
-Lo siento, no me he dado cuenta. Sólo quiero que sigamos con nuestra búsqueda. ¿Tú no?
-Sí -se resignó él-. Por supuesto.
Terminaron de subir las escaleras y fueron cada uno a un extremo. Leticia trató de olvidarse de la presencia de Fernando y comenzó a examinar las estanterías inferiores. Cada vez que encontraba un libro cuyo título pudiera tener alguna relación con las reinas, por más que remota, lo abría y lo hojeaba.
El trabajo era cansado y aburrido. En un principio, había imaginado que trabajaría codo con codo junto a Fernando, charlando sobre los libros que veían y gastando bromas como habían hecho en el desván de Chesilworth. Pero era ella quien había impuesto esa distancia, aunque la h hiciera sentirse sola e insatisfecha.
Se recordó que lo importante era encontrar la dote española, no pasar tiempo en compañía de un hombre con siete hijos ilegítimos. Y así pasaron varias horas, haciendo sólo un alto entre medias para comer, sin salir de la biblioteca.
Luego siguieron revisando libros, pero con el paso del tiempo, Leticia empezó a notar el cuello dolorido.
-¿Estás cansada? -preguntó Fernando después de que ella diera un suspiro. Se acercó y empezó a masajearla. El contacto rea demasiado íntimo. Leticia sabía que debía pedirle que se detuviera; pero los dedos de Mendiola estaban obrando milagros en su cuello-. ¿Mejor?
Leticia dejó caer la cabeza hacia delante mientras él seguía relajándole los músculos. Sintió que podría caerse al suelo derretida... y no tardó en notar un ardor bajo el vientre, una humedad entre las piernas, el endurecimiento de los pezones.
Fernando se agachó y le dio un beso delicado en el cuello. Leticia contuvo el aliento estremecida, las piernas le temblaron. Quería girarse y echarse en sus brazos, saborear su boca y sentir sus manos por todo su cuerpo.
-Leticia -murmuró él-. Eres tan dulce.
La agarró por los hombros para darle la vuelta y que lo mirara... y se agachó a besarla.
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