Sunday, February 13, 2011

FF: La dote Española- capitulo 8

Capítulo 8

-Debería haberlo sabido -maldijo Sir Fernando, al tiempo que la soltaba.

-Pero, ¿por qué? -preguntó Leticia, a punto de que se saltaran las lágrimas-. ¿Por qué iba a querer robarme las cartas?

-¿Cree que yo...? -Mendiola emitió un sonido de disgusto-. ¡Yo no soy el ladrón! Creía que lo era usted.

-¿Yo? Eso es ilógico. ¿Por qué iba a querer colarme en mi propia casa por la noche cuando puedo entrar siempre que quiera?

-Lo que intento decirle es que no sabía que era usted cuando la derribé. Vi la luz de una linterna y deduje que era el ladrón, así que fui por él y acabé tirándola a usted al suelo.

-¿Quiere decir que estaba escondido, tratando de sorprender al allanador? -preguntó Leticia, exasperada.

-Por supuesto. Lo decidí en cuanto su vigilante nos contó lo que había ocurrido.

-Yo estaba haciendo lo mismo -Leticia sonrió, inmensamente aliviada-. Cuando vi la linterna, salí de mi escondite.

-¿Es que iba a enfrentarse a él? -gritó Sir Fernando-. ¡Ese hombre es peligroso!

-No se preocupe. Tengo una pistola -contestó ella mientras la sacaba del bolsillo.

-¡Una pistola! ¿Y quiere que no me preocupe? Por Dios, haga el favor de apartar esa cosa.

Leticia bajó el arma y trató de ponerse de pie, pero Sir Fernando le estaba pilando la falda.

-¿A qué esperamos? El ladrón...

-Se ha ido hace tiempo -la interrumpió Mendiola -. ¿Acaso cree que sigue dentro después del escándalo que hemos armado?

-No -Leticia tiró de su falda-. ¿Le importa quitarse de encima?

Sir Fernando la miró. Las palabras de Leticia quedaron suspendidas en el aire entre los dos, como recordando la única ocasión en que el musculoso cuerpo de Mendiola había estado sobre ella.

Miró a Sir Fernando y vio que éste tenía los ojos clavados en su pecho. Entonces recordó que había oído un desgarro al caerse, bajó la cabeza y comprobó con espanto que tenía roto el corpiño por delante, hasta la cintura, de modo que sus senos quedaban expuestos, cubiertos sólo por una camisa de algodón.

Era una situación violenta, pero no era pudor lo que sentía, sino el mismo deseo que veía reflejado en la mirada de Sir Fernando.

-La deseo -confesó Mendiola.

Leticia se humedeció los labios. No sabía qué decir, notaba que los pezones se le estaban endureciendo y recordó la coba de Sir Fernando sobre sus pechos.

-Aquello no fue un sueño, ¿verdad? -preguntó ella con voz ronca-. Aquella noche, cuando nos conocimos...

-No -Sir Fernando notaba la sangre palpitándole en las ingles-. La besé, la acaricié.

Extendió una mano y tomó la de ella. Leticia se quedó mirando el abismo de deseo que brillaba en los ojos de Sir Fernando, el cual le rozó un pecho y notó el calor de su piel aún a través de la fina tela. Leticia no pudo protestar cuando notó las manos acariciándole los pezones desnudos con el índice y el pulgar. Contuvo el aliento, notó una llamarada en el vientre y supo que se había humedecido.

-Leticia... -murmuró Sir Fernando mientras le bajaba la camisa y miraba con avidez sus pechos, la aureola enrojecida de los pezones-. Eres hermosa -añadió mientras le rozaba las puntos con un dedo.

A pesar de sus buenas intenciones, Fernando supo que le haría el amor en ese momento. Sabía que la besaría hasta que tuviese los labios hinchados y que le separaría las piernas para introducirse dentro de ella y poseerla.

La rodeó con un brazo y la apretó con fuerza, hasta que Leticia notó la erección de Sir Fernando, el cual agachó la cabeza para hundir sus labios en los de ella.

-¿Quién anda ahí? -la voz de un hombre cortó la pasión del instante-. ¡Levántense o disparo!

-¡Chumley! -susurró Leticia, aterrada.

-¿Otra vez? -preguntó Fernando, frustrado.

-¿No me oyen? -Insistió Chumley, que no había reaccionado aún pues él sí que era un poco sordo-. ¡Les digo que se levanten!

-No dispare -dijo Sir Fernando mientras se ponía en pie.

-Chumley, soy yo, Leticia Padilla -intervino ésta mientras se levantaba también.

-¡Señorita Leticia! -repitió el vigilante, estupefacto-. ¿Pero qué está haciendo aquí? ¡He estado a punto de disparar!

Fernando, al ver el azoro de Leticia, se despojó de la chaqueta y la colocó sobre los hombros de ella para cubrirla.

-Lamento haberlo alarmado, Chumley -dijo ésta, forzándose a sonreír-. Jamás pensé que estaría aquí fuera.

-Pues claro que estoy aquí. Alguien tiene que proteger la casa, ¿no?

-Parece que todos hemos pensado lo mismo -terció Sir Fernando con sequedad.

-¡Otra vez usted! -exclamó Chumley, receloso.

-Sir Fernando y yo habíamos venido con la misma intención que usted -se apresuró a explicar Leticia-. Todos esperábamos sorprender al ladrón. Pero ninguno de los tres nos avisamos de nuestras respectivas intenciones. Me temo que el delincuente ha estado aquí y se ha marchado.

-Estoy seguro de que a su padre no le gustaría verla a estas horas de la noche con un desconocido, señorita Padilla.

-Sir Fernando es un buen amigo de la familia, Chumley -repuso Leticia-. Además, he venido sola. Pero me lo he ... encontrado al llegar aquí. Se creyó que yo era el ladrón.

-Peor todavía si ha venido sola.

-Mucho peor -reforzó Sir Fernando -. ¡Una mujer sola e indefensa en medio de la noche!

-Depende de la mujer ¿no? -replicó el vigilante-. Si la señorita Leticia lleva pistola, y es una mujer inteligente, diría que el ladrón corre más riesgo que ella.

-Gracias, Chumley -dijo Leticia-. Intentaba explicárselo a Sir Fernando, pero no parecía comprenderlo. Bueno, ¿vamos a seguir discutiendo toda la noche?

Sin esperar respuesta, echó a andar hacia la parte trasera de Chesilworth, seguida por los dos hombres.

-¡Ah! -exclamó en seguida Chumley, apuntando con una linterna a las ventanas traseras de la casa-. ¡Hay pisadas recientes!

-Son de hombre -dijo Leticia después de que los tres se acercaran a inspeccionarlas.

-De un hombre alto -añadió Sir Fernando.

-Pero no muy pesado. Las pisadas serían más profundas -observó Chumley mientras iluminaba otro extremo de la casa-. Aquí hay más, señorita.

Sir Fernando y Leticia examinaron la nueva huella, perteneciente al otro pie del hombre.

No nos servirá de nada mientras no tengamos un sospechoso -comentó él.

-Pensaba que usted ya tenía uno -espetó Leticia-. A mi pariente extranjero.

-Todavía desconfío de él -aseguró Sir Fernando-. Pero dado que no sabemos dónde se encuentra el señor Miller, será difícil mirarle los zapatos.

-El hecho de que David Miller no le cayera bien no significa que sea un ladrón -replicó Leticia.

-Tiene que ser alguien de fuera. Nadie de aquí le robaría a su familia, señorita -apuntó Chumley.

-Lo que significa que el allanador está por los alrededores -dedujo ella-. Al fin y al cabo, ha venido dos noches seguidas. ¿Dónde ha estado durante el día?

-Siempre tan sagaz, señorita Leticia -la alabó Chumley-. Es verdad, seguro que alguien lo ha visto. Preguntaré mañana por Dunsleigh, a ver si recuerdan haberse cruzado con algún desconocido.

Había tres o cuatro huellas más alejándose de la casa, pero luego se perdía el rastro.

-El ruido lo ahuyentó -comentó Sir Fernando-. ¿La acompaño a casa, señorita Padilla?

Leticia notó que antes la había estado llamando Leticia, mientras que ahora volvían a señorita Padilla. Claro que antes habían estado... bueno, quizá era mejor no pensar al respecto.

-Le aseguro que puedo volver sola -contestó ella.

-No me cabe duda, pero no permitiré que lo haga, habiendo un delincuente en las inmediaciones.

-El caballero tiene razón, señorita Leticia -convino el vigilante a su pesar-. Si no va él, la acompañaré yo.

-Está bien, Sir Fernando -aceptó ella, sabedora de que la casa de Chumley estaba en dirección contraria.

Luego echó a andar sin esperar a ver si éste la seguía.

Sir Fernando suspiró y le dio alcance. Caminaron en silencio casi todo el trayecto. Leticia no podía dejar de pensar en el momento en que Mendiola se había abalanzado sobre ella, pero prefería no sacar a relucir el tema. No podía negar que había disfrutado de sus besos y sus caricias, pero ¿qué pensaría Sir Fernando de ella por entregarse tan fácilmente?, ¿qué sentía por ella en realidad? Y, sobre todo, ¿qué sentía ella por él?

Por su parte, Sir Fernando se hallaba tan confuso como Leticia. Sabía que debía disculparse por haber perdido el control y haber dado rienda suelta a la pasión... después de haberle jurado que no volvería a tocarla.

-Ya estamos llegando -dijo Leticia minutos después-. ¿Ve la casa de mi tía entre aquellos árboles?

-Sí.

-Será mejor que el resto del camino lo haga sola. No sería bueno que alguno de los criados me vieran llegar junto a un hombre a estas horas de la noche.

-Por supuesto -aceptó Sir Fernando-. Adelante. La vigilaré desde aquí para asegurarme de que llega a salvo.

-No es necesario.

-¿Quedamos en Chesilworth mañana? -preguntó él, haciendo caso omiso de la objeción.

-Sí, ¿le parece bien a la una?

-Allí estaré.

Leticia asintió, se dio media vuelta y se marchó. Sir Fernando la miró alejarse, hacerse más y más pequeña hasta desaparecer dentro de la casa. Luego suspiró y regresó hacia donde se hospedaba.

Despertó cuando llamaron a la puerta de su habitación. Leticia deseó no haberle dicho a la asistenta que la levantara pronto. Pero sabía que el mejor modo de tener contenta a su tía era limpiar la casa mientras ella y Marcia seguían dormidas. Después tendría tiempo libre para ir a trabajar a Chesilworth.

Apartó las sábanas perezosamente, se levantó de la cama y le abrió la puerta a la doncella, que la ayudó a vestirse y le sirvió un café y una tostada para desayunar. Luego bajó para organizar al servicio, sumándose a las tareas de limpieza de vez en cuando, para que no quedara rastro de la fiesta.

Terminaron de ordenar la casa a las once, de modo que disponía de dos horas más para registrar el desván. Así que se preparó una cesta de picnic y partió hacia Chesilworth antes de que su tía o su prima salieran de sus habitaciones.

Hacía un día tan bonito que Leticia se olvidó de lo poco que había dormido. La animaba pensar que pronto encontraría las cartas... y la idea de ver a Sir Fernando de nuevo.

Se detuvo cuando divisó Chesilworth y se quedó mirándola. Se alzaba tétricamente en el horizonte, con las ventanas sin luz, y, por primera vez en su vida, Leticia sintió un escalofrío al verla. ¿Y si el ladrón había insistido y estaba allí en esos momentos?

Se sacudió los temores denegando con la cabeza y se recordó que estaba frente a su querida casa, no ante un castillo lúgubre de una novela. Echó a andar con paso decidido y, una vez en Chesilworth, entró en la cocina, agarró una lámpara de queroseno de la cocina y se encaminó hacia el desván.

El ruido de la carcoma y el crujido de las escaleras mientras las subía le erizaron el cabello. Y aunque sabía que se estaba asustando por nada, llegó a pensar en bajar y esperar afuera a que Sir Fernando llegase.

Pero no tardó en desechar tal posibilidad. Sería una cobardía y una pérdida de tiempo. Seguro que en cuanto se pusiera a trabajar, se olvidaría de todas esas tonterías.

Cuando por fin abrió la puerta del desván, comprobó que estaba vacío y que sus temores habían sido vanos. Y, tal y como había predicho, el trabajo la absorbió tanto que en seguida se olvidó de la penumbra y las sombras fantasmales del desván. Poco después, en cambio, un ruido indefinido alertó su consciencia. Alzó la cabeza, se puso de pie y empezó a andar de puntillas... h asta que oyó, ya con claridad, que alguien estaba subiendo las escaleras en dirección al desván.

Leticia dio media vuelta y corrió sigilosamente a esconderse entre una silla y un armario alto...

Y se abrió la puerta.

No comments:

Post a Comment

Note: Only a member of this blog may post a comment.