Capítulo 19
Leticia dio un grito mientras el hombre lanzaba un objeto que golpeó a Fernando en la cabeza. Éste quedó aturdido unos segundos, lo justo para que el ladrón saltara por la ventana hacia un árbol y de ahí hasta el suelo.
-¡Maldita sea!, ¡ni que fuera un mono! -maldijo Fernando, frustrado.
Acto seguido apareció tía Alicia, seguida de Marcia, alarmadas las dos por el estruendo.
-¿Qué ha pasado? -preguntó tía Alicia mientras miraba horrorizada el caos que reinaba en la habitación de Leticia.
-Alguien ha intentado robar -contestó Fernando.
-Si Leticia no tiene nada de valor. El ladrón debe de haberse equivocado de habitación. Seguro que quería robar nuestras joyas -dijo Marcia-. ¡Ay! ¡Sólo de pensarlo me desmayo! ¡Ayúdame Fernando!
-Lo mejor será que pases el resto de la noche en la habitación de tu tía -sugirió él, dirigiéndose a Leticia, haciendo caso omiso de los fingimientos de Marcia.
Tía Alicia apartó la vista de los cajones que había desparramados pro el suelo y reparó en que Fernando estaba en la habitación de Leticia sin una bata siquiera
-¿Qué hace en el dormitorio de mi sobrina, Sir Fernando? -preguntó con el ceño fruncido.
-No pasa nada, tía Alicia -contestó Leticia-. Me oyó gritar cuando descubrí que se había colado un ladrón.
-Yo sí que vine en cuanto gritaste. Pero él ya estaba aquí -insistió tía Alicia.
-No se preocupe, señora.
-¡Cómo que no me preocupe! -exclamó tía Alicia teatralmente-. Si la gente se enterara de esto, sería la ruina de Leticia.
-Pero no tiene por qué enterarse, ¿verdad? -replicó Fernando-. Además la reputación de su sobrina está a salvo. Me voy a casar con ella.
-¡Qué! -exclamó Leticia, tan asombrada como su tía.
-Sir... Sir Fernando, le aseguro que no es necesario -balbuceó ésta-. Al fin y al cabo nadie tiene por qué enterarse.
-Estoy convencido de que no se lo dirán a nadie -convino Fernando-. Aún así, la señorita Padilla es mi prometida.
-¡Eso es ridículo! -protestó tía Alicia.
-A mí también me ha sorprendido que Leticia me haya aceptado. Es evidente que no me la merezco -contestó él.
-Pero... -Marcia apenas podía articular palabra-. ¿Y qué pasa conmigo?
-Por supuesto, Marcia -respondió Leticia con dulzura -. Serás mi dama de honor.
-¡Si no tiene un centavo! -prosiguió tía Alicia, desesperada.
-No necesito una mujer adinerada -repuso Fernando-. Estoy seguro de que la hará muy feliz saber que el amor de su sobrina es tesoro suficiente para mí.
Leticia tuvo que taparse la boca para no soltar una carcajada.
-¡No puedes! -le gritó Marcia a su prima-. ¡NO puedes casarte con él! ¡No puedes casarte... antes que yo!
La idea le resultaba tan insoportable que salió corriendo de la habitación, seguida por su madre, que tampoco podía creerse la escena que acababa de presenciar.
Leticia encendió la luz de la habitación y vio la cabeza de Fernando. Tenía un golpe en la frente y le caía un hilo de sangre por un lado.
-Tranquila, no es nada -dijo él al ver la expresión de preocupación de Leticia-. Lo que importa es el mapa. Seguro que era lo que estaba buscando.
Leticia se dirigió al armario y fue corriendo perchas hasta dar con un vestido concreto. Metió la mano en el bolsillo, sacó el mapa, se lo enseñó a Fernando y volvió a guardarlo.
-No es el primer sitio donde uno buscaría un mapa, ¿no crees? -comentó ella mientras llenaba una palangana con agua para limpiar la herida de Fernando-. ¿Llegaste a verlo?
-No - lamentó él-. Aunque sigo apostando a que el ladrón es David Miller... O el librero de tu padre.
-El señor Ariel es demasiado gordo para escapar con tanta agilidad por la ventana -repuso Leticia.
-En cualquier caso, me alegra que no estuvieras aquí cuando el ladrón entró -dijo Fernando-. Tienes que prometerme que a partir de ahora cerrarás el pestillo de la ventana. Puede que estemos prometidos, pero resultaría demasiado escandaloso que acampase en tu habitación todas las noches para asegurarme de que estás a salvo.
-Fernando... tenemos que hablar de eso. Te agradezco que intentes protegerme, pero tía Alicia no dirá nada -dijo Leticia-. Y si mi reputación está a salvo, no tienes por qué casarte conmigo.
-¿Pretendes usarme y luego abandonarme? -replicó él, fingiéndose indignado-. Si no te preocupa tu reputación, piensa al menos en la mía.
Leticia contuvo las ganas de pegarle una bofetada para que se tomara la conversación en serio de una vez por todas. Porque, aunque no había nada que desease más que convertirse en la mujer de Fernando, se negaba a que éste se casase con ella porque se sintiera obligado a hacerlo.
Sin embargo, tenía la sensación de que no podría razonar con él en esos momentos.
-Anda, vete a la cama -le dijo finalmente.
-Excelente idea. Espero que tú hagas lo mismo -Fernando se acercó a la ventana y echó el pestillo-. ¿Seguro que no quieres dormir con tu tía y tu prima esta noche?
-¿Estás loco? Aquí sólo tengo que enfrentarme a un ladrón. Si duermo con ellas, es posible que entre las dos me asesinen.
Fernando rió y salió de la habitación después de darle un beso prolongado que la dejó sin respiración. Leticia recogió el dormitorio, se metió en la cama y pronto se quedó dormida... soñando con campanas y velos de boda.
-¡No puedo creerme que me hayas hecho esto! -exclamó tía Alicia, la cual llevaba diez minutos seguidos echándole la bronca a Leticia.
-¿Y qué te hecho exactamente? -respondió ésta.
-¡Me has robado a Sir Fernando ! -terció Marcia.
-¿Robártelo? Marcia, hablas como si Sir Fernando fuese un mueble o algo así. No te pertenece. Es más, no soporta estar contigo. Cualquiera con un mínimo de inteligencia se habría dado cuenta de ello. ¿Es que no ves que hace todo lo posible por esquivarte? -contestó Leticia ante la estupefacción de su prima y su tía-. Sir Fernando me ha pedido que me case con él y eso es justo lo que voy a hacer. No hay nada que podáis decir ni hacer para evitarlo. Lo mejor es que no os enfadéis mucho, o no recibiréis ninguna invitación más a Haverly House. Ahora estaréis relacionadas con Lady Mendiola, lo cual implica participar en fiestas con solteros de alcurnia. Si tenéis un poco de cerebro, aprovecharéis esta oportunidad en vez de lamentaros por la pérdida de alguien que en ningún momento habéis tenido.
-¡Bravo, cariño! -intervino de pronto, Sir Fernando-. Y ahora, si me disculpan, tengo que hablar con mi futura esposa -añadió dirigiéndose a las Villaroel.
Fernando le ofreció un brazo a Leticia y ésta lo acompañó hasta su despacho.
-Perdona por la escena -se disculpó ella-. No suelo ser tan...
-¡Qué lástima! Ha sido muy entretenido -bromeó Fernando. Luego, ya en el despacho, sacó una hoja del despacho-. El señor Bigby ha respondido. Se niega a vendernos el devocionario... pero nos invita a que lo veamos esta misma tarde.
-¡Fernando! -exclamó ella, entusiasmada-. Ya está, yo lo distraeré hablando de libros antiguos mientras tú examinas el libro. Seguro que...
-Leticia -la interrumpió Fernando con suavidad-, este libro ha pasado por muchas manos desde que Julieta escondió allí el mapa. Es posible que lo hayan encontrado hace años o que simplemente se haya perdido. Espero que aún podamos recuperarlo, pero no quisiera que te llevaras un disgusto muy grande si al final no conseguimos dar con él.
-No lo llevaré -le prometió Leticia sinceramente. De pronto, empezaba a descubrir que su amor hacia Fernando restaba importancia a cualquier otra cosa.
Horas después, el señor Bigby los recibió en el salón de su mansión.
-¡Sir Fernando! -exclamó mientras le estrechaba la mano. A pesar de su fortuna, era evidente que se sentía impresionado ante la presencia de un barón-. Es un honor conocerlo. ¡Y la señorita Padilla! Una vez leí un artículo de su padre. Un hombre muy sabio.
Fernando y Leticia lo saludaron con la misma cortesía y, superadas las formalidades, Bigby condujo a sus invitados a la biblioteca, tan grande casi como la de Haverly House.
-Éstos son mis libros de más valor -comentó, apuntando a unas vitrinas que estaban cerradas con llave.
Bigby abrió la vitrina central y de la segunda estantería, sacó un libro pequeño y antiguo, forrado en piel, con perlas en la portada y tres joyas en el lomo. Luego se lo ofreció a Leticia, la cual lo tomó entre sus manos con veneración.
-¡Es precioso! -exclamó, olvidándose por un momento del mapa. Los cantos de las páginas eran dorados y el devocionario estaba dedicado a Sir Everard, firmado por la Reina Isabel. Lo hojeó por encima y luego se lo dejó a Fernando- ¿Verdad que es maravilloso?
Éste asintió y tomó el devocionario con tanta reverencia como Leticia, la cual alejó al señor Bigby de Fernando, con el pretexto de que le enseñara el resto de sus libros.
-Si alguna vez decide venderlo, no deje de hacérmelo saber, por favor -le dijo Fernando al dueño al cabo de un buen rato.
-Por supuesto. Aunque no creo que llegue ese día -Bigby acarició el devocionario y lo devolvió a la estantería de su vitrina.
Leticia miró a Fernando, tratando de descubrir por su expresión si había encontrado el mapa, pero no sacó ninguna conclusión.
-¿Y bien? -le preguntó con ansiedad media hora después, cuando se hubieron despedido del señor Bigby.
-Bueno... meré hasta la última de sus páginas y no encontré nada.
-Oh -dijo Leticia, desilusionada.
-Pero logré meter los dedos entre el forro y el canto del libro y encontré esto -Fernando sacó un trozo de papel, doblado numerosas veces.
-¿El mapa? -Leticia dejó de respirar un par de segundos.
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