Friday, February 11, 2011

FF: La dote Española- capitulo 4



Capítulo 4

Marcia se tomó la farsa con tal entusiasmo, daba unos suspiros tan lastimeros, que a Leticia le entraron ganas de abofetearla. Por supuesto, como su prima estaba tan débil fue ella quien tuvo que encargarse de hacer las maletas de las dos.

Finalmente, un hombre fornido, aunque ya maduro, la llevó en brazos hasta el carruaje. Tía Alicia y Leticia subieron y, tras despedirse de ellas la hija de Lady Arrabeck, se pusieron en marcha.

-¿Por qué ha tenido que bajarme ese viejo? -protestó Marcia-. Y no ha venido nadie a despedirnos.

-Lady Patricia -le recordó su madre.

-Sólo es la hija solterona.

-Precisamente en lo que te convertirás tú como cometas más fallos como el de ayer -replicó tía Alicia.

-¡Fui cuando habíamos acordad! Pero Sir Fernando se retrasó. No estaba ansioso por verte. ¡La culpa es tuya por no haberlo seducido!

Leticia suspiró, miró por la ventana y procuró no prestar atención a la discusión entre su prima y su tía. Aunque aún aspiraba a encontrar la dote por su propia cuenta, la negativa a colaborar de Sir Fernando había sido un severo revés para ella. Jamás había creído que fuese tan desconfiado... ¡y menos aún que estuviera más interesado en besarla que en encontrar un tesoro!

Notó que las mejillas le ardían con el recuerdo de su boca sobre la de ella, pero se obligó a concentrarse en cómo dar con la dote española sin su ayuda. Desde el momento en que había empezado a leer los diarios de Julieta Padilla, había comprendido que aquel tesoro era la única escapatoria que tenía para sacar a sus hermanos de la casa de su tía.

Su padre había muerto sin un penique, Leticia había tenido que vender algunos muebles para saldar sus deudas y, lo peor de todo, tanto ella como sus hermanos se habían visto forzados a abandonar Chesilworth, una casa ancestral, maltratada por el paso del tiempo y la negligencia de su padre y de su abuelo. Necesitaba infinidad de reparaciones, y sólo ellos, que estaban tan encariñados con la casa, habrían estado dispuestos a seguir viviendo allí.

Pero tras la muerte de su padre, la escasez de dinero los había obligado a irse a la casa de tía Alicia, a un kilómetro de Chesilworth. Tío Barlow era un hombre agradable, pero apenas pasaba tiempo en casa, posiblemente para evitar a su esposa.

Porque tía Alicia era una mujer avara y despótica, que sólo había acogido a Leticia y a sus hermanos por caridad. Siempre estaba criticándolos y se aseguraba de que todo el mundo, dentro y fuera de casa, tomara conciencia del terrible sacrificio que estaba realizando, dándoles cobijo.

Marcia era más guapa que Leticia, de modo que a aquella no le importaba la presencia de su prima. Pero Tomas y Jaime tenían doce años, eran ruidosos y la incordiaban. Y Paula Maria se estaba convirtiendo en una joven bellísima, por lo que Marcia veía su reinado amenazado.

No había cosa que Leticia deseara más que salir de allí y regresar a Chesilworth. Su tío era el tutor de Paula Maria y de los gemelos, y estaba segura de que podría convencerlo para que la dejara educarlos ella, si tuviese el dinero con qué hacerlo. Y la dote española se lo proporcionaría.

-...no es tan buen partido -oyó Leticia que estaba diciendo su tía, en alusión a Sir Fernando.

-¿Ah, no? Creía que habías dicho que era uno de los mejores partidos de Inglaterra.

-Puede que sea rico, sí; pero no tiene un título muy alto. Sólo es barón. Además, tengo entendido que Sir Fernando es muy libertino.

-¿Libertino? -Leticia notó que se le hacía un nudo en el estómago-. ¿Quién te lo ha dicho?

-Daphne Wentworth -respondió tía Alicia, en alusión a una de las invitadas a la fiesta de Lady Arrabeck.

-¿Y ellas cómo lo saben? Seguro que no son más que rumores -lo defendió Leticia.

-Más que eso. He oído cosas...

-¿Qué tipo de cosas?

-El tipo de cosas que dos jovencitas como vosotras no debe oír.

-Vamos mamá -protestó Marcia-. Siempre dices lo mismo.

Leticia estuvo tentada de decir que su prima no era una criatura inocente, pero no tenía sentido enfrentarse con ella por algo tan insignificante como la fama de Sir Fernando.

Puede que los rumores fuesen ciertos y, sobre todo, era absurdo salir en defensa del hombre que había tirado por tierra su s esperanzas.

Giró la cabeza hacia la ventana y continuaron el viaje en silencio.

Leticia abrió los ojos y miró en derredor. Comprendió que se había quedado dormida, como lo estaban su prima y su tía. Corrió la cortina de la ventana y vio que ya casi estaban en casa.

El carruaje se detuvo frente a la mansión de tía Alicia y un hombre del servicio le abrió la puerta.

-Señora Villaroel -la recibió el hombre, haciendo una reverencia.

Tía Alicia asintió con la cabeza por toda respuesta. Marcia bajó a continuación y Leticia fue la última en salir.

-Hola, John -lo saludó ésta, sonriente.

-Hola señorita. Me alegra verla de vuelta -contestó el hombre con voz cálida.

Como el resto del servicio de Villaroel House, John Sommers pensaba que la mansión había mejorado mucho desde la llegada de los Padilla. A diferencia de tía Alicia y de su hija, los Padilla conocían el nombre de todos y siempre tenían una sonrisa en la boca para ellos.

-¡Lety! -la llamaron a coro los gemelos, seguidos de cerca por una chica con trenzas rubias.

-¡Tomas!, ¡Jaime! -Leticia abrazó a sus tres hermanos-. Paula Maria, creo que estás todavía más guapa que cuando me fui.

-¡Si sólo has estado fuera tres días! -dijo la hermana con una risilla infantil-. ¿Qué ha pasado? Habéis vuelto antes de lo esperado.

-¡Sí! Tenías que haber visto la cara de tío Barlow cuando oyó que John anunciaba vuestra llegada -comentó Tomas-. Parecía una liebre asustada.

-Ha estado en casa todas las noches desde que tía Alicia se fue. Y nos ha dejado cenar con él y hemos hablado de muchas cosas -la informó Paula Maria.

-¡Ha sido estupendo! -exclamó Jaime-. Dice que la próxima vez que vaya de caza nos llevará con él si tía Alicia nos deja.

-¿Dejarnos pasarlo bien? ¡Ya me extraña!

-Calla, Tomas. Quizá consiga convencer a tía Alicia. Le recalcaré las ventajas de no tener a dos niños ruidosos en casa.

-¿Lo harás? -preguntó Jaime, ilusionado.

-Lo intentaré. No prometo nada, pero...

-Ya, ya -comprendió Tomas, sabedor de que ni la inteligencia de Leticia podía doblegar en ocasiones el poder de su tía.

-¿Qué tal ha sido la fiesta? -preguntó entonces Paula Maria.

-¿Hablaste con Sir Fernando -añadió Jaime, ansioso-. ¿Va a ayudarnos?

-Esperad, luego os lo cuento todo. Dejadme que salude antes a tío Barlow.

Leticia entró en el salón, le dio un abrazo y un beso en la mejilla y, un par de minutos después, subió con sus tres hermanos a la habitación que compartía con Paula Maria.

-Venga, cuéntanoslo todo -le dijo ésta, una vez arriba-. ¿Por qué habéis vuelto tan pronto?

-¿Eso qué importa? Cuéntanos lo de Sir Fernando y el tesoro- dijo Tomas.

-Tía Alicia y Marcia tuvieron u pequeño contratiempo -respondió Leticia sin más-. Pero me temo que no traigo buenas noticias: Sir Fernando se negó a ayudarnos.

-¡Sabía que no podíamos contar con un Mendiola! -lamentó Jaime-. No deberías habérselo pedido.

-No pasa nada. Lo encontraremos nosotros solos -aseguró Leticia, forzándose a sonreír-. Nos llevará más tiempo, pero no pienso rendirme. Lo primero es encontrar las cartas. Seguiré yendo a Chesilworth siempre que pueda, para registrar el desván. Una vez que consiga las cartas, podré enseñárselas a Sir Fernando y seguro que entonces se convencerá de que el tesoro existe, y se decidirá a ayudarnos -añadió con más convencimiento del que sentía.

-Te ayudaremos a buscar -afirmó Tomas.

-Por supuesto -convino Paula Maria-. Cuando esa bruja arpía no esté vigilando, nos escaparemos a ayudarte.

-Paula Maria, ¡esas maneras! -le reprochó Leticia, esbozando una sonrisa indulgente-. Sabía que podía contar con vosotros -añadió luego, emocionada.

Tía Alicia no veía con buenos ojos las visitas de Leticia y sus hermanos a su antigua casa.

-No entiendo qué quieres hacer allí todo el día -protestó tía Alicia cuando Leticia le anunció que pasaría el día en Chesilworth.

Leticia le había ocultado el motivo de sus visitas a su antigua casa, pues temía que su tía lo considerase una bobada y que prohibiese a sus hermanos acompañarla.

-Intento que no se eche a perder del todo. Limpio un poco, compruebo que las cañerías estén bien...

-Deberías emplear ese tiempo en esta casa. Ahora vives aquí.

-Por supuesto, tía Alicia. Pero Chesilworth sigue siendo la herencia de Tomas. No podemos abusar de vosotros y permitir que sigáis gastándoos dinero en nosotros cuando los pequeños se hagan mayores - la manipuló Leticia.

-Eso es verdad -dijo tía Alicia-. Pero eso de ir tan a menudo...

-Sólo cuando no me necesites, por supuesto.

Así, Leticia y sus hermanos lograron poder escapar tres o cuatro días a la semana. Era ella la que hacía casi todo el trabajo, pues lo chicos, aunque tenían buena intención, solían distraerse con cualquier objeto extraño que encontraran, y Paula Maria se cansaba pronto y acababa saliendo a descansar. Pero a medida que buceaban entre los armarios y baúles del desván, iban descubriendo ropas y papeles más y más antiguos. Leticia tenía la certeza de que no tardarían en encontrar las cartas.

A pesar de que tal perspectiva la animaba, no siempre conseguía librarse de las tareas que le encomendaba su tía. Una mañana, después de trabajar durante varias horas, la llegada de un desconocido abortó su salida.

-El señor David Miller, señora -le anunció a tía Alicia, el mayordomo.

-¿Quién?

-Creo que es de Estados Unidos, señora. Dice que es pariente de Lord Chesilworth.

-¿De Tomas?

-Sí, señora.

Tía Alicia y Marcia miraron a Leticia, la cual se encogió de hombros, tan asombrada como las otras.

-Nunca he oído hablar de él, tía Alicia.

-En fin, supongo que debemos verlo -dijo esta.

Un minuto más tarde, el mayordomo regresó acompañado por un hombre joven, que miró sonriente a las tres mujeres que lo aguardaban sentadas. Tenía veintitantos años, ojos azules, pelo rubio y bigote. Vestía a la moda y Leticia lo consideró un hombre respetable y atractivo.

-Perdonen que me presente sin anunciarles antes mi visita, pero he venido a Londres por asuntos de negocios y no he podido resistir la oportunidad de conocer a mis primos ingleses. Espero que no les resulte demasiado atrevido.

-Siéntese, por favor. Soy la señorita Leticia Padilla -se presentó esta-. Mi hermano es Lord Chesilworth, pero me temo que sigue siendo un chiquillo. Esta es mi tía, la señora Villaroel, y su hija, la señorita Marcia Villaroel.

-Son los Padilla con quienes guardo parentesco. Lejano, por supuesto -dijo el señor Miller tras tomar la mano de las tres mujeres, hacer sendas reverencias y sentarse-. Una de mis antepasadas era una Padilla. Ella y su marido se establecieron en Boston hace casi doscientos años.

-¿Qué? -Leticia lo miró atónita-. ¿Cómo... Cómo se llamaba su antepasada?

-Julieta Padilla.

-¡No puedo creerlo! ¡Es increíble! -exclamó Leticia-. Hace poco he leído sus diarios, ¿sabe?

-Espléndido -sonrió él-. Espero que le gustaran. Yo fui quien se los vendió al señor Ariel. Soy comerciante en Boston y de vez en cuando vengo a Londres por asuntos de negocios. Este año fui a su librería y me dijo que se los había vendido a Lord Chesilworth, un Padilla al igual que Julieta. Me alegró enterarme de que los diarios volvían a manos de su auténtica familia y, bueno, aunque seamos parientes lejanos, pensé que debíamos conocernos.

-Me alegro mucho de que haya venido.

Marcia, a pesar del atractivo del señor Miller, había perdido todo interés en él, por tratarse de un simple comerciante.

Yo también me alegro -dijo David, sonriente-. Tenía miedo de no ser bien recibido sin haber anunciado mi visita con antelación.

-Al contrario. Los diarios de Julieta me parecen fascinantes, como se lo parecían a mi padre. Fue él quien se los compró al señor Ariel. Pero lamento decir que falleció hace unos meses.

-¿Tenemos que hablar de libros? -protestó Marcia.

-Pero, dígame -prosiguió Leticia, haciendo caso omiso de su prima-: ¿cómo encontró los diarios y por qué decidió venderlos?

-Mi madre murió hace casi dos años. Es por ella que desciendo de Julieta Padilla. El caso es que cuando murió, empecé a revisar sus cosas y me encontré con unos baúles. Al parecer, se los había dejado mi abuela, y estaban llenos de reliquias de familia, entre las que se encontraban los diarios de Julieta.

-¿Por qué no le enseñas el jardín al señor Miller? -propuso Marcia para librarse de los dos, aprovechando una pausa de éste.

-Perdone, señorita Villaroel. Me temo que estoy aburriéndola, pero me hace tanta ilusión conocer... bueno, a una especie de prima.

-Tienes razón, prima. Será mejor que le enseñe el jardín al señor Miller -accedió Leticia, deseosa igualmente de librarse de Marcia-. ¿Le importa que continuemos allí nuestra conversación?

Miller aceptó encantado, admiró las flores del jardín, y finalmente, se sentaron en un banco.

-Cuénteme el resto -lo instó Leticia-. ¿Leyó los diarios de Julieta?

-La verdad es que no. Les eché un vistazo, pero no leí casi nada. Reconozco que no me importa el árbol genealógico de mi familia -dijo David-. Al principio no sabía qué hacer con ellos, y un amigo me dijo que los vendiera en Inglaterra la próxima vez que viniese. Me pareció una buena idea; sobre todo, porque Julieta era de aquí. Y, como digo, después de intentar vendérselos a otros libreros, al final me los compró el señor Ariel.

-Me alegra que lo hiciera -dijo Leticia-. A mi padre lo entusiasmaron esos diarios.

Siguieron charlando un buen rato sobre Julieta, sobre lo que había sido de los Padilla en los últimos años, y cuando Leticia le dijo que la casa de Julieta era la misma en la que había vivido ella hasta la muerte de su padre, Miller le preguntó si podía ir a verla.

Fueron esa misma tarde, acompañados por los gemelos y Paula Maria, los cuales ametrallaron a David con preguntas sobre Estados Unidos y el barco en que había ido a Inglaterra.

-¿Vas a ayudarnos a encontrar el tesoro?

-¿Qué?

-Se refiere a algo que aparece en los diarios -explicó Leticia.

-¿De veras?

-Hay un tesoro y en los diarios pone cómo encontrarlo -dijo Tomas-. Estamos buscando una carta con un mapa o unas instrucciones.

-¡Qué emocionante! Lástima que no pueda quedarme mucho tiempo para ayudaros. Tengo negocios pendientes y me marcho dentro de una semana. Aunque quizá pueda prolongar esta visita una segunda noche... ¡Si es un castillo! -exclamó de pronto el señor Miller al ver Chesilworth-. En Estados Unidos no se ven cosas así. Es majestuoso. Seguro que lo echáis de menos.

Leticia asintió, aunque no era la grandeza lo que echaban de menos, sino el hogar en el que había crecido con su familia. Le enseñaron Chesilworth por completo, ruinas incluidas, y regresaron la tarde siguiente a registrar el desván. Finalmente, Miller prolongó su visita una tercera noche, tras la cual acabó marchándose, muy a su pesar.

Después, la rutina se reinstauró en Villaroel House. Leticia sustituía a tía Alicia al frente de la casa y se acercaba a Chesilworth a la menor oportunidad.

Una tarde, una semana después de que el señor Miller se fuera, estaban los cuatro hermanos en el desván. Hacía mucho calor y tanto los gemelos como Paula Maria estaban cansados. También Leticia estaba agotada. Le dolía la espalda y estaba sedienta.

Entonces oyó a su prima, que estaba subiendo por las escaleras y la llamaba con voz alegre.

¿Qué hacía allí Marcia?, se preguntó asombrada Leticia. Se giró hacia la entrada del desván y vio que entraba un hombre.

-Buenos días, señorita Padilla -la saludó jovialmente Sir Fernando Mendiola.

No comments:

Post a Comment

Note: Only a member of this blog may post a comment.