Capítulo 17
Se negaba a aceptarlo, estaba convencida de que Fernando jamás le haría daño. Pero debía admitir que era la opción más probable. Había visto el mapa de Chesilworth las veces suficientes como para memorizarlo y hacer una copia. Y ahora que ya sabía qué libro buscaba, podría localizarlo sólo y adueñarse de todo el tesoro de la dote.
No, Fernando nunca le habría hecho el amor con tanta ternura si hubiese tenido en mente matarla de hambre en el interior de aquel molino. Aunque no tenía por qué llegar tan lejos. Bastaba con que la retuviera encerrada unos días. Fernando podría enviar a alguien por el libro mientras fingía buscarla con el resto de la familia y luego, una vez la encontraran, podría acompañarla a Londres y regresar con las manos vacías... porque él ya habría conseguido antes la otra mitad del mapa.
Se le saltaron las lágrimas. Se negaba a creer que Fernando fuese un hombre tan perverso y avaricioso. Recordó que ya lo había acusado injustamente por la casa de Silverwood y decidió que no lo volvería a condenarlo mientras no tuviera pruebas.
Los ruidos de la noche la asustaban, no conseguía dormirse a pesar del cansancio que pesaba sobre sus párpados, los minutos avanzaban con lentitud, hasta que, poco a poco, el alba empezó a despuntar. Sólo entonces, por fin, logró quedarse dormida.
Cuando despertó, horas más tarde, el interior del molino estaba totalmente iluminado. Se levantó y estiró los músculos. Se sentía sucia, tenía sed, hambre... y, de pronto, oyó unas voces afuera.
-¡Socorro!, ¡Auxilio! -gritó Leticia.
-¡Leticia!, ¡Leticia!
-¡Tomas!, ¡Jaime! -chilló ella, emocionada al oír a sus hermanos.
-¡La oigo! ¡Está por ahí!, ¡En el molino!
Los gemelos se acercaron y vieron que la puerta estaba bloqueada. Poco después, empezaron a golpear la puerta y, de repente, lograron que se abriera unos centímetros. Pocos, pero suficientes para que Leticia saliese.
-¡Tomas!, ¡Jaime! -Leticia se abrazó a sus hermanos llorando y riendo de alegría.
-¿Qué hacías allí?
-Te estábamos buscando desde ayer.
-Sí, Sir Fernando y los mozos se han pasado la noche en vela explorando los alrededores.
-Ahora está en el monasterio. No sé por qué cree que estás allí -dijo Jaime-. ¡Mira, por ahí viene!
-¡Leticia! -exclamó Fernando, todavía espantado, nada más apearse del caballo.
-¡Fernando! -sin pensárselo dos veces, Leticia se tiró en sus brazos y empezó a llorar.
Fernando la abrazó con fuerza mientras los niños le contaban cómo la habían descubierto. Había pasado la peor noche de su vida buscándola, pensando qué podía haberle ocurrido, que se habría escapado porque se avergonzaba de haberse dejado arrastrar por la pasión. Se arrepentía de no haberle dicho que jamás le habría hecho el amor si no hubiese decidido antes casarse con ella.
-Ya pasó, ya pasó -la consoló sin dejar de abrazarla.
-Estaba a oscuras, no sabía si me encontrarían...
-Lo sé, lo sé -dijo Fernando mientras le daba un beso en el pelo-. Ahora mismo te llevo a casa.
-¡Estás despierta! -exclamó Paula Maria mientras corría a abrazarse a su hermana.
-Agua -pidió Leticia. Bebió dos vasos seguidos y luego miró el estado de su ropa-. Estoy hecha un desastre. He puesto las sábanas perdidas.
-Sí. Tenías que haber visto la cara de la asistenta cuando Fernando insistió en meterte en la cama sin cambiarte ni nada. Pero no dijo nada, porque Fernando parecía dispuesto a estrangular a alguien -comentó Paula Maria-. Quería pasarse todo la noche a tu lado, pero Lady Mendiola lo convenció para que durmiera un poco y se afeitase, no te fueras asustar al verlo.
Leticia se levantó, se dio un baño de agua caliente y pidió que le subieran algo para cenar. Se había pasado durmiendo casi todo el día.
Luego, nada más terminar de vestirse, llamaron a la puerta.
-Me han dicho que te habías levantado -dijo Fernando, entrando en la habitación sin esperar respuesta-.¿Cómo te encuentras?
-Bastante bien, gracias -respondió Leticia con cierta reserva.
-Paula Maria, déjanos solos -le ordenó Fernando-. Tengo que hablar con tu hermana.
Paula Maria no discutió, a pesar de que tía Alicia le había pedido que no dejara entrar a Fernando en la habitación de su hermana.
-¿Cómo llegaste al molino? No he encontrado el menor rastro de nadie alrededor. Es totalmente incomprensible.
-Lo único que sé es que me dieron un golpe en el monasterio y que cuando desperté estaba dentro del molino con un terrible dolor de cabeza -contestó ella.
-Sabía que habrías ido al monasterio -dijo Fernando.
-¡Pues claro! -espetó Leticia-. ¡Fui donde me dijiste que quedáramos en la nota queme dejaste!
-¿Qué? -Fernando se quedó pálido-. Yo no te dejé ninguna nota.
-Pues una de las doncellas me dio una nota firmada por ti.
-¿Dónde está? Déjame ver.
-No la tengo. La guardé en el bolsillo y cuando desperté ya no la tenía -respondió ella-. ¿Crees que me lo estoy inventando?
-En absoluto. Pero... no podía ser mi letra -aseguró Fernando-. Alguien te puso una trampa para secuestrarte.
-¿Pero, por qué?, ¿qué iba a ganar nadie encerrándome en un molino de viento?
-Tiene que estar relacionado con el mapa -Fernando frunció el ceño-. Alguien quería que retrasáramos nuestro viaje a Londres para encontrar el devocionario de la Reina antes que nosotros... David Miller, por ejemplo.
-David Miller ya honesta en Inglaterra.
-Que tú sepas.
-De acuerdo, ¿pero cómo se va a haber enterado del libro que estamos buscando?
-No lo sé, quizá alguno de los criados lo oyó y se lo contó a los demás. Basta con que el señor Miller hubiera sobornado a uno...
-¿Y cómo explicas que me haya citado en el monasterio? -lo interrumpió Leticia-. ¿Cómo sabía que es nuestro sitio favorito?
-¡Dios! -Fernando se quedó helado-. ¿Crees que soy yo quien te ha secuestrado para...? ¡Maldita sea!, ¿cómo puedes pensar algo así después de lo que ...?
-¡No quiero creerlo! -exclamó Leticia, poniéndose de pie-. Me niego a hacerlo, pero resulta demasiado sospechoso.
-¿Cómo puedes ser tan desconfiada? -bramó Fernando, colérico-. Te voy a decir una cosa: vamos a ir a Londres, vamos a encontrar ese maldito libro y cuando descubramos la dote, te vas a quedar con todo el tesoro. ¡No quiero ni un centavo de él!
-Fernando, por favor...
-Por favor, ¿qué? No confías en mí y así es imposible que dejes de tomarme por un canalla. ¿Cómo voy a demostrarte que no escribí una nota que ni siquiera tienes?, ¿cómo voy a demostrarte que jamás te haría daño si no te he convencido después de haber hecho el amor? -replicó él-. Vamos, Leticia, hazme al menos el favor de ahorrarme tus lágrimas -añadió al ver que los ojos de ésta se humedecían.
Luego se dio media vuelta, salió de su habitación y cerró la puerta con una serenidad sobrecogedora.
Leticia se tiró al suelo y rompió a llorar.
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