Saturday, February 12, 2011

FF: La dote Española- capitulo 6

Capítulo 6

Nada más despedirse Sir Fernando, Marcia y su madre empezaron a cotorrear sobre la fiesta que tendrían que improvisar para la noche siguiente, sobre la suerte de contar con un invitado tan distinguido para la cena, así como del dinero y las propiedades de Mendiola. Apenas notaron que Leticia había salido de la habitación.

Había subido por los diarios de Julieta y un sombrero. Luego había bajado y salido por la puerta trasera, había cruzado el jardín a todo correr y había tomado el camino hasta la fuente.

-Señorita Padilla, llega usted a tiempo -dijo Sir Fernando, sonriente-. Admiro la puntualidad en las mujeres.

-¿Quiere decir que no le importa que los hombres se retrasen?

-Creo que me he expresado mal. Debería decir que admiro a las personas puntuales -se corrigió él. Luego señaló hacia un banco de madera que había junto a un roble enorme-. ¿Quiere sentarse? Ayer vi este sitio cuando volvíamos de su casa y sospeché que quizá necesitaríamos algún punto de encuentro clandestino.

-Lo siento mucho. Le pido disculpas por mi prima y mi tía.

-Es lógico que piensen que estoy interesado en alguien. No hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que Dunsleigh no está camino de mi casa.

-Lo sé. Pensará que soy tonta por ocultarle mis planes a mi familia.

-En absoluto -Sir Fernando tomó asiento junto a Leticia-. Lo entiendo perfectamente, y creo que hace lo correcto. Cuanta menos gente lo sepa, mejor.

-¿Para ahorrarse la vergüenza cuando descubra que todo era un engaño?

-Quizá. ¿Quién sabe lo que la gente diría o haría? Hablar de tesoros transforma a las personas -Sir Fernando enarcó una ceja-. Míreme a mí: jamás me habría imaginado registrando un desván antiguo en busca de unas cartas.

Leticia sonrió y le entregó los diarios de Julieta.

-Puede que después de leerlos, justifique su extraño comportamiento.

-Debo reconocer que parecen antiguos de verdad -comentó Sir Fernando tras examinar la encuadernación y hojear las páginas amarilleadas-. No soy ningún experto, pero debo decir que si estos diarios no son auténticos, ha llevado mucho tiempo y talento falsificarlos.

-Le aseguro que mi padre sí era un experto -contestó Leticia-. Además, he conocido al hombre que se los vendió al señor Ariel -añadió con una sonrisa triunfal.

-¿Qué? -preguntó Sir Fernando, asombrado.

-Vino a visitarnos. Se llama David Miller y, aunque lejano, es pariente mío.

-¿Cómo lo sabe?

-Creía que había decidido no ser tan desconfiado -respondió Leticia-. No le hice un examen de mi árbol genealógico. Me dijo que era descendiente de Julieta Padilla y no vi por qué no iba a creerlo.

-Y si sabía que eran familia ¿por qué no le vendió los diarios a su padre directamente?

-Porque entonces no lo sabía. Es comerciante y viene a Inglaterra todos los años. Tenía curiosidad por saber si el señor Ariel había vendido los diarios y éste le dijo que los había comprado un descendiente de Julieta Padilla -explicó Leticia-. Fue entonces cuando se enteró de que éramos familiares. Sintió curiosidad y vino a vernos. Creo que sus recelos son infundados, Sir Fernando.

-Sí... tiene razón. Cuesta creer que estos diarios no sean auténticos. Sería una falsificación demasiado perfecta -accedió Sir Fernando-. ¿Y está segura de que son de Julieta Padilla?

-Totalmente, sólo tiene que leer el principio para salir de dudas -Leticia abrió el primer diario-. Empieza justo después de fugarse, durante el viaje a Boston.

Sir Fernando empezó a leer.

-Si, es evidente que está escrito por una chica joven, con un gran sentido dramático y de intensas emociones -dijo él al cabo de un par de minutos.

-Lo que sin duda le parece censurable -contestó Leticia. Luego abrió el diario por una página que tenía señalada con un trozo de papel-. Aquí menciona la carta a su padre por primera vez. Y abajo explica lo de su deseo de que ambas familias trabajen juntos para encontrar la dote. Y en éste otro diario dice que dejó un mapa a los Mendiola, escondido en El Libro de la Reina -añadió, al tiempo que abría uno de los volúmenes posteriores.

-¿El Libro de la Reina? , ¿qué es eso? -preguntó Sir Fernando.

-Esperaba que usted lo supiese, dado que está en su casa.

-Que estaba en mi casa hace casi doscientos años -corrigió él-. El caso es que conservamos algunos volúmenes antiguos; sobre todo, en las estanterías más altas de la biblioteca. Siempre podemos echar un vistazo en Haverly House.

-¿Podemos? -preguntó Leticia, que había tenido miedo de que Sir Fernando quisiera proseguir con la búsqueda del mapa por su cuenta después de que ella le proporcionase las pistas para localizarlo.

-Por supuesto. Si yo registro su desván, usted me ayuda a registrar mi biblioteca -contestó Sir Fernando.

-Será un placer, se lo aseguro -afirmó Leticia, radiante.

-Sin embargo, me da la impresión de que no va a ser fácil desembarazarnos de su tía y su prima.

-Sí, no sabe cómo lo siento -Leticia suspiró-. Me consta que no es correcto actuar a sus espaldas, pero creo que la mejor manera de manejar esta situación es continuar nuestra búsqueda en secreto.

-Es usted una mujer muy inteligente... y amable.

-¿Por liberarlo de la compañía de Marcia y tía Alicia?

-¿Le he dicho que también es increíblemente directa? -Sir Fernando sonrió.

-No -Leticia le devolvió la sonrisa-. Pero tampoco hace falta. Ya me lo han dicho otras veces.

Era absurdo estar disfrutando tanto con el comportamiento de esa mujer, pero Sir Fernando no podía negar el deleite que le producía verse en secreto con Leticia y gatear por el desván de Chesilworth junto a los hermanos de ésta, examinando todos los baúles.

-Señorita Padilla -dijo entonces con seriedad, al tiempo que le agarraba una mano-. No sólo he venido por los diarios y la dote... Quería disculparme por el modo en que me comporté en el laberinto de Lady Arrabeck.

-¿En el ...? ¡Ah! -Leticia recordó el final de aquella conversación, el modo en que la había besado Fernando.

-No tengo excusa, pero... parece que usted tiene cierto efecto sobre mí.

-¿De veras? -preguntó ella, incapaz de creer que sus encantos pudieran arrebatar a ningún hombre.

-Querida mía, esa no es forma de responder a una disculpa -Sir Fernando sonrió-. Hace usted que me entren ganas de demostrarle de nuevo por qué la besé la anterior vez.

-Oh...

-No me disculpo por lo que sentí, entiéndame. Ahora... mirándola en este momento siento el mismo deseo de besarla -confesó con voz ronca-. Por lo que le pido disculpas es por haberla puesto en una situación violenta, por haberla hecho sentir que no había atendido a sus palabras y que lo único que me interesaba era... bueno, una relación física. Quería que supiera que la tengo en gran estima y que no pretendía degradarla de ninguna manera.

-Yo... -Leticia tuvo que apartar la mirada de Sir Fernando-. Acepto sus disculpas.

-Y quiero que sepa que no pretendo valerme de esta situación... de estar trabajando juntos en el desván... para aprovecharme de usted.

-Por favor... no necesita disculparse. No sería sincera si fingiera que la culpa no fue compartida -respondió Leticia.

-Entonces, ¿no fui yo el único que se sintió atraído? -preguntó Sir Fernando mientras le rozaba una mejilla con los nudillos.

-Pero el hecho de que fuese un impulso recíproco no significa que debamos permitir que vuelva a suceder -prosiguió ella-. Yo... vamos a trabajar juntos y creo que deberíamos tratarnos como dos colegas profesionales. De lo contrario, el trabajo podría resentirse y nos sentiríamos incómodos.

-Ya le he dicho que no deseo hacer que se sienta incómoda -insistió Sir Fernando, levantándose del banco.

-Perfecto. Entonces, ¿quedamos en Chesilworth esta tarde?

-No, debe usted permitirme que la escolte -protestó él-. Al fin y al cabo, hoy no nos veremos en secreto.

-Es más seguro que nos veamos allí. Quién sabe lo que mi tía y mi prima podrían planear para retenerlo -le recordó Leticia-. Además, no necesito escolta: iré con mis hermanos. Por otra parte, Dunsleigh es un lugar seguro. Paula Maria suele quejarse de que nunca pasa nada.

-¡Cómo no! Supongo que a la señorita Paula Maria le gustaría protagonizar una gran aventura -comentó Sir Fernando con ironía.

-Somos una familia soñadora. Y le recuerdo que se ha unido usted a nuestro sueño -repuso ella, sonriente.

-Me temo que sin su entusiasmo.

-No se preocupe. Llegará.

Sir Fernando contempló su sonrisa y experimentó un deseo casi incontenible de besarla. A pesar de que le había prometido comportarse como un caballero, no estaba seguro de cómo podría lograrlo estando tan cerca de ella.

-Entonces nos encontraremos en Chesilworth esta tarde -se despidió Mendiola, haciendo una reverencia-. ¿A la una en punto?

-Allí estaremos -confirmó Leticia.

Nada más regresar a casa, Leticia se vio arrollada por la frenética actividad de su tía, la cual tenía que improvisar una fiesta para el día siguiente: debía escribir las invitaciones, pensar en la cena, limpiar todas las habitaciones, adornar la casa con flores y demás actividades que delegaba, por supuesto en su eficiente sobrina.

Leticia logró dar las indicaciones oportunas a tiempo para salir hacia Chesilworth sin retraso. Estaba charlando con sus hermanos, cuando vio a un hombre que estaba apuntando a otro con una pistola. Leticia apretó el paso y vio que Jack Chumley, un antiguo vigilante de Chesilworth, estaba amenazando a Sir Fernando.

-¡Chumley! -gritó ella mientras corrían los cuatro a detenerlo.

-¿Qué le está haciendo a Sir Fernando? -preguntó Jaime cuando llegó a la altura de los dos hombres.

-¿Conocen ustedes a este señor? -preguntó el vigilante, sorprendido-. Acabo de cazarlo merodeando por la casa. Deduje que quería colarse.

-No pretendía colarse -le aseguró Leticia-. Le ruego que baje la pistola. Este hombre es nuestro invitado... Lo siento infinitamente, Sir Fernando. NO entiendo por qué lo ha asaltado Chumley.

-Yo le diré por qué -se ofreció éste voluntariamente-. Por las cosas tan extrañas que ocurrieron aquí anoche.

-¿A qué se refiere?

-¿Nadie se lo ha contado? Todo el mundo hablaba de ello esta mañana. Ned Plumpton fue quien me lo contó a mí. La gente dice que hay fantasmas en la casa. Al principio le dije que estaba loco. Pero la señorita Brookman y el señor Farmer Crawford aseguran que vieron luces en las ventanas.

-¿Luces en las ventanas de Chesilworth? -repitió Leticia. Miró hacia Sir Fernando y vio en la expresión de éste, la misma preocupación que la azuzaba a ella.

-Sí, señorita. En las ventanas del desván sé que no eran fantasmas, sino algún vagabundo que quería colarse. Así que vine a proteger la casa y me encontré a este hombre al acecho.

-No estaba al acecho, buen hombre -protestó Sir Fernando-. Estaba esperando a la señorita Padilla y a su familia.

-Es verdad. Chumley -le aseguró Leticia-. Aunque le agradezco mucho que haya venido a vigilar la casa por nosotros.

-Es mi deber, en memoria de su señor padre, que descanse en paz.

-Papá se sentiría orgulloso de usted. Pero ya puede volver a casa. No hace falta que siga vigilando Chesilworth. Nos quedaremos nosotros a ver si hay rastros de algún intruso -dijo Leticia.

-¿No prefieren que los acompañe? Quizá necesiten un arma.

-Estoy seguro que quien quiera que fuese ya se ha ido.

Pero Chumley no se dio por satisfecho hasta que no inspeccionó cada una de las puertas y ventanas y encontró el cristal roto por el que habían entrado en la casa.

Luego recorrieron la planta de arriba, pero, tal como esperaban, no encontraron a nadie.

-¿Y bien?, ¿quién es? -preguntó Tomas, después de bajar todos del desván y de que Chumley cambiara el cristal roto y se despidiera de ellos.

-Puede que sólo fuese un vagabundo -dijo Leticia-. Alguien que sólo quería un sitio donde pasar la noche.

-¿En el desván?, ¿con todas las camas abajo?

-Ya sé que es absurdo, pero no se me ocurre otra explicación.

De pronto, se le ocurrió que Sir Fernando podría haber intentado localizar las cartas por su cuenta para intentar encontrar la dote sin ayuda de ellos

-¿Y su primo de Boston? -preguntó Sir Fernando entonces.

-¿Qué?

-Me refiero al señor Miller. ¿No se llama así? El antiguo propietario de los diarios.

-¡No! -contestó Paula Maria con vehemencia-. Él nunca haría algo así. David, quiero decir, el señor Miller era un hombre muy agradable.

-De veras Sir Fernando, es usted de lo más desconfiado -dijo Leticia-. Creía que tomaba al señor Miller como al falsificador de los diarios.

-Puede que esté reconsiderando mi posición -repuso él-. Después de ver los diarios, ya le di mi parecer sobre su más que probable autenticidad. Y el hecho de que alguien se haya colado en el desván lo confirma.

-Entiendo que alguien haya venido por las cartas que Julieta le escribió a su padre -dijo Leticia-. Pero no comprendo por qué sospecha del señor Miller. ¿Por qué habría vendido los diarios si pretendía robarnos el tesoro? Podría haberse colado en Chesilworth y en su biblioteca directamente y nosotros nunca habríamos sabido qué habría desaparecido, pues no nos habríamos enterado de la existencia de las cartas de Julieta ni del mapa que dejó en su casa -argumentó ella.

-Cierto, pero recuerde que el señor Miller es un pariente muy lejano. Puede que al encontrar los diarios no supiera quiénes eran los Padilla y los Mendiola, ni si todavía seguía alguno vivo o si nuestras familias se habían unido y habían encontrado ya el tesoro. Lo mejor que podía hacer era intentar venderlos in Inglaterra, esperar a ver quién se interesaba por ellos y seguir el rastro -contestó Sir Fernando.

-¿Y por qué iba a haber esperado un año? Podía haberse presentado ante mi padre hace mucho, igual que ha venido a visitarnos a nosotros -repuso Leticia-. A mí me parece importante el hecho de que sea precisamente ahora cuando han empezado a buscar las cartas. Es como si alguien acabara de enterarse.

Sir Fernando enarcó una ceja y respondió con una calma siniestra:

-¿Insinúa que soy yo el ladrón?

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